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CRÍTICA

Kenzaburo Oé: ¡Adiós, libros míos!

domingo 10 de marzo de 2013, 12:49h
Kenzaburo Oé: ¡Adiós, libros míos! Traducción de Terao Ryukichi. Seix Barral. Barcelona, 2012. 384 páginas. 20 €. Libro electrónico: 13,99 €
El crítico literario y el escritor de guías de viajes se parecen. Los dos deben estar dispuestos a adentrarse en terreno desconocido para luego informar a los lector acerca de lo que les espera, sobre los lugares con vistas, la animación de las calles, la rumorosidad de los valles, la calidad de las sábanas de la hospedería o las peculiaridades de la cocina local. Aunque ambos, escritores de guías de viajes y críticos literarios, están sujetos a los adjetivos que el lugar visitado o el libro han recibido antes de otros lectores o viajeros. El visitante va por primera vez a París cargado de mensajes y apreciaciones de los que lo precedieron y lo contaron. De la misma forma, el crítico se acerca a un libro con los bolsillos repletos de valoraciones ajenas respecto al autor y, por ende, al libro. El viajero ideal sería aquel que se encontrara con un destino del que no sabe nada, del que nada ha oído o leído. Quizá las Crónicas de Indias sean lo que más se acerque a algo así. Y el crítico ideal sería aquel que leyera un libro por primera vez sin saber nada ni de su autor ni de la obra. Tarea que hoy solo llevan a cabo los lectores de las editoriales, gente poco dada a relatar sus experiencias. Pero es que para poder llevarlo a cabo, quizá haga falta ser un auténtico aventurero.

Kenzaburo Oé nos llega cargado de información: autor necesario, de obligada lectura (¿existe todavía ese género de literatura?), de mérito indudable y sólido. Y nosotros, de forma humilde y en lo posible olvidadiza de comentarios oídos, leídos o incluso de experiencias lectoras previas, nos adentramos en su último libro, ¡Adiós, libros míos!, con una invocación al espíritu del crítico aventurero y amante de los lugares vírgenes, ese espécimen imposible en esta era de información compartida incluso en contra de la propia voluntad. Oé, premio Nobel. Y, los premios, como bien refleja Bernhard en Mis premios, pesan mucho. Así que, cuando avanzamos por la última senda de Oé, ¿con qué nos encontramos? Comencemos a pasear.

“¡Adiós, libros míos! Al igual que los ojos de los que están destinados a morir, / los ojos imaginarios deben cerrarse algún día” escribió el joven Nabokov antes de dejar Berlín y seguir, junto con su inseparable Vera, un periplo vital que pasó por los EEUU y acabó en Suiza. La novela de Oé que roba este título nos cuenta la historia de un escritor viejo japonés, Choko Kogito, que se recluye en una casa, Gerontion, acompañado de un amigo de la infancia, arquitecto y álter ego, Shigeru, dueño y diseñador también de la casa cercana llamada “Mad Old Man” (Viejo Loco), nombre sacado de un verso de Eliot. La poesía de Eliot planea por toda la obra; el Eliot apocalíptico y enigmático, el de “Los viejos deberían ser exploradores / Aquí o allá, no importa / Debemos permanecer quietos y seguir moviéndonos”. Porque la novela de Oé, va de viejos locos, de enigmas y apocalipsis.

El marco temporal es el mundo contemporáneo, el mundo tras el 11-S. El espacial, dos casas de arquitecto en el Japón rural junto a una universidad. El vital, dos viejos, los hijos de uno de ellos (un niño músico con problemas de desarrollo y una hija que se ocupa de él y del padre (¿les suena autobiográfico?) y un escritor obsesionado con: a. su infancia, b. el terrorismo y el fin del mundo, c. Mishima y su muerte/suicidio, d. Becket y dos seres que esperan algo que no es nada, e. Eliot y su poesía apocalíptica gerontológica. Como ven, novela del yo (tradición japonesa en vena) y novela de ficción-documental-ficción (sí, dos veces ficción) -distopía histórico-literaria; elementos estos combinados con abundantes referencias a la literatura occidental. Ingredientes postmodernos, vilamatianosy literarios, muy literarios, casi davidfosterwallacianos. Ingredientes de éxito. Y de aburrimiento, mucho aburrimiento. Porque Oé y el aburrimiento son uno.

En Japón, los hombres de letras, en otras épocas, eran bunjin, seres descreídos, esnobs, flâneurs, hedonistas, suicidas, desesperados. No hay estirpe más ilustre de hombre de letras que la japonesa, hasta el suicidio de Mishima. La muerte loca, ridículamente política, del enfant térrible de la literatura japonesa selló la boca de las generaciones venideras. ¿Qué iba a hacer cualquier plumífero, por muy dotado que estuviese, tras algo tan escabroso, adolescente, inesperado, chocante, y fatalmente transcendente como la toma del ministerio del Interior japonés y el posterior suicidio/muerte? A uno solo le queda la huida al absurdo murakamiano o el refugio en el aburrimiento literario-social de Oé. Sí, con premio Nobel y aclamación internacional; pero aburrimiento al fin y al cabo.

Oé conoció y se escribió con Mishima en vida y no se cayeron nada bien. En ¡Adiós, libros míos!, fantasea con la muerte del escritor japonés más loco de todos los tiempos, seguramente consciente del aldabonazo que esa tragicómica muerte supuso, más que para la literatura, para los literatos nipones, para su ideal milenario de bunjin. Oe fantasea con que Mishima no murió, e imagina que él, Kenzaburo Oé, congrega a través de su álter ego –el arquitecto Shigeru- un pequeño grupo de jóvenes dispuestos a morir por la filosofía del unbuild, de la destrucción de los rascacielos construidos. “¡Vaya!” dirán algunos, “esto suena divertido”. Pero la trama, hasta llegar a ese punto y después, es aburrida. La novela avanza por temas muy interesantes con un paso monótono. Anticlimático. Serio. Culto. Antisorpresivo. Y desemboca en el protagonista, Choko Kogito (nombre de connotaciones latinas), escribiendo una novela, la “Choko-Síntoma”, en la que su objetivo es “detectar y registrar síntomas ambiguos antes de que suceda algo definitivo e importante. Más allá de esa acumulación de datos se abre un camino irreversible rumbo [mantengo la extraña sintaxis de la traducción] a la destrucción.”

Un viejo va a morir. Su modelo/antimodelo es un escritor suicida incomprensible, Mishima. Su época, una época de atentados suicidas incomprensibles, el 11-S. Su poeta, un viejo inglés incomprensible, Eliot. Su yo, otro yo incomprensible, un arquitecto estrafalario. Su diálogo favorito, el de dos vagabundos que esperan algo incomprensible. Su novela final, la crónica sintomática de un mundo incomprensible. Su lugar de la infancia, un bosque de Dante, en el que cada árbol es un muerto suicida. Si algo da sentido a lo incomprensible es la muerte, al acecho siempre para dar el aldabonazo al sinsentido. Ingredientes muy interesantes para un crítico que se adentra en un paraje intentando olvidar las frases de las fajas y los titulares de los culturales. Últimos suspiros. Mis premios. Cómo pesan.

Por José Pazó Espinosa
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