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TRIBUNA

Hace 75 años de la toma de posesión de Trump

jueves 23 de enero de 2025, 19:58h

Emmanuel Mounier, nuestro maestro, murió hace 75 años (1905-1950). En un mundo donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres sólo quiero recordar sus palabras: “El dinero, escribe Bentham, ‘es el instrumento que sirve de medida a la cantidad de pena y de placer; si no podemos decir de una pena o de un placer que valen tanto dinero, es inútil decir nada acerca de él. El egoísmo es de todas las pasiones la más accesible al cálculo, porque es proporcional al número de sus objetos. Les daremos la felicidad que les conviene. Les haremos trabajar, pero durante sus horas de ocio organizaremos su vida a la manera de un juego de niños, con canciones infantiles y danzas inocentes. Incluso les permitiremos el pecado, sabiendo que son débiles y desarmados. Serán librados de la gran preocupación y de las terribles angustias que consisten en elegir por sí mismo. Y todos serán felices, millones y millones de criaturas’. ¿Nos atreveríamos a decir que no escuchamos ya esa voz?” (Las certidumbres difíciles. IV, pp. 85-86).

Trump y sus faraones somos de algún modo nosotros: “cada uno de nosotros lleva en sí una mitad, un cuarto, un octavo o un doceavo de burgués, que se irrita dentro de nuestra persona como un demonio en un poseído. Escuchadle decir: mi mujer, mi auto, mis tierras, ya se sabe que lo que cuenta no es la mujer, el coche, las tierras, sino el posesivo descarnado. El burgués se rodea de cosas bellas, como su mujer; se forja unas buenas costumbres y una buena conciencia. Pero la soledad no está presente en su vida: es un hombre muy acompañado. Hombre de salud, hombre de felicidad, hombre de bien: un hombre que ha encontrado su equilibrio, un ser desgraciado. Una de las desviaciones maestras del capitalismo es haber sometido la vida espiritual al consumo, el consumo a la producción, y la producción a la ganancia” (De la propiedad capitalista a la propiedad humana. I, pp. 550-552).

Los pequeños burgueses votan a los grandes burgueses para convetirse en grandes burgueses: “el pequeño burgués no posee los signos exteriores y las facilidades del rico, pero toda su vida tiende hacia su adquisición, sus valores son los del rico, achaparrados, acartonados por la envidia. No es rico solamente el que tiene mucho dinero, es rico el pequeño empleado que se avergüenza de su chaqueta raída, de su calle. Es rica la mecanógrafa que acepta el mundo a causa de los favores del jefe, el proletario que devora el ideal estrecho del empleado de banca, el antimilitarista que sueña en secreto con ser subjefe en la reserva. La consideración es la suprema aspiración del espíritu burgués, la vanidad en la reputación. Toda la vida del pequeño burgués está dominada por un solo valor: la consideración, que le lleva al cuello duro, después al hotelito, después al coche, después al mar, después a que le preste atención como verdadero rico, todo esto unido a una tiranía interior, la falsa religión del trabajo. Los valores del burgués se agrupan en torno a un poder fácil al que abre camino el dinero, un poder garantizado contra todo riesgo, una seguridad. El burgués es el hombre que ha perdido el amor en su loca carrera hacia un pequeño sistema de tranquilidad sicológica y social. La reivindicación es su actividad fundamental, hace del derecho, que es una organización de la justicia, la fortaleza de sus injusticias, de ahí su radical juridicismo. Cuanto menos ama las cosas que acapara, tanto más susceptible es en la conciencia de su presunto derecho, que es para un ‘hombre de orden’ la más alta forma de la conciencia de sí. El burgués se define ante todo como propietario. Está poseído por sus bienes. La propiedad se ha sustituido por la posesión” (Manifiesto al servicio del personalismo).

