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Novela

Caroline De Mulder: Los niños de Himmler

domingo 15 de junio de 2025, 22:26h
Caroline De Mulder: Los niños de Himmler

Traducción de Patricia Orts. Tusquets, 2025. 256 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9, 99 €. La escritora belga novela con acierto uno de los episodios más siniestros del nazismo: lo que ocurría en el Heim Hochland, la casa matriz del proyecto Lebensborn, creado por Heinrich Himmler para desarrollar y “depurar” la raza aria

Por Matías Jaque Hidalgo

Los niños son el futuro. Esta idea, que rezuma humanismo y se nos antoja como seña de identidad progresista, ha sido bien asimilada por todos los tiranos, y puesta en práctica por los fascismos de todos los colores. Desde el infanticidio bíblico de Herodes hasta las bombas israelíes que parecen ensañarse con los niños de Gaza, pasando por el robo sistemático de niños durante la dictadura de Videla, los poderosos padecen cierta obsesión ‒quizás cierto pánico‒ por los niños. Son el futuro, el escándalo de la posibilidad para quienes aspiran al control absoluto. Controlar la infancia (aniquilándola, secuestrándola, domándola) es la búsqueda, normalmente infructuosa, de una garantía de permanencia del orden establecido.

La autora belga Caroline De Mulder explora en Los niños de Himmler una de las zonas menos públicas del régimen nazi, que puede considerarse un capítulo especialmente siniestro de la relación entre tiranía e infancia. La obra nos sitúa en el Heim Hochland, la casa matriz del proyecto Lebensborn, creado en 1936 por Heinrich Himmler para estimular el nacimiento de niños “racialmente válidos” y promover ‒en un ambiente cargado del idilio pulcro y asfixiante de la campiña germana‒ la expansión de la raza aria.

Para ello, se valen de mujeres alemanas, pero también de extranjeras que, según los estándares de la ciencia aria, cuentan como ejemplares vom besten Blut, “de la mejor sangre”. Úteros bien mantenidos para la producción eugenésica de los futuros “señores de la guerra”. Hacia fines de 1944, año en que tienen lugar los hechos de la novela, el proyecto reviste particular urgencia, cuando la juventud alemana es arrojada en masa a la picadora de carne, y el régimen prevé la necesidad de repuestos.

El relato avanza alternando las perspectivas de tres personajes: Helga, Renée y Marek. Helga, una enfermera rigurosa y leal, ve flaquear su compromiso con la doctrina que guía el programa a medida que se enfrenta a las consecuencias reales de la enfermiza ensoñación de los popes del racismo organizado. Rechazar el derecho a la existencia de los “no viables” deja de ser, en cierto punto, un acto de valentía nacido de la convicción en un cierto ideal de ser humano; va revelando su brutalidad desnuda, que no es signo de ninguna nobleza ulterior.

Por otra parte, conocemos a Renée, una adolescente francesa que, repudiada por su familia y su entorno tras embarazarse de un soldado de las SS, llega finalmente al Heim Hochland, su última esperanza de ponerse a salvo del avance de la guerra. La supervivencia no será, sin embargo, exactamente el opuesto de la muerte, y queda marcada bajo la sombra de una derrota: “No le queda nada ni nadie, pero, al menos, ya nunca tiene hambre. ¿Acaso ha vendido su alma, su país y su honor para nutrirse?”. El pasaje recuerda el final de una de las novelas bélicas más penetrantes del pasado siglo, Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de Kenzaburō Ōe.

En esa historia, lo que finalmente doblega a un grupo de niños rebeldes no es la amenaza de la violencia sino, justamente, la promesa de saciar el hambre. Cuando se nos enrostra la cruda materialidad de nuestra vida, sobrevivir deja de significar una redención, una esperanza.

Estas dos perspectivas femeninas, que dominan el relato, se ven complementadas por la historia de Marek, un prisionero polaco vinculado a la resistencia varsoviana trasladado al Heim para integrar una cuadrilla de trabajadores. Su historia transcurre en los márgenes de ese bucólico atrezo germánico, que a duras penas contiene el martirio físico en que se cimenta. Marek es una herida andante, casi un fantasma, que no acaba de sucumbir del todo porque, traspasado un cierto umbral de dolor y humillación, no parece estar ya hecho de carne.

Su obstinado deseo de vivir es el contrapunto de la supervivencia que se le concede a Renée como un obsequio envenenado. La esperanza de Marek, una piltrafa siempre a punto de colapsar sobre sí misma, es el verdadero cáncer que mina el proyecto totalitario del régimen nazi. Para este, que aspira a cincelar una raza perfecta mediante el exterminio y la instrumentalización de las mujeres, lo realmente intolerable es que esas personas “equívocadas”, que deberían ser arrojadas al olvido, se empeñen en apreciar la vida, en amar y recordar.

Es ciertamente difícil añadir una óptica nueva a los innumerables relatos que hemos absorbido sobre la maldad ya arquetípica del nazismo. Caroline De Mulder, al poner el foco sobre las mujeres y los niños, cumple un ejercicio de memoria del que pueden extraerse, sin duda, valiosas lecciones para el presente.

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