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Ensayo

Margarite Duras: Escribir

lunes 01 de septiembre de 2025, 22:00h
Margarite Duras: Escribir

Traducción de Ana María Moix. Tusquets. Barcelona, 2025. 144 páginas. 18 €. Reveladoras y acertadas reflexiones que nos ofrecen claves no solo de cómo se enfrenta a la creación la autora de la célebre novela “El amante” -Premio Goncourt-, sino también del proceso de escritura

Por Ángela Pérez

La personalidad y la trayectoria de Marguerite Germaine Marie Donnadieu, que adaptó el seudónimo de Marguerite Duras, encierran una fascinante complejidad. Nacida en Saigón el 4 de abril de 1914, cuando la región formaba parte de la Indochina francesa, pasó allí su infancia y adolescencia junto a su madre, lo que la marcó profundamente e inspiró muchas de sus obras. En 1943 publicó su primera novela, La impudicia, a la siguieron más de una veintena de novelas, guiones de cine y obras de teatro. Entre sus obras, cabe recordar Moderato cantabile, El vicecónsul, El arrebato de Lol V. Stein, Los ojos azules pelo negro, Emily L., Los caballitos de Tarquinia, Destruir, dice, El parque, y Un dique contra el Pacífico. Y, sobre todo, su extraordinaria El amante -Premio Goncourt 1984 -, llevada al cine en 1999 en una no menos magnífica película, dirigida por Jean-Jacques Annaud, y que tuvo una segunda parte en El amante de la China del Norte.

A los dieciocho años, en 1932, emigró a Francia, donde estudió Derecho, Matemáticas y Ciencias Políticas, y trabajó en el Ministerio de las Colonias de 1935 a 1941. En 1939 se casó con Robert Antelme. Durante la Segunda Guerra Mundial formaron parte de la Resistencia francesa. Su grupo cayó en emboscada. Marguerite Duras logró escapar, pero Robert Antelme fue apresado y enviado a un campo de concentración de Dachau. Antelme y Duras iban a divorciarse, pero cuando su marido regresó del infierno, se quedó un tiempo para cuidarlo, como relata en El dolor.

Precisamente el dolor fue su compañero durante varios momentos de su vida. Y en ese sufrimiento y complejidad de su existencia solo una cosa es prácticamente una constante que la salva: escribir, que define como “aullar sin ruido”. El pasado año tuvimos la oportunidad de dar cuenta en estas mismas páginas de Cuadernos de la guerra y otros textos. Ahora, con acierto, Tusquets recupera Escribir, donde se reúnen cuatro textos: “Escribir”; “La muerte del joven aviador inglés”; “Roma”, “El número puro” y “La exposición de pintura”.

Este volumen nos brinda reveladoras reflexiones no solo de cómo Duras se enfrenta a la creación, sino también del proceso de escritura. Y nos da claves de algunas de sus novelas. Así, por ejemplo, señala sobre El vicecónsul: “Era un libro muy difícil de escribir. No había plan posible para expresar la amplitud de la desdicha, porque ya no había nada de los acontecimientos visibles que la habían provocado. Sólo existían el Hambre y el Dolor”.

Marguerite Duras nos abre las puertas de su “cocina” literaria, en la que la soledad es elemento esencial: “La soledad de la escritura es una soledad sin la que lo escrito no se produce, o se desmigaja, exangüe, tras buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y, ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que ésta sea, y en esta fase nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor. En torno a la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la soledad de lo escrito […]. La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola”.

Y confiesa: “Escribir era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Así lo hice. La escritura nunca me ha abandonado”. Cercada muchas veces por el alcoholismo y el dolor, Marguerite Duras, escribe, aúlla sin ruido.

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