Las cuatro novelas breves que integran Cuarteto de la memoria, de José Carlos Llop, conforman una unidad narrativa que, según expresa el propio autor en la presentación del volumen, descansa en dos aspectos: el “yo narrativo, y la época donde suceden”. Todas están ambientadas en la España de posguerra, específicamente, durante la segunda mitad del siglo XX, “ese cruce de caminos ‒siempre según Llop‒ donde el tiempo viejo no se ha ido del todo y el tiempo nuevo aún está por llegar”. Se trata de El informe Stein, La cámara de ámbar, Háblame del tercer hombre y El mensajero de Argel, que perfilan facetas quizás menos atendidas de la memoria española y que, en cualquier caso, testimonian el alcance estético de un proyecto literario que ocupa un lugar especial en el panorama narrativo español.
Puede decirse que estas novelas ilustran la consolidación de José Carlos Llop como novelista, siguiendo un camino de formación que tiene sus orígenes, como sucede con otros narradores contemporáneos, como Roberto Bolaño o Alejandro Zambra, en la poesía. La voluntad de estilo que atraviesa la prosa de Llop es quizás la consecuencia más evidente de su oficio de poeta, pero no la única ni, quizás, la más interesante.
La narrativa de Llop es, ante todo, la construcción de una memoria poética, una que, a la vez que construye crisálidas verbales que recuperan el devenir de una época extinta, levanta trincheras contra los fetichismos y distorsiones que modelan y se apropian de ese pasado. Su literatura de la memoria no es tanto una restitución de los hechos como una muestra de lealtad a la palabra poética, única guarida en la que el pasado puede vivir y desplegarse nuevamente en el tiempo.
Aunque puedan leerse como historias independientes, estas cuatro novelas abordan, de un modo u otro, la infancia y primera juventud de los hijos del bando victorioso: “Entonces yo era muy feliz, pues había nacido en un paraíso construido sobre siete palabras: mis padres acababan de ganar una guerra”, se nos dice en las primeras páginas de Háblame del tercer hombre. Son niños que, abrumados por la pesada carga de la historia reciente, intentan cimentar una nueva generación, abrir un espacio para ser otros en un mundo que parece dispuesto a parchar todas las grietas, a asfixiar todas las diferencias, y que ya ha dictaminado, de paso, cuál es la naturaleza esencial del mundo: “Muchacho”, dice al protagonista de El informe Stein su tío Federico, “el mundo de los adultos es una porquería”, a la vez que celebra, con un aire decadentista que suena a tango trasnochado, que el pequeño viva “en el mejor de los mundos”, ya que, entre el colegio y los abuelos que lo cuidan, se trata de un mundo “donde no hay adultos”.
El cumplimiento de esta aspiración generacional, que rompe con la rigidez mortuoria de la cultura franquista para dar cabida a una nueva identidad, se narrará en Los reyes de Alejandría, dedicada a la juventud de los años setenta, en medio de una democracia llena aún de incertidumbres y perplejidades.
Abundan en estas historias los tipos infames: coleccionistas de dudosa reputación, marchantes de arte vinculados a círculos filofascistas, supuestos príncipes desterrados de reinos e imperios extintos, aristócratas perdidos que añoran una Europa esplendorosa y derrotada, cuyos últimos fantasmas parecen haber encontrado refugio en esa excepción histórica que de pronto pasó a ser España, una vez caídos los experimentos totalitarios del continente. Personajes que seducen y repudian, como la fauna vil que puebla La literatura nazi en América Latina, del ya mencionado Bolaño.
Hay en especial cierta fijación (en cada una de estas novelas hay al menos uno) por falsificadores y timadores, expertos en rentabilizar monedas falsas y cartas apócrifas (“De la impostura se aprovecha todo, como del cerdo”, se nos dirá) entre individuos ávidos de ver confirmada la grandeza de un pasado que, en rigor, nunca existió.