Espíritu burgués: “el dinero, escribe Bentham, es ‘el instrumento que sirve de medida a la cantidad de pena y de placer; si no podemos decir de una pena o de un placer que valen tanto dinero, es inútil decir nada acerca de él. El egoísmo es de todas las pasiones la más accesible al cálculo, porque es proporcional al número de sus objetos. Les daremos la felicidad que les conviene. Les haremos trabajar, pero durante sus horas de ocio organizaremos su vida a la manera de un juego de niños, con canciones infantiles y danzas inocentes. Incluso les permitiremos el pecado, sabiendo que son débiles y desarmados. Serán librados de la gran preocupación y de las terribles angustias que consisten en elegir por sí mismo. Y todos serán felices, millones y millones de criaturas’. ¿Nos atreveríamos a decir que no escuchamos ya esta voz?” (Las certidumbres difíciles. Ed. Sígueme, Salamanca, 2001, Obras, IV, pp. 85-86).

“El individualismo no es solamente una moral. Es la metafísica de la soledad integral, la que nos queda cuando hemos perdido la verdad, el mundo y la comunidad de los hombres. El instinto se ha revestido con toda la dignidad de la persona: la avaricia se ha revestido de prudencia; el egoísmo, de independencia; los pequeños sentimientos de propietario se han presentado como dominio de la acción” (Revolución personalista y comunitaria, 1, 158-160).

Yo todavía no he votado a Trump ni a los de su corte, pues «frente al espíritu burgués, la posesión no es un derecho de conquista, sino un poder de dominio sobre un mundo ya ordenado. Pide, pues, que yo sepa reconocer una presencia en la cosa o en la persona poseída: no se posee más que lo que se acoge. Es lo mismo que decir que sólo se posee lo que se ama. Es necesario ir hasta el extremo porque aún el mismo amor tiene sus vueltas de egoísmo: sólo se posee aquello a lo que uno se entrega, y en ciertos casos no es paradójico decir que sólo se posee lo que se da” (De la propiedad capitalista a la propiedad humana. Obras, I, pp. 550-555). « Una persona se prueba por unos compromisos. Un compromiso no es un carné de partido: excelente medio para liberar la conciencia, para huir de las cargas del pensamiento y de la acción auténtica. Ni siquiera es una pasión militante, activa: hay hombres a los que les gusta moverse, o alimentar un cierto calor sentimental que poseen; ellos conmueven, sudan, demuestran; yo pregunto: ¿qué sacrificios hacen? Es un error creer que la autenticidad se consigue con simples proclamas de no-conformismo. El no-conformismo no es una virtud. No hay valores negativos. Hay una forma de no-conformismo que no es más que una especialización del conformismo al que arrastra algún interés, algún instinto, alguna desgana o alguna manía. Sin embargo, se comportan como rebaño: repetidores de palabras, y buscadores de tranquilidades sociales. Las virtudes que han dado el impulso para pasar la frontera desaparecen una vez atravesada ésta».

Escribe Saint-Exupéry, “no pregunto si el hombre será feliz, sino qué hombre será feliz” (Citadelle. Ed. Gallimard, Paris, 1953, p. 589). Y añado con él: “vana es la ilusión de los sedentarios que creen poder habitar en paz sus inacciones, pues toda inacción está amenazada” (Ibi, p. 864.) “Quien se lamenta porque el mundo le ha fallado es porque él ha fallado al mundo” (Ibi, p. 941). Y, si te gustan más las citas de san Agustín, aquí tienes: “una civilización vale por el tipo de hombre que ella funda; una civilización descansa sobre lo que le exigen sus hombres, no por lo que les es proporcionado. Así pues, busquemos como quienes van a encontrar y encontremos como quienes aún han de buscar, pues, cuando el hombre ha terminado algo, entonces es cuando empieza” (Ibi, p. 941)

La revolución personal comienza por una toma de mala conciencia revolucionaria. No es tanto la toma de conciencia de un desorden exterior, científicamente establecido, cuanto la toma de conciencia por el sujeto de su propia participación en el desorden hasta aquí inconsciente hasta en sus actitudes espontáneas, en su modo de ser habitual. Viene entonces la renuncia y, después de las negaciones, no una máquina de ‘soluciones’, sino el descubrimiento de un centro de convergencia de las luces parciales que suscita una meditación continuada, unas voluntades particulares que nacen de una voluntad nueva, una conversión continua de toda la persona solidaria, actos, palabras, gestos y principios en la unidad cada vez más rica de un solo compromiso. Tal acción está orientada hacia el testimonio, y no hacia el poder o el éxito individual.

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