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TEATRO REAL

La Merope, de Domènec Terradellas, una historia de traición y venganza

sábado 22 de febrero de 2025, 16:04h
Una historia de traición y venganza… y triunfo final de la justicia podría haber sido el subtítulo La Merope, una de las mejores óperas de Domènec Terradellas (1713-1751), un compositor cuya obra muestra como pocos de sus contemporáneos la transición del barroco al clasicismo. Ayer jueves se presentó, en versión de concierto, en el Teatro Real después de hacerlo la noche anterior en el Gran Teatre del Liceu, en ambos casos con gran éxito de crítica. En Madrid el público supo apreciar la sublime belleza del legado musical del compositor catalán y la extraordinaria ejecución de todo el equipo de artistas. En definitiva, un estreno redondo y de calidad encomiable.

Y es que la obra, estrenada en el Teatro delle Dame de Roma el 3 de enero de 1743, aunque todavía es calificada como Dramma per música en tres actos por sus autores (el libreto es de Apostolo Zeno), es un magnífico ejemplo de eclecticismo musical que recuerda a los principales compositores del barroco tardío (Pergolesi, Vivaldi, Händel…), además de un prototipo claro de la evolución del género hacia el Clasicismo.

Aunque en la estructura este período sigue respondiendo al modelo de ópera seria y en la elección de los temas sigue dominando la historia antigua y la mitología clásica -con hincapié en los conflictos de poder (traición y venganza) y la justicia-, los personajes van creciendo en humanidad y la grandilocuencia barroca va cediendo y dejando espacio a una mayor naturalidad en la expresión de las emociones. Se atisba ya cierta verosimilitud psicológica, aspecto este que seguirá evolucionando hasta desembocar, primero en el ideal reformista de Gluck y después en la ópera mozartiana. En cuanto al peso de la tragedia, en esta época de transición hacia el clasicismo que constituye el Barroco tardío los desenlaces comienzan a distanciarse del fatalismo inamovible y a ser más esperanzadores, con una tendencia creciente a la redención de los personajes, y al triunfo final del honor y la justicia, en el sentido auntado. En definitiva, se va imponiendo el gusto por las resoluciones moralizantes del drama, por el equilibrio y la armonía, en clara sintonía con los principios de la Ilustración.

Todos los elementos descritos están ya presentes en La Merope, pero también otros, propios de este período, en lo relativo a la asignación de los personajes; la preponderancia de los castrati ya no es tan absoluta, en parte por razones sociales (en 1770 Papa Clemente XIV prohibiría la castración de niños) y en parte por razones musicales. En contrapartida, voces femeninas, sopranos y mezzosopranos, van ganando paulatinamente reconocimiento como arquetipo de belleza vocal y comienzan a asumir los roles heroicos. Sin embargo, como obra de transición que es, La Merope conserva la voz de tenor para el personaje malvado, un elemento característico del Barroco pleno, en donde los tenores solían estar relegados al papel de villanos o a papeles secundarios. Ya en el Clasicismo, Mozart instaurará el modelo de masculinidad vocal, apostando por las voces de tenor y barítono, incluso por las voces bajas, para sus roles protagonistas (Don Giovanni -1787-, Le nozze di Figaro -1786-, Die Zauberflöte -1791-).

De la recuperación de La Merope de Domènec Terradellas se la ocupado el italiano Francesco Corti, director que tiene en su haber la dirección de varias óperas barrocas. Sin duda se trata de una recuperación más que justificada, pues la calidad de esta ópera está a la misma altura de las grandes de la época y, merecía, por lo tanto, ser rehabilitada e incorporada a la programación habitual de los principales teatros. Corti dirige en La Merope a la orquesta barroca Akademie für Alte Musik Berlin, uno de los ejemplos más contundentes de profesionalidad musical presenciados en el Teatro Real.

Todo el reparto estuvo, sin excepciones, a la misma altura de excelencia de la orquesta barroca de Berlín, si bien destacó la soprano italiana Francesca Pia Vitale en el papel de Epitide (el hijo de Merope, al que se daba por muerto y termina derrocando al maléfico rey sin derecho Polifonte), por sus extraordinarias cualidades vocales y gran expresividad. El rol protagonista (Merope) corrió a cargo la soprano húngara Emőke Baráth, consumada intérprete de roles mozartianos y también una de las grandes de la ópera barroca. El tercer rol femenino, Argia, la esposa de Epitide, lo interpretó la soprano ligera surcoreana Sunhae Im, que destacó por su dominio de la coloratura y gracia escénica. El tenor suizo Valerio Contaldo, del que se ha dicho que tiene una voz de bronce, fue un magnífico Polifonte, con una gran naturalidad de canto y dominio del estilo. Otra de las gratas sorpresas de la velada fue la voz del contratenor francés Paul-Antoine Bénos-Djian, poseedor de una voz bellísima, con interesantes y muy presentes ribetes graves y brillantes agudos. El barítono Thomas Hobbs estuvo a la misma altura de desempeño que el resto de cantantes, con una técnica depuradísima y bellísimos agudos. En el papel de Licisco, y también con gran calidad de canto, intervino la contralto catalana Margherita Maria Sala.

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