En contraste con el orden masculino, mezcla de obsesión por la disciplina y la impostura a partes iguales, los personajes femeninos (o algunos de ellos) suelen introducir fisuras en la coraza social y abrir surcos hacia otras perspectivas vitales, en las que parecen posibles el amor, la ternura o, simplemente, cierta espontaneidad lúdica que resquebraja el decadentismo de la nostalgia fascista.
Me refiero a Paula Stein, la chica cuya belleza logra colapsar los prejuicios del niño de El informe Stein; a Emilia, la empleada andaluza de Nicolás Bemberg en La cámara de ámbar; a Claudia O’Callaghan, la chica con la que descubre el erotismo el protagonista de Háblame del tercer hombre; y quizás la madre de la última pieza, El mensajero de Argel. Las personalidades de estas mujeres pueden estar conseguidas en mayor o menor medida, y en ese sentido sentirse, acaso, como excusas narrativas al servicio de las transformaciones identitarias de los protagonistas masculinos. Pero, aun cuando este riesgo de instrumentalización exista, se alcanzan a veces momentos de genuina epifanía.
Atraviesa estos textos, a mi entender, una tensión entre un pasado real, pero edificado sobre la impostura, y esa voz poética que, hablando desde otro lugar, forja una trama que, de algún modo, compite por saturar el tiempo. En este sentido, como adelantábamos, la voluntad de estilo es mucho más que una estetización de la memoria; deviene una suerte de batalla por la memoria misma. La poesía tiene derecho a abordar el pasado como una ficción, porque el pasado mismo fue una artimaña.
El mensajero de Argel, historia que cierra el volumen, es en parte una vía de escape a esa tensión que recorre las tres novelas previas. Como en ellas, el foco está puesto en la infancia del protagonista, criado por sus abuelos después de ser abandonado (o eso es lo que parece) por unos padres que, en medio de un franquismo tardío pronto a la extinción, se dejan arrastrar por el experimento del jipismo.
Pero, en este caso, la voz narrativa tiene mayor cuerpo y presencia; ocupa su propio presente. Quien recuerda es un hombre de mediana edad que trabaja como locutor en un curioso programa de radio llamado La Morgue, dedicado a entrevistar ancianos. No se persigue ningún objetivo en especial, excepto que los ancianos den rienda suelta a su memoria. Hombres, por ejemplo, que se han quedado solos y que comienzan a olvidar el rostro de la única persona que han amado.
Y mientras, si bien el protagonista no es él mismo todavía un anciano, intentará reconstruir su propia historia, que la mano omnipotente de su abuelo, un médico bien posicionado en el régimen ha querido borrar. Estos dos planos temporales ‒el de un pasado reciente que nos es más cercano, y el de los años finales de la dictadura franquista‒ abren una nueva tensión, algo más fresca, menos agónica, dotada de cierta ironía incluso. Nos saca de la “cámara de ámbar” recargada de lirismo en que sobrevive el pasado, sostenido, a la vez que deformado, por el espejo de la imaginación poética.
Estas novelas de José Carlos Llop nos enfrentan, en definitiva, con las trampas de la nostalgia. Como suele suceder con los autores de la memoria (Sebald, Alan Pauls, el mismo Modiano, con el que Llop suele ser comparado; por cierto Proust), se añora un pasado que el ejercicio de la ficción literaria quiere, más que recuperar, sustituir por un mundo hecho de lenguaje: “La literatura es ese mundo falso que construimos para escapar de la falsedad del mundo real, para convertir el mundo real en algo más falso que el mundo literario, mientras éste acaba metamorfoseándose en la única realidad posible” (La cámara de ámbar).
Quizás el poeta no es, después de todo, tan distinto de ese timador engominado que nos quiere vender la falsificación de una pintura largamente añorada, solo que el poeta, idealmente, no vende copias extraídas de la nostalgia, sino algo más extraño y peculiar: un pasado posible, desde el cual el pasado real se muestra, oblicuamente, como una sombra grotesca.