Que la vejez es inexorable es un axioma solo superado por la propia muerte. Si a esa vejez le sumamos dientes demasiado blancos, estiramientos de cara, musculitos yayocachas, ropa extravagante y afición por los jóvenes efebos comenzamos a adentrarnos en un patetismo que sería demoledor si no tuviera detrás una mirada tierna, unos ojos que suplican comprensión o una simpatía que desborda el alma. Cabalgando todas las contradicciones del mundo debo desbrozar este bosque y no sé si tengo las herramientas adecuadas. Que no sea por no intentarlo.
Argumento
Maspalomas comienza allí mismo, en la luminosidad del sur de Gran Canaria, con una fotografía colorida y saturada, tanto como los actores, un par de hombres setentones rodeados de chicos jóvenes. Uno de ellos, Vicente (José Ramón Soroiz), ha sido dejado por su novio y se encuentra sin hogar y sin vida. Su amigo Ramón (Zorion Eguileor) le permite quedarse en su casa por tiempo indefinido, en la intimidad de una isla donde está a salvo. Tras una celebración del Orgullo demasiado dura e intensa a Vicente le da un ictus y pasa de la luz canaria a la grisura de San Sebastián, de las playas de arena fina, juventud indómita —apoquinando— y sol eterno a una residencia de ancianos en la que además padece una minusvalía severa. Y, sobre todo, pasa de la libertad de ser quien es a tener que volver a entrar en un armario en el que pasó los primeros cincuenta años de su vida. Un armario que le asfixió en vida, donde incluso el simple divorcio estaba mal visto.
Jose Mari Goenaga y Aitor Arregui son dos de los fundadores de Moriarti, una de las productoras españolas más exitosas. Dirigen este drama con guion del primero y lo hacen con una valentía y una dignidad enormes, porque retratar al homosexual en su vejez es algo poco frecuente, es un elemento extraño difícil de vender, y gracias a la mirada del actor principal consiguen que donde pudiera haber rechazo haya comprensión y ternura. Aunque para mi gusto ecléctico —nunca puritano—, podrían haberse ahorrado ciertas escenas repugnantes que no creo que den mayor calidad a la película, y que seguro generan un enorme rechazo a muchos por lo chabacano y sórdido, por exponer ese mundo que sabemos que existe pero preferimos no ver. Es una cuestión atávica y no conceptual. En todo caso es solo en determinados planos y se puede no mirar, aprovechar ese instante para llenarnos de dopamina whatsapera y continuar después con una película que en todo lo demás es extraordinaria.
El mapa emocional de Maspalomas nos ofrece un contraste enorme entre la frialdad del norte de España y la calidez del sur. Su fotografía es el primer detalle que no pasa desapercibido para nadie. Han recreado maravillosamente esos aspectos y su responsable, Javier Aguirre Erauso, lo borda ofreciendo contrastes únicos entre esos dos mundos que representan la libertad y la opresión. Pocas veces en una misma película hemos visto con tanta claridad esa antítesis en forma de fotografía, pasando de la luminosidad a la grisura con todo lo que eso supone.
Si tuviera que elegir un aspecto único del film, me quedaría con la mirada de Soroiz. En ella está toda una vida. Su expresión demuestra un cansancio vital acumulado, un hastío por lo que le toca vivir, una humanidad que le pesa demasiado y le impide renunciar a lo único que le hace sentirse vivo, a lo único que realmente le da esperanzas. Esa mirada es un regalo envenenado porque tiene el reverso de esas escenas de las que hablé antes. Pese a eso, vale la pena, es una mirada cansada pero no cínica, conserva una cierta ilusión allí donde todo se tuerce.
La música en general es diegética, sobre todo en la parte de la isla, ya que a menudo están en bares y pubs. La banda sonora técnica está a cargo de Aránzazu Calleja y destaca por su uso del synth-pop, aportando una atmósfera moderna en algunos momentos y melancólica en otros, que contrasta con el retrato de la vejez queer en la isla o en la residencia de San Sebastián. Y Franco Battiato nos inunda de nostalgia al terminar con su Yo quiero verte danzar, muy apropiada al momento.
La vida en la residencia
Goenaga/Arregui recrean con rigor la vida dentro de una residencia de ancianos. Al igual que con las escenas subidas de tono del comienzo, no intentan camuflar la realidad y se recrean en los detalles de logística y convivencia. Nos hace preguntarnos qué queda del ser humano que entró, y en qué se convierte una vez instalado allí. El ritmo narrativo que genera la evolución de Vicente roza la maestría. En esta película se mueven elementos contrapuestos que a la vez nos ofrecen lo peor —lo explícito— y lo mejor —lo implícito— del cine.
