Decía el filósofo alemán Arthur Schopenhauer que buena parte de la vida se nos presenta como texto, pero que los treinta últimos años se ofrecen para su comentario. Es en ese tiempo donde quien observa y apunta lo que ha supuesto toda una existencia se convierte en un ser clarividente. Las experiencias marcan como cicatrices o esculpen como cincel de escultor. Si además quien ha vivido y quiere compartir esos aprendizajes —desde una mirada cargada de conocimiento y experiencias— es un escritor como Luis Antonio de Villena, el destinatario o receptor de los mismos se convierte en alguien afortunado.
El novelista, poeta y ensayista publica en Visor Miserable vejez, un libro lírico y a la vez áspero, compuesto de múltiples facetas. Un poliedro luminoso que brilla incluso cuando lo expresado surge de la penumbra. La naturaleza que lo ordena y desde la que el poeta reflexiona es la vejez. Aunque aparentemente carezca de amabilidad, ésta se aferra a la pasión de la juventud, que evita el arrugue del alma. Villena traza un paisaje compuesto de presente y pasado, habitado por personajes que le rodean —conocidos y anónimos— y por otros que ya no están. Así, recorre lugares y tiempos, compara lo que ya no permanece y lo que a duras penas perdura del naufragio, amenazado por un futuro mediocre y dañino. Por sus páginas pasan amigos, amores y efigies admiradas —de Proust al falsificador del documental de Welles, a quien el poeta conoció—. Todo un documento testimonial, reflejo hasta la fecha de nuestro mundo, contemplado por un autor cuyo inimitable estilo siempre se ha caracterizado por el pulso firme, sincero y sensible en la escritura.
Conversamos con él a fin de obtener nuevos y enriquecedores matices de su nuevo libro.
Pregunta: Empecemos por el final para hablar del principio: en el postfacio del poemario, sitúas al lector en los antecedentes relativos a la génesis del título. Miserable vejez sorprende por su brevedad y dureza. ¿Representa por tanto una síntesis de la percepción de esta etapa de la vida como “fea” aunque con “brillos ocasionales”?
Respuesta: La vejez tiene dos lecturas: una positiva y muy políticamente correcta, que la describe como una etapa de tranquilidad, sabiduría o ecuanimidad; en ella, el viejo no pinta mucho pero está ahí, adornado y cuidado; la segunda lectura la contempla como una putada. Así la describí en mi libro anterior. La vejez es como un ejército que va atacando y te va dejando cercado, cada vez más limitado. Efectivamente yo había encontrado esto, junto con el contraste entre vejez y juventud. En una lectura políticamente incorrecta, una ayuda a la otra, le sirve de complemento. Es decir, el viejo puede dar mucho al joven y el joven puede dar mucho al viejo. Eso está también ahí y se va mezclando con muchas cosas. El libro es muy plural respecto a enfoques y escenas, las cuales pintan el panorama de lo que supone envejecer. Al principio encontré un posible título dentro de las Coplas de Jorge Manrique. “Arrabal de senectud” era muy bonito, de tradición clásica. Tan bueno que se hacía muy esperable, no decía nada. Estaba usado y no tenía fuerza significativa. Me desprendí de él y decidí que el libro en su denominación debía suponer un choque. Buscaba sorprender, aunque interiormente la obra poseyese mucha armonía . Son poemas muy trabajados. Yo quería un título que produjera ese efecto, y así ha sido. Incluso en contra de la opinión de algunos amigos míos, que decían que “Miserable vejez” es un título muy feo. Yo no sé si es feo o bonito, pero tiene “pegada”.
Pregunta: Absolutamente. Su título llama poderosamente la atención.
Respuesta: Claro, eso es lo que pretendía. No sólo llamar la atención, sino generar la sensación en quien lo lee de un pequeño choque.
Pregunta: en Miserable vejez habitan diferentes personajes de otros tiempos pero también presentes, con los que te encuentras en tu cotidianidad. Algunas figuras son senectas y otras jóvenes. ¿Hasta qué punto unos y otros ayudan a comprender la realidad propia?
