Alianza de... perros y gatos
domingo 07 de diciembre de 2008, 21:40h
La sonrisa de aquel día “de perros” la ponía el sol con una incipiente luz sosa, inmadura aun de rojos y violetas. Un río apenas daba la sensación de despertar, azul transparente, tras las aguas negras de una noche, en tiempo de luna, sin luna y apagadas las brillas del campo.
El día era de perros, y no por razones climáticas, sino por astucia comercial de algún tendero hábil. La fecha instaurada en el calendario buhonero, estaba dedicada a las mascotas con el solo propósito de vender artimañas, en forma de cosas de mordiscar o de señuelos para perseguir como cazadores tras presa nutricia.
Pero aquel día de perros también había sido elegido por estos para algo trascendente. Si supiéramos entender a quienes tanto nos comprenden, habríamos conocido antes el sentido de aquella gran reunión perruna improvisada casi: estaban todas las perras y todos los perros vecinos. Los había de noble estirpe con casta documentada para jactancia de sus amos, y estaban los que, de humilde cuna, habían llegado a más, gracias a la providencia canina -también existe- que los situó en el camino hacia familias cancariñosas.
Entre ellos se entendían a ladridos amables –ningún aúllo- relativos a quién sabe qué asuntos. El del ladrido cantante, un macho pequeño, fuerte, seguro de razón, ladraba ideas que parecían complejas y graves -tal era su expresión-, a las que todas y todos respondían con cierto guirigay de poco académica polifonía.
Una cotorra de colorido impertinente, versada en nuestro idioma, observaba la concentración y hasta parecía entender todo pero, por más carantoñas que le hice , no conseguí sonido alguno que yo entendiera: la muy pájara me decía cosas en pajarence, jerga tan ignorada por mí como el sánscrito o el araméo.
Cerca de la banda canina se celebraba otra reunión, esta de gatos. Felinos chinos, persas, siameses, egipcios... Un auténtico ejército de orientales, al fin de acuerdo, cuyas intenciones, si belicosas, podrían consistir en acabar con la hegemonía de los perros, todos ellos occidentales (ningún pekinés).
También entre los gatos destacaba uno. Era persa, de pelaje blanco, maullido dulce y enorme tamaño. Los demás, no había una sola hembra entre los gatos, escuchaban las ¿órdenes? del hermoso que maullaba en felinés -la cotorra no perdía palabra-. Hasta me pareció que los perros escuchaban todos, y los gatos escuchaban todos, mientras el jefe-gato y el jefe-perro se dirigían a sus catervas. Por lo que deduje que no habría contienda, al menos guerra caliente.
Aun se acrecentaría mi duda cuando, de los árboles, cercanos, comenzaron a descender decenas de ardillas y “ardillos”, condenadas presas de cánidos y felinos (aunque tengan algo de ambos). Ardillas que escudriñaban -ellas- hasta el menor detalle y ellos, sabios, ladinos y huidizos, aquella situación de la que habrían de escapar –como tantas veces- si se remullía. Y los gatos... quietos. Y los perros... quietos. Solo la cotorra impávida parecía no comprender nada ahora -yo menos-.
Con lentitud y orden, ardillas se entremezclaron con gatos, y ardillas y gatos se entremezclaron con perros. Los jefes -las ardillas también tenían uno- todos juntos y el resto todos revueltos -la cotorra y yo, de observadores-.
Varias lagartijas y tres ranas, extrañadas, en el suelo cercano, parecían esperar tormenta o terremoto, sin decidirse por un refugio de agua o de roca. La cotorra arriba, en una rama baja, estiraba su cuello para no perder detalle. El río ya encendido del todo por un sol que alumbraba con luz madura, la nunca vista alianza imposible de razas y especies. Gorriones y vencejos sobrevolaban desinteresados aquella aglomeración que, no era reata, reala, manada ni recua: que era una reunión multirracial tratando de conciliar codicias de territorios, marcados antaño, acaso con intenciones xenófobas. Como las jerigonzas eran diferentes, todos de acuerdo, eligieron la única lengua que resistió salva la Babel bíblica: el lenguaje gestual.
Con ademanes, que hasta yo entendía, y mejor aún la cotorra, el enérgico jefe perruno, persuadido de pertenecer a una raza irracional asaz evolucionada, dividió y asignó territorios a gatos y ardillas, ignorante de etnias y costumbres; de tradiciones y derechos. Los territorios de los perros no entraban en discusión. Estos habían sido asignados por un orden magnífico, en el mismo instante en que fueron creadas las razas y especies superiores.
Los felinos no arquearon sus lomos ni horripilaron sus pieles, ni un solo bufido fue gruñido como respuesta a la injusticia canina. Los orientales triplicaban en número a los perros que habitaban el mundo occidental, eran más astutos, más ágiles y acostumbrados a privaciones, aguardaban pacientes, sabedores de que les llegaría su oportunidad.
Las taimadas ardillas, mucho menos numerosas, acostumbradas a cambiar de territorio con frecuencia, tampoco protestaron. Esperaban el día en el que los pinos que habitaban fueran mayores y definitivamente suyos, sin molestas y voraces plagas de orugas. Se sabían con preparación para sobrellevar inviernos fríos, sin alimentos apenas. La capacidad de resistencia, común a todos los roedores y su tesón, les auguraban un porvenir libre de tensiones, con territorio suficiente y frondosos pinos plenos de piñones.
En apariencia todos estaban conformes con el reparto perruno. El mismo grado de conformidad que mostraron al establecimiento de aquel día como -día del perro- o también -día de la mascota-. Los que no eran perros ni mascotas aguantaban, sin prisas, la ocasión propicia. Los batracios y reptiles presentes, sin consideración, se ocultaron tranquilos en agua o roca; donde eligió cada uno. La cotorra miraba con desconfianza a la multitud, ya segregada en grupos homogéneos; los buhoneros llenaban sus arcas, contentos con su estrategia comercial. El “día de perros” terminó con buenos frutos para unos y sin alianzas imposibles para los discrepantes que, solo acordaron una precaria y temporal moderación ofensiva.