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ORIENT EXPRESS

Memoria del jeque Abdelkáder

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 29 de marzo de 2026, 19:58h

La visita del ministro de Asuntos Exteriores a Argelia nos brinda la oportunidad de recordar al jeque Abdelkader (1808-1883) -a veces se le da el título de emir-, que lideró la lucha de su pueblo contra la colonización francesa y salvó a centenares de cristianos en Damasco de una muerte segura.

El jeque Abdelkader ya era un hombre maduro cuando, en 1860, se encontraba exiliado en Siria, por aquel entonces abjo dominio otomano. Nacido en 1808, entre 1832 y 1847 fue el gran jefe de la resistencia argelina contra los franceses, que habían invadido el país africano en 1830. Conviene detenerse un momento en estas fechas: a los franceses les llevó casi veinte años dominar a las valerosas tribus que, con las armas en la mano, se enfrentaron a los colonizadores. En los territorios libres del dominio francés, el emir organizó un verdadero Estado libre con sistema tributario, sistema educativo, administración de justicia, arsenales y fortificaciones. No es exagerado decir que el jeque fue el fundador de la Argelia moderna.

Los franceses conquistaron el territorio empleando tácticas bélicas atroces. Se incendiaron pueblos enteros para privar a la población civil de techo y alimento. Se tomaron represalias contra las familias de quienes se unían a la resistencia. Entre 1844 y 1845, el ejército francés se esmeró en acabar con los argelinos que se escondían en las cuevas de las zonas montañosas. Así nacieron las «enfumades»: los soldados franceses encendian hogueras a la entrada de las grutas de modo que se consumiese el oxígeno y el interior se llenase de humo para asfixiar a quienes se escondían. en 1845, en las cuevas del Dahra las tropas que mandaba el coronel Pélissier provocaron mataron a cientos de miembros de la tribu de los Ouled-Riah -entre ellos, mujeres, ancianos y niños- empleando esta táctica que prefiguraba otras del siglo XX. No fue una acción de combate -allí no había combate alguno- sino una matanza.

Enfrentado con una guerra de destrucción en que Francia contaba con la superioridad tecnológica, el emir se rindió en 1847 y termino exiliado en Damasco. En la ciudad siria contó con el honor y el reconocimiento de los árabes, que sabían de su valor. Lo había acompañado al exilio una partida de argelinos que servía como su guardia personal.

En julio de 1860, como consecuencia de los enfrentamientos entre drusos y maronitas, estallaron disturbios contra los cristianos que se extendieron desde el Monte Líbano sobre Siria y llegaron a Damasco. Se asaltaban las casas y las tiendas de los cristianos y a muchos los mataban por las calles.

Es entonces cuando el héroe nacional argelino -que ya era muy grande- entre en la historia de la humanidad por derecho propio. Al frente de sus argelinos armados de pistolas, el emir abrió las puertas de su casa para que tomasen refugio en ella los cristianos perseguidos por las calles. Después salió con sus hombres y sus propios hijos a recorrer las calles de Damasco y fue cobijando a los cristianos en lugares seguros bajo su protección. Llegó a pagar recompensas por cada cristiano sano y salvo que condujesen a su residencia. Amparó a clérigos, religiosos y cristianos vinculados con las legaciones extranjeras en la ciudad. Después organizó el traslado bajo escolta a zonas donde los cristianos estaban seguros. Se calcula que salvó así a unos diez mil cristianos.

La nobleza del emir, el riesgo personal que asumió para salvar a los cristianos y el espíritu desinteresado que lo motivó -la fidelidad al islam, la compasión y la protección de los inocentes- acrecentaron el prestigio que la resistencia anticolonial ya le había dado. El emir se convirtió en un ejemplo de humanidad, decencia y tolerancia.

Hoy en Argelia su recuerdo está presente. Su historia es conocida por todos. Abundan los retratos en los espacios públicos y los memoriales. lL Universidad Emir Abdelkader de Ciencias Islámicas de Constantina, creada en 1984, que está a su vez vinculada ala gran mezquita Emir Abdelkader, honra su nombre. En el centro de Argel se encuentra la plaza del Emir Abdelkader, donde se erige un monumento. Hay incluso un pueblo que lleva su nombre en la wilaya de Aïn Temouchent, al sudoeste de Orán. Hasta en los Estados Unidos se lo recuerda: en el estado de Iowa, la localidad de Elkader, fundada en 1846, recibió ese nombre en honor del argelino ilustre.

Tal vez la visita del ministro sirva para que en España se proponga que, también aquí, se recuerde a este argelino que luchó por la libertad de su pueblo y salvó, a riesgo de su propia vida, a los cristianos de Damasco.

Hoy esta columna honra su memoria.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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