Respuesta: La realidad propia está ahí, aunque a veces hable de otra gente. Incluyo retratos de ancianas, por ejemplo —algunas las veo por mi barrio—, cuyas presencias me daban ideas, visiones especiales de la vejez. Hay un fondo vital, incluso autobiográfico, tanto en las historias de viejos como de jóvenes. Y, sin embargo, trato de convertir esas anécdotas en una reflexión mucho más amplia.
Pregunta: Esas historias a las que te refieres parecen anticiparse en tu anterior libro, Lujurias y apocalipsis.
Respuesta: En Lujurias y apocalipsis hay algún poema similar. Lo que pasa es que es un libro más largo y no tiene un único tema. En Miserable vejez hay uno central: la vejez aunada a la juventud. En mi anterior libro, como su título indica, había lujurias y apocalipsis. Apocalipsis del planeta, del mundo vivo. En Miserable vejez lo que se cae es el hombre. Un libro puede ser precedente del otro, es algo bueno. Vas entretejiendo una cosa con otra y eso le da un sentido.
Pregunta: En Gimnasio/Gym describes esas “salas con mucho hierro” para la “musculación”, las cuales ayudan “a la belleza” y “al tiempo” la deshacen. Atrás quedaron esos atletas, pues sus usuarios cultivan el “corpore sano” mientras parecen haber olvidado la “men sana”. ¿A qué crees que se debe esa ausencia de necesidad, por parte de la mayoría de las generaciones más jóvenes, por muscular también la mente?
Respuesta: Esta moda que hay hoy en día de los gimnasios para hombres y mujeres jóvenes —viejos no tanto— es en muchos momentos absurda. No hace falta ir al gimnasio a diario. Es como el que tiene que ir a la capilla a rezar todos los días y, si no practica el rezo cotidiano, siente que le falta algo. El gimnasio tiene una parte positiva y una parte muy negativa. Un chico va a hacerse un cuerpo bonito y, tras conseguirlo, sigue levantando pesas y usando máquinas hasta que su físico se transforma en una bestialidad. Se convierte en un culturista horrendo lleno de masas musculares que a mí me producen horror. Una especie de toro de lidia. El cuerpo del joven, que creía bonito, ha quedado destrozado. Yo he visto, a lo largo de mucho tiempo y por motivos distintos, cuerpos destruidos por la gimnasia. Es una moda excesiva de este tiempo, en parte por el culto al cuerpo y en parte debido a la falta de cultura y educación, a un nivel mental muy bajo. Todo eso ayuda al gimnasio. No digo que no pueda ir alguien muy inteligente. Claro que sí. Pero quien en buena parte va hace ejercicios físicos y no mentales, principalmente —y aquí viene lo trágico— porque no sabe. Faltaría un monitor que les enseñara a hacer estos ejercicios.
Pregunta: Chico mambí o Colegiales describen esa juventud que cree que nunca alcanzará la vejez. Resulta inevitable evocar al Tadzio de Muerte en Venecia, tan donatellesco, y la búsqueda de la belleza por parte del protagonista a través de este joven.
Respuesta: Mambí es el nombre que se daba a los rebeldes en la guerra de Cuba. En ese poema hablo de un joven rebelde que representa justo lo contrario a la vejez. Es un chico que no se da cuenta de que ese mundo en el que está viviendo al final terminará. Todo tiene fecha de caducidad. En el caso de la juventud, un derrumbe rápido y feo. Al mismo tiempo, posee un lado atractivo: el chico turbulento y guapo. Viene muy al caso lo que comentas de Muerte en Venecia, pues se pudo ver mucho tiempo después que ese joven actor que interpretaba a Tadzio —Björn Andrésen, que era un chico guapo— se convertía en un viejo prematuro. Parece que hubo un único momento de su vida y fue la juventud. En un sentido más general es lo que pensaba Jaime Gil de Biedma.
