Un día antes de que Donald Trump tome posesión en Washington, ha entrado en vigor el acuerdo de alto el fuego entre Israel y los terroristas de Hamás. El Estado judío democrático liberará a terroristas condenados después de un proceso con garantías. Hamás entregará a civiles inocentes y desarmados a quienes mantenía en cautividad. Los terroristas presos tuvieron abogados que los defendieron. Recibieron visitas en la cárcel. Contaron con asistencia médica. Los medios de comunicación informaron sobre su situación. Su estancia en prisión estuvo siempre sometida a controles administrativos y judiciales. Los rehenes -inocentes, recordémoslo- sufrieron toda clase de privaciones. No tuvieron contacto con sus familias. No tuvieron defensa alguna. Quedaron arrinconados por las grandes organizaciones de derechos humanos, que estaban más ocupadas en otras cosas. Por no ir, no fue a verlos ni la Cruz Roja. Es cierto que, cuando la Cruz Roja visitó el gueto de Theresienstadt, tampoco se enteró de nada así que no sabemos si una visita a los rehenes en Gaza hubiese cambiado algo. Lo que no cambia es el marco antisemita que convierte al judío en culpable de su propio sufrimiento: al final parece que los inocentes son los terroristas y que fueron los rehenes los que se buscaron su inhumano cautiverio.
Para algunos de esos israelíes su espantoso encierro toca hoy a su fin. Este día, pues, tiene algo de celebración y de alegría. Hay familias, en cambio, que sólo recibirán los cadáveres de sus seres queridos. Hamás no se contenta con secuestrar a los vivos, sino que también mantiene prisioneros a los muertos. Las organizaciones terroristas palestinas tienen, en esto, una larga experiencia. Me viene a la memoria el caso de Ron Arad (1958), el piloto israelí derribado sobre El Líbano en 1986 y a quien, desde 2016, se considera muerto en acto de servicio. Su cuerpo aún no se ha encontrado. Para evitar que su tragedia se repitiese, el gobierno israelí accedió en 2011 al intercambio del soldado Gilad Shalit, secuestrado en 2006, por 450 terroristas palestinos en una primera fase; entre esos terroristas, por cierto, estaba Yahya Sinwar (1962-2024), líder de Hamás en la Franja de Gaza y urdidor, junto a Mohammed Deif, de los atentados del 7 de octubre de 2023. Hay, pues, familias a quienes se les entregarán cuerpos muertos mientras de las cárceles israelíes salen terroristas vivos.
La llegada de esos terroristas ya se está celebrando en las calles de Gaza. Los terroristas han salido de sus túneles bajo los colegios y los edificios de viviendas, de sus refugios subterráneos protegidos por hospitales y guarderías, de sus vehículos camuflados como ambulancias, y han encendido de nuevo la megafonía con las canciones que celebran la yihad y el martirio. Después de haber tomado a su población civil como escudo humano, Hamás vuelve a las calle para celebrar que ellos aún siguen vivos para recibir a sus compañeros terroristas. La organización ha sufrido golpes durísimos, pero sigue activa. Ahí andan paseándose con los rostros cubiertos, los uniformes de camuflaje y las armas automáticas. Véanlos en los vídeos pavoneándose en medio de una destrucción causada, en última instancia, por sus propios crímenes. Los responsables del 7-O se pasean por las ruinas de los edificios destruidos mientras ellos se escondían bajo tierra. Hasta Fatah, el Movimiento Nacional de Liberación de Palestina, ha criticado a Hamás hace pocos días: «No permitiremos que Hamás, que apostó con los intereses y recursos del pueblo palestino en beneficio de Irán y causó la destrucción de Gaza, repita sus aventuras en Cisjordania».
En efecto, Irán se sirvió de Hamás para extender su Eje de la Resistencia contra Israel. En este sentido, el régimen de los ayatolás conserva sendos brazos ejecutores -Hamás y Hezbolá- en Gaza y en El Líbano. Es verdad que las dos organizaciones terroristas han sufrido bajas cuantiosas y que el escenario ha cambiado desde 2023. En Siria, el gobierno de Asad ha caído e Irán ha perdido un aliado muy valioso. En Beirut hay un nuevo presidente -Joseph Aoun (1964),cristiano maronita- y un nuevo primer ministro: Nawaf Salam (1953), musulmán suní. A los ayatolás ya no les resultará tan fácil suministrar armamento a las organizaciones terroristas.
Queda ver qué hace la comunidad internacional y, en lo que nos toca más de cerca, la Unión Europea. En el pasado, Hamás empleó la ayuda europea para construir túneles y refugios, para educar en el odio y para convertir Gaza en un feudo terrorista. El camino que condujo al 7-O comenzó mucho antes de aquel día terrible y transcurrió por despachos y foros en los que se cerraban los ojos ante el uso torcido de los fondos europeos y en los que se tomaba por cierta la propaganda que Hamás distribuía a todo el mundo. Las manifestaciones antisemitas que han abarrotado las calle de Europa podrán añadir, a las habituales consignas de odio a los judíos, las proclamas de apoyo a un Hamás que sobrevive y se presenta como vencedor. Abu Obaida, portavoz de Hamás, ha agradecido en un mensaje el apoyo de los hutíes, Irán, Hezbolá y los grupos terroristas de Irak y ha declarado que «los ataques del 7 de octubre cambiaron el rostro de la región e introdujeron nuevas ecuaciones al conflicto con Israel. Los grandes sacrificios de nuestro pueblo no serán en vano».