¿Quién teme a la democracia?
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 19 de diciembre de 2008, 22:22h
Irlanda celebrará otro referéndum. ¿O mejor dicho "volverá a celebrar el que ya tuvo lugar"? El rechazo de la población irlandesa hacia el Tratado de Lisboa desató en su momento una secuencia de reacciones por parte de periodistas y políticos que sólo puedo tachar de insultante y vergonzosa. Aludieron a la necesidad de una “labor pedagógica” por parte de los políticos de dicho país, o bien nos sorprenden con declaraciones como esta: "cuando se da un paso adelante puede pasar que uno entre 27 tarde en encontrar su sitio".
No es mi intención la de discutir aquí el contenido o incluso la conveniencia de dicho tratado, sino resaltar la manera en que se pretenden llevar a cabo regulaciones de gran alcance asumiendo que la población afectada no tiene nada que decir al respecto. No soy el primero que recuerda que la democracia no tiene por qué ser el régimen más efectivo, o el que lleve a cabo las políticas más adecuadas (una gran referencia nos la proporcionan Schmitter y Karl en su texto “What Democracy is... and is Not”). Se trata solamente de una forma de solucionar el problema de las luchas de poder, de modo más o menos racional, argumentado, ordenado, y estable. Pero ello no conlleva que se ejecuten necesaria y automáticamente las mejores políticas. El Tratado de Lisboa podría ser un “mesías” de la Historia Jurídica, ¿y qué? Que los profanos no entendamos qué tan bueno es dicho "paso adelante", no quiere decir que nos tengan que arrastrar como al niño irracional al que le da una de esas rabietas que ni siquiera él entiende.
Muchos hemos soñado alguna vez con que, ya que vamos a ser gobernados por otros, éstos fuesen personas dignas de nuestra admiración debido a su competencia y sus valores. Pero como no hay un concepto unívoco y definitivo del "bien" y de "lo bueno", la gestión de lo público ha de discutirse en condiciones de pluralismo político. Y reitero la poca efectividad de dicho sistema, porque tantas discusiones, aprobaciones y argumentaciones llevan tiempo. Sin embargo, las prisas nos exasperan, nos obligan a alzar la voz y a imponer la voluntad haciendo callar al otro.
Esta situación me trae a la memoria aquél micrófono traicionero que delató a cierto ministro decidido a imponer el trasvase del Ebro haciendo referencia a sus atributos masculinos. Más recientemente, la cabezonería de Chávez ha sido criticada por insistir de forma tonta en obtener la posibilidad de ser reelegido de forma indefinida. No son asuntos comparables, pero el espíritu autoritario es el mismo.
Ya en 2005, con el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa surgió la negativa de Holanda y Francia. ¿La solución? Eliminar la palabra “constitución”, hacer unos cambios, y sobretodo, no consultar. Pero la imparable carrera de este documento se ha topado con cierta premisa constitucional irlandesa que obliga a llevar a cabo un referéndum antes de adoptar medidas legislativas de tal calibre. Y como el resultado no ha complacido a ese grupo de juristas que pensaba que iba a ser suficiente con dotar al tratado de la habitual complejidad distanciante, resulta que hay que repetirlo (¿no sería más sensato llevar a cabo consultas en el resto de los países miembros y valorar la situación?). Y para más colmo, Durão Barroso le promete una pequeñas dádiva a la república de Irlanda en forma de presencia en la Comisión: una mezcla de populismo y política irresponsable.
¿A qué viene todo este paternalismo institucional? Ignorar y menospreciar la reacción de los irlandeses –y en cierto modo la de holandeses y franceses, y probablemente la de otros pueblos no consultados de forma directa– es adoptar una actitud autoritaria. ¿Tan malo es dotar de la correspondiente legitimidad a una medida política?