Pregunta: De hecho figura al inicio del libro con la cita de los dos últimos versos de su famoso No volveré a ser joven. También aparece en un poema que le dedicas, titulado precisamente Jaime. ¿Es entonces esa creencia de los jóvenes en “una imperecedera juventud” lo que les hace ante los demás admirables o esplendorosos?
Respuesta: Sí. La juventud tiene momentos en que parece inmortal. Me dijo una vez un médico: “Si a un joven de veinte años no le sucede algo extremo o improbable como una enfermedad muy grave o un accidente que acabe con su vida, es inmortal”. Esa sensación de inmortalidad, que puede ir unida a la idea de belleza, es la juventud. Pero no cuenta con que luego eso se va deteriorando y el tiempo del deterioro es mucho más largo que el del esplendor. Como decía el poema de Wordsworth, “el esplendor en la hierba, de la gloria en las flores” es muy efímero. Es la pura primavera y, al final, la hierba se agosta.
Pregunta: También en Arte amatoria realizas una hermosa oda a la juventud, un canto al amor como enseñanza para los dos cuerpos sin importar diferencias de edad. ¿Cómo definirías ese aprendizaje necesario, a modo de simbiosis entre las dos partes?
Respuesta: Aunque este libro tenga como tema la vejez, trata bastante de la juventud. Se habla de ella en dos sentidos: como lo opuesto a la vejez —posee una belleza que normalmente la vejez no tiene, pues la belleza en la vejez es fundamentalmente interior, por lo que la belleza de la juventud se observa desde la vejez como un paraíso perdido— y como la idea que propongo en el último poema —Coincidencia de opuestos— de que la juventud y la vejez pueden coincidir. El joven se puede relacionar con el viejo, complementándose muy bien. No son dos islas separadas. El viejo envejece menos al lado de la juventud. Lo que pasa es que en este momento la sociedad no lo ve con buenos ojos. El viejo ayuda al joven con la experiencia, la sabiduría o el conocimiento, mientras el joven le da entusiasmo, unos ojos nuevos, la posibilidad de ver la vida como algo novedoso —algo que el viejo ha perdido—.
Pregunta: Lo que sugieres es muy interesante. De hecho, debería estar ya asumido por nuestra sociedad. Pensemos que en la Antigua Grecia era algo normalizado la relación entre maestros y discípulos.
Respuesta: Es la tradición positiva de la vejez. Lo que pasa es que hoy en día no funciona. Aunque nos quieran vender que sí y que es estupendo, en la práctica no existe.
Pregunta: Gerontología supone el desafío del poeta —caracterizado como “viejo rebelde”— hacia una vejez reducida a pensar, recordar y hacer “pocos proyectos”. Además de la estimulante compañía de personas más jóvenes, la creación a través de la escritura representa también un aliciente y una herramienta útil en esta resistencia?
Respuesta: Sí. Todo lo que sea creativo y mantenga la mente activa: escribiendo, pensando, pintando, viendo cine o pensando sobre él. Lo más negativo es asumirse como un viejo rodeado de viejos. Esos ancianos que solo hablan de sus dolencias y que, como mucho, recuerdan cosas de juventud, pasadas y remotas. Todo eso subraya mucho más el elemento vejez. Quien vive en ese tipo de relación se vuelve mucho más viejo.
Respuesta: Porque vive en el pasado…
Pregunta: Y porque vive un presente de viejos.
Pregunta: Barcos que se cruzan en la noche destaca a dos proas de las letras españolas del pasado siglo, José Lezama Lima y María Zambrano. Sus personalidades, aunque bien distintas en sus universos literarios, poseen nexos comunes: la búsqueda de la luz y la asunción de la derrota, el reconocerse siempre vencidos. Una descripción austera y casi mística que les llevará sin duda a trascender la otra vida ligeros de equipaje. ¿Existe por tu parte una coincidencia en este parecer?