Dentro de la residencia Vicente conoce a Xanti (Cándido Uranga), un hombre enérgico y amable que le toca como compañero de cuarto. Un tipo tradicional que presume de su masculinidad al modo clásico y con el que construye una curiosa relación. En algún momento de la película le llega a decir que él representa todo lo que le habría gustado ser en la vida. Y lo dice muy en serio. Se da cuenta de que su condición le ha jugado malas pasadas en esa sociedad tan intolerante mientras su compañero vive su vida sin tapujos ni armarios, sin ocultaciones perniciosas. Su amistad es épica, siempre dentro de la gran mentira que supone la vida de Vicente y nos muestra uno de los mensajes principales de la película: son amigos porque no se conocen de verdad. Esa misma mentira fue la que en el pasado hizo tanto daño a Nerea (Nagore Aramburu), su hija, y lo sigue haciendo, es la gran mentira que tantos como él tuvieron que llevar a cuestas en unos tiempos en los que la verdad era demasiado descarnada como para hacerle frente. Y esa residencia le hace volver a la mentira y a su antigua vida. Vicente olvidará pronto sus quince años de libertad y verdad y recobrará lo peor de lo que dejó atrás. Lo inteligente y novedoso de Maspalomas es que no retrata un camino de ida sino de regreso. Y ahí es donde todos, incluso los ajenos a ese mundo, sentimos una gran empatía por el protagonista. Las conversaciones con Nerea son memorables, en ella repasan toda una vida de ausencias y mentiras, y le cuenta anécdota que me tocó especialmente en la que narra cómo unas navidades Vicente niño le pidió al rey Gaspar —que era un familiar disfrazado— una muñeca. Esta anécdota prueba que en cierto modo todos sabían de su condición, pero nadie lo comentaba. Recibió un camión.
Unas preguntas sin respuesta
Intentaré no opinar sobre ciertos aspectos que me encontré viendo esta fenomenal película y me limitaré a hacerme preguntas que no tendrán respuesta directa en estas líneas: Si esos dos ancianos, en lugar de ligar con chicos musculosos lo hicieran con chicas de veinte años, ¿cómo les llamaríamos todos? ¿Es necesario mostrar la fealdad y la dura realidad en toda su crudeza, en toda su gama cromática, o podríamos dejar algo para el imaginario? ¿Es eso parte del esquema necesario para conmovernos?
Son detalles que se podrían haber hecho de otro modo, pero prefiero no incidir más en ello. Sin duda esta película rompe cualquier estereotipo, y lo hace con garra y armonía, con dulzura y ternura unas veces y con dureza y fealdad visual en otras. Es paradigmático cómo al llegar a San Sebastián el cariño se mitiga, las muestras de amor son vistas como una debilidad incluso entre padre e hija. Los directores, siendo de allí, conocen y recrean una especie de prisión de los sentimientos y lo hacen bien, usando una fotografía acorde a esos mismos parámetros expresivos. Un detalle que te acerca aún más como espectador es que la historia transcurre en los meses previos al coronavirus, y la cárcel que supone la residencia se volverá mucho más dura y peligrosa. En las noticias que se emiten en su tele somos partícipes de algo que todos conocemos, que pronto llegará y que les cambiará las vidas. Una especie de monstruo maligno invisible que está ya al acecho.
El personaje protagonista es un regalo de los guionistas tanto a Soroiz como a los espectadores: Su evolución, sus tinieblas, sus ansias de vivir libre, sus mentiras, sus contradicciones, su pasado, sus deseos aún vivos, su hija que todo lo perturba con la mejor de las intenciones, todos esos elementos confluyen en una historia conmovedora que incluso para los que a priori no amamos el cine queer es un regalo.
Porque lo que toca los sentimientos y nos genera empatía es el ser humano sufriente, y cuando además ese ser humano está tan bien «humanizado», entiendes sus problemas, su pasado, su cárcel, su vida entera, ves que tomó decisiones complejas que le obligaron a huir y constatas que la vejez es dura, intensa, no es ninguna fábula sino algo real e imperecedero. Plantear relaciones sexuales entre personas mayores es algo al límite del buen gusto, pero es una realidad, ya sean estas homosexuales o heterosexuales. Se suele tocar poco en el cine, que nos acostumbra a mostrar belleza y a relacionarla con la juventud. En esas imágenes de ancianos no hay belleza física —es imposible— e incluso a veces hay un profundo rechazo, pero podría transmutarse en belleza vital, en ternura retrospectiva e inexorable confundida de deseo: de deseo de seguir vivo y de seguir sintiendo, de no caer en el pozo de la apatía del que ya solo se sale con los pies por delante. Como decía Oscar Wilde, «La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno es joven».