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ORIENT EXPRESS

Recordar a todas las víctimas

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 22 de diciembre de 2024, 19:23h

El pasado día 16, en el Congreso de los Diputados, se celebró un acto con el título «Homenaje a las victimas del Golpe de Estado, la Guerra y la Dictadura». Por desgracia, fue una oportunidad perdida de reconocer la existencia y el dolor de las víctimas de ambos bandos de la Guerra Civil Española -el bombardeo de Cabra sigue sumido en un ominoso olvido- así como de recordar a las víctimas de la persecución religiosa entre 1931 y 1939. Como viene sucediendo desde 2004, las conmemoraciones suelen dejar fuera a los obispos asesinados, a los sacerdotes tiroteados, a los frailes y monjas fusilados, a los fieles laicos llevados «a paseo».

La Guerra Civil (1936-1939) ha sido la mayor tragedia de nuestra historia. En ambos bandos -el nacional y el republicano, el leal y el sublevado, llámenlos como quieran- hubo víctimas, es decir, inocentes muertos, heridos, torturados, despojados de lo poco o mucho que tuvieran. Hubo hijos huérfanos de padres, cuyo dolor fue espantoso, y padres huérfanos de hijos, cuya tragedia es simplemente indescriptible. Es terrible que un hijo vele a sus padres, pero quizás sea aún peor que unos padres tengan que velar a un hijo. No hubo hogar en España sin llanto durante esos años.

Tampoco estuvo libre de tragedias la República. Bastaría recordar las quemas de iglesias en 1931, la matanza de Casas Viejas (1933), la Revolución de Asturias (1934) y, en general, la violencia política de aquellos años. El enfrentamiento entre españoles desembocó en una guerra fratricida. Fue un enorme fracaso colectivo; tal vez el mayor que nuestro pueblo haya sufrido, siguiendo el título del libro de Domínguez Ortiz, en sus dos milenios de historia.

¿Es tan difícil aceptar que todas las víctimas merecen ser recordadas? ¿Es tan difícil aceptar que hubo héroes y criminales en los dos bandos? ¿Es tan difícil aceptar que hay víctimas en las fosas que cavaron los hombres de cada bando? Desde 2004, so pretexto de la memoria, se está tratando de reescribir la historia para dividirnos, para enfrentarnos, para fracturar lo que los españoles que vivieron aquellos años espantosos habían logrado recomponer.

Manuel Azaña, que tantos errores cometió, tuvo palabras de una lacerante lucidez cuando recordó, el 18 de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona, que «todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo». En aquel discurso, quizás el de mayor grandeza de todos los que dio, dijo que «todos los españoles tenemos el mismo destino. Un destino común, en la próspera y en la adversa fortuna. Cualesquiera que sea la profesión religiosa, el credo político, el trabajo y el acento». Ahora, más de setenta años después de aquellas palabras, se intenta soslayar, de nuevo, a media España, cuyo dolor se pretende sumir en el olvido.

De todos modos, esa misma división de las víctimas en bandos, como en bandos estaban divididos los combatientes, me duele y me rebela. En una lucha de hermanos contra hermanos, todas las muertes duelen, todas las heridas duelen y todas las bombas matan a los nuestros. En el acto del otro día en el Congreso, pareció que no hubiese existido la persecución religiosa, ni las matanzas en la retaguardia republicana ni las checas, ni los «paseos».

Vuelvo a Azaña y a sus palabras de aquel 18 de julio de 1938, en el que fue su último discurso como presidente de la Segunda República, cuando afirmó que «es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón».

Esta columna, tan próxima ya a la Navidad, eleva una oración por la paz, la piedad y el perdón entre todos los españoles.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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