Respuesta: Zambrano y Lezama se conocieron en Cuba cuando no eran viejos todavía. Dos personajes muy notables en la literatura y en el pensamiento que tienen una entidad intelectual muy notable. Ambos terminaron en su vejez como una especie de perdedores. Como Zambrano tuvo mucho éxito, la trajeron del exilio a España y la pusieron por las nubes. Hasta le dieron una casa, ya que ella no tenía nada. Pero en el fondo se consideraba una persona perdedora porque había tenido una vida cuesta arriba. Lezama vivió el horror de la revolución cubana. Como era muy prestigioso, el régimen castrista no le hizo nada, pero le tenía prisionero en su propia casa e incluso le negaba los medicamentos. Tenía asma y murió probablemente de forma prematura. La hermana, Eloísa Lezama, era una exiliada y le enviaba desde Miami los medicamentos que necesitaba. Lezama murió víctima del castrismo, por lo que también era un perdedor.
Pregunta: En tu nuevo libro vuelves a evocar figuras representativas de otro tiempo: de marquesas y condes anónimos a nombres y apellidos de nobles, escritores y artistas de la cultura europea. ¿De qué modo personifican una digna forma de ser y de estar en el mundo, así como pueden evocar sociedades y culturas esplendorosas ya perdidas?
Respuesta: A la marquesa, que vive en el barrio, la pongo como vieja porque lo es y mucho. Va excesivamente arreglada y tiene una criada que la cuida. Es representativa de un tipo de vejez. Luego también hay personajes históricos como Leonor de Aquitania, que siempre me fascinó: la reina de los trovadores, que estuvo en Castilla cuando era ya muy vieja. Fíjate que para haber vivido en la Edad Media fue una vieja muy resistente. Tuvo siempre un sentido de vitalidad enorme, luchó incluso en la política y contra sus maridos. Ella vino aquí —una de sus hijas estaba casada con el rey de Castilla— a buscar a una nieta que se llamaba Blanca —Blanca de Castilla—. Se la llevó a Francia y la casó con el rey. Sería Blanche de France. La menciona François Villon en Balada de las damas de antaño: “La royne Blanche comme lis” (“la reina Blanca como el lirio”). Con el tiempo, fue la madre de San Luis, rey de Francia. Toda esa historia estaba tejida por Leonor ya de vieja. Una vejez activa que trasciende al vivirla positivamente. A mí me gusta un tipo de civilización histórica que no es la de ahora exactamente. Empleo el elemento cultural vivificado, nunca traído como una mera cita muerta o erudita sin más. Todos esos elementos culturales se van mezclando con lo vital. Aparece por ejemplo en algún poema como el de Símaco, que tuvo una polémica teológica que afectaba a paganos y cristianos al final de la Antigüedad con el obispo Ambrosio de Milán. Eso, que en realidad es una cosa muy culta, está traído a la época actual.
Pregunta: Y por ello son personajes universales, porque sus cuitas tienen un trasfondo actual que continúa estando vigente.
Respuesta: Claro. No importa el momento histórico —que está ya explicitado ahí, para que el lector lo sepa— sino lo que significa hoy en día. Un equivalente.
Pregunta: Con Leonor en Frías comparas la época actual con aquella en que Leonor de Aquitania vivió, añorando su belleza. ¿Consideras posible un futuro renacimiento de esos valores previos a esta presente deshumanización?
Respuesta: Debería haber un momento en el que el mundo mejore. Cabe esperarlo y desearlo, pero la verdad es que actualmente no hay muchos signos de esperanza.
Pregunta: La vejez democratiza, supone una tabula rasa social, despojando de vanidades y arrogancias. ¿Suele ser garante de un mayor sentido común o, por el contrario, puede llegar a cronificar los desatinos de la juventud?
Respuesta: Hay vejeces estropeadas, absurdas. Si alguien ya en la juventud estuvo mal, en la vejez estará peor de seguir por esa misma línea. También hay juventudes deplorables.
