Los toros de Victoriano del Río han sido flojos, algo descompuestos y sin empuje. Los toros diseñados para dar la comodidad en el tercio de la muleta. Los tercios de varas reducidos a unos pinchazos. Las lidias pausadas, casi lentas para evitar el desgaste de los astados. El toreo, en rasgos generales, ha sido afectado, exagerado en el gesto ante el enemigo deslucido.
Emilio de Justo hizo la única estocada que mereció tal nombre esta tarde. Hizo unas tandas bellas a Bocinero (4º3/20) y paseó un trofeo. Su primero, Encaminado (1º9/19), se caía a menudo y remataba los muletazos con un cabeceo. Una del montón.
Roca Rey, siento decirlo, lo único que demostró es su estancamiento. Es un fenómeno mediático que solía llenar algunos cosos, pero desde el punto de vista del toreo no avanza. Torea siempre los mismos encastes y con los mismos compañeros de cartel. Impuesto (2º8/19), un flojete, admiraba con tristeza los paseos y desplantes del diestro. Pero, el auténtico despropósito, desde punto de vista taurino, llegó en su último, Amante (5º4/20). El toro, malpicado al relance, buscaba las tablas. Fue protestado por inválido y lo fue. La presidencia no reaccionó. El figura se empeñó en sacarle la faena a costa de su propio deslucimiento, adobando el impresentable conjunto con los gestos del desafío. Le echó mucha fantasía en imaginarse frente a un Prieto de la Cal.
Tomás Rufo ha caído en vulgaridad con Bisonte (3º9/19). Además, no supo matarlo con la espada y decidió rematarlo con el descabello. La embestida de Alabardero (6º11/19) fue lo mejor de la tarde. Desde que salió al ruedo se comportó de otra manera. El toro perseguía la muleta con ahínco, sin hacer gestos feos, sin cansarse. Rufo aprovechó esta condición para montar una faena vistosa, vibrante y emocionante. La espada no estuvo a la altura.