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declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO

Preah Vihear recibe los primeros turistas a pesar del despliegue militar

viernes 12 de diciembre de 2008, 09:37h
A pesar de la presencia militar, Preah Vihear es visitado. Un grupo de uniformados simula hacer guardia bajo la sombra de un árbol, otro militar pasea en brazos un cachorro de perro y, más lejos, un grupito pasa el rato jugando a las canicas y apostando dinero con dos conductores de moto-taxi (popular sistema de transporte de una moto con sidecar).

Son pocas las personas que se atreven aún a visitar este conjunto hinduista del siglo XI, vestigio de la cultura jemer, si bien la mayor dificultad en Camboya no radica en la intimidatoria presencia del ejército, sino en encontrar un medio de transporte a un precio razonable para cubrir los más de 200 kilómetros de pista polvorienta que lo separan de Siem Reap, unos 250 kilómetros al noroeste de Phnom Penh.

La moto-taxi se hace imprescindible para cubrir los últimos cinco kilómetros. Se trata de una subida vertiginosa en la que se suceden los controles militares, donde los soldados de servicio se limitan a sonreír y a saludar a los turistas. Entre los escasos visitantes que se acercan a Preah Vihear destacan aquellos camboyanos que se toman el viaje como una peregrinación patriótica al edificio religioso que reclama Tailandia, pese a que el Tribunal Internacional de la Haya determinó en 1962 que se asienta en Camboya.

"Desde que empezaron los problemas tenía ganas de venir y conocer el templo", explicó Dara, un joven que hizo la visita junto a un par de empresarios japoneses a los que sirve de intérprete. Debajo de una de las cuatro puertas de piedra del complejo, un historiador indio tomaba notas. "Llevo cuatro meses aquí estudiando este templo", comentó el investigador hindú sin que le preocupase o inmutase la presencia de soldados con el Kalashnikov colgado en la espalda. "Hace días que todo está muy tranquilo", aseguró un soldado, de los ocho destacados en el puesto fronterizo protegido por hileras de alambre de espino, tras levantarse y abandonar la partida de póquer que jugaba.

El militar confirmó que fue uno de los que participó en el tiroteo que el pasado 15 de octubre acabó con la vida de dos soldados camboyanos y otro de tailandés, según la versión oficial. "Aquí delante matamos a cuatro tailandeses y derribamos uno de sus aviones", aseguró el guerrero orgulloso sin ceñirse mucho a la historia oficial y apuntó a varios impactos de bala en los sacos de la primera trinchera camboyana y después señaló los matorrales desde los cuales fueron disparados, a unos veinte metros.

Al pie de la escalinata, se levantan una docena de tiendas de recuerdos, la principal actividad de sus habitantes, quienes mueven la cabeza negando cuando se les preguntaba cómo marcha el negocio. Decenas de barracas construidas con cañas y plásticos se distinguen en los alrededores del templo, justo donde la colina se desploma hacia la llanura camboyana que se prolonga hasta el horizonte.

En algunas de las casetas pernoctan los soldados destacados en Preha Vihear, en otras varias mujeres no aciertan a dar una respuesta precisa sobre la razón de su presencia allí. Con ellas hay algunos niños, los más activos del lugar, que se divierten haciendo acrobacias con una caña de bambú. Al borde del precipicio, dos reclutas de no más de veinte años se entretienen con un debate sobre el destino de los tres caminos que se divisan a lo lejos.

En contraste con el tedio general, uno de los monjes de las dos pagodas donde dos meses atrás hubo otro intercambio de disparos cavaba con dedicación un agujero al amparo de un mastodóntico bloque de piedra. "Por si vienen otra vez los tailandeses", explicó el anciano bonzo.