Pregunta: La ancianidad feliz presente en Abuelita María contrasta con los estragos del tiempo en el cuerpo que encontramos en Espejos de verdad impura, Puta vieja, El gran árbol verde o en ese doble retrato que es Leonardo da Vinci palpa la ancianidad. Los dos primeros poemas, de hecho, se miran como reflejos de una página a otra. ¿Desde tu perspectiva aspiras a un punto intermedio de ambos?
Respuesta: María era mi tía abuela. Yo la veía una anciana muy anciana porque era muy pequeño. Como vivía en un chalet con una hija suya —que creo que murió antes que ella— daba una sensación de placidez. Hay viejos que se sienten felices quizá porque aceptan sus circunstancias, pero eso suele darse cuando hay un entorno agradable. En un ambiente hostil no puede ser. El paso del tiempo consiste en un continuo deterioro. La vejez sin deterioro no existe. Hubo un monje medieval que afirmó: “Tempus flagellum Dei” (“El tiempo es el flagelo de Dios”). Dios nos flagela, nos castiga con el tiempo. Es una imagen muy dura pero bastante exacta.
Pregunta: En tus poemas hablas de “naufragios” (Viejos) y de “ruinas” (Todo lo trae, todo lo lleva) como símbolos de la vejez, así como del deseo que se vuelve casi canibalismo hacia la belleza de la juventud (Rupert Brook en Polinesia). No obstante, el arte ha embellecido su luz terrible. Ahí están los personajes retratados en La balsa de la Medusa de Gericault, las imágenes románticas de edificios vencidos por la Naturaleza de Friedrich, el concepto de Albert Speer sobre las ruinas arquitectónicas, la vejez retratada por Camille Claudel o los jóvenes devoradores en De repente, el último verano. ¿Hasta qué punto la cultura puede salvarnos de nosotros mismos?
Respuesta: Rupert Brook en Polinesia es un poema más histórico. Rupert Brook era un poeta que murió cuando iba a luchar en la I Guerra Mundial con un grupo de poetas ingleses —no eran de primera fila, pero estaban bien—. Tuvo éxito —sobre todo en su último libro, donde hablaba de los inicios de la I Guerra Mundial— porque era muy guapo. Eso curiosamente promovió que un personaje como Henry James —que ya en esa época era archifamoso como novelista, además de un gay reprimido, oculto— se enamorara de la juventud de Brook. Cuando murió, James se soltó —había estado constreñido— y le escribió un prólogo larguísimo a un librito de viajes que no valía nada. Debió sentir que le debía algo a Brook. Yo creo que lo que le debía era la admiración que le había tenido. Volviendo a lo que comentabas de la belleza de las ruinas, tengo un poema que escribí de joven sobre ello. Evoca las odas a las ruinas de las ciudades antiguas —Itálica, Roma— que se habían hecho en el Renacimiento o en el Barroco, para crear una oda a un joven que deja de serlo, convirtiéndose en una ruina en sí mismo. La ruina tiene una belleza que se inventó el Romanticismo. En la ruina humana no sé si hay tanta belleza, me parece muy difícil encontrarla. El arte nos salva de nosotros mismos porque crea una imagen fuera del tiempo. Al hacerlo, nos saca y redime del tiempo, ese flagelo de Dios.
Pregunta: Qué interesante. Volviendo a la homosexualidad no declarada de James, a mí siempre me llamó la atención que Truman Capote escribiese el guion de la adaptación cinematográfica de Otra vuelta de tuerca.
Respuesta: Hay libros de James, como El discípulo, que contienen muchos elementos homosexuales. Siempre están ahí metidos. Él evidentemente nunca dijo que lo era. Al contrario, se parapetó mucho. Nunca tuvo amantes mujeres ni habló de mujeres en relación con él. Era un señor que tenía un elemento homosexual muy fuerte que contuvo. Pero en algún momento, casi al final, lo sacó. También le pasó a Thomas Mann. Los elementos clave de su homosexualidad a nivel vital aparecen cuando es viejo y le escribe a un camarero en Suiza una carta larguísima. Ya era premio Nobel y una figura carismática en Alemania. Nunca hizo nada pero tenía ese elemento latente.