EL IMPARCIAL se desplazó a la Biblioteca Municipal de Alovera (Guadalajara) para la presentación pública de Siete miradas sobre el hombre. Allí fuimos recibidos por su directora, Mercedes García, y por la alcaldesa de Alovera, María Purificación Tortuero. Víctor del Moral (Úbeda, 1979), autor de este premiado ensayo (con él ha ganado el XXII Premio Internacional de Crítica Literario Amado Alonso), es giennense de nacimiento aunque granadino de adopción. Licenciado en Filología Hispánica con estudios de Filosofía y Filología Clásica, con el poemario Hechos a mano (Poesía Hiperión, 2021) gana el XXXVII Premio Jaén de Poesía. Es asimismo autor de Con la luz sumergida (Renacimiento, 2009), primer libro de poemas con el que logra el Premio Ciudad de Valencia. En 2014 publicó Los cartuchos de Andrés Rebotino (Editorial BDM), un cuaderno de apuntes. Profesor de enseñanza secundaria en el IES Liceo Caracense de Guadalajara, Víctor del Moral colabora en revistas como Circuito de arquitectura y desde 2018 lleva el blog literario La buhardilla.

El salón de actos de la Biblioteca Municipal de Alovera durante la presentación de “Siete miradas sobre el hombre”
JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑÓN: Hace ya tres años reseñé en la revista donostiarra Moon Magazine Hechos a mano, excepcional poemario de Víctor del Moral. Aquellos versos, finos y profundos como notas de arpa, de un desconocido ubetense, dejaron huella y me prometí seguir a ese escritor en todo lo que hiciese.
De la luz absoluta de su poesía –que capta el instante de la emoción noble y gloriosa– recopila, para el ensayo Siete miradas sobre el hombre (uniendo al talento literario la aguzada mirada del ensayista), experiencias de la injusticia –a veces extremas– que ilustran la desarmonía en las relaciones humanas.
-¿Ha sido difícil para usted pasar de la luminosa generosidad de su poesía a analizar por qué padecen los justos y triunfan los perversos?
VÍCTOR DEL MORAL: Bueno, creo que soy capaz de escribir de dos maneras distintas. Y además, a veces lo he hecho simultáneamente.
Por un lado, la poesía es un don que recibo; no puedo escribir poesía de verdad por voluntad propia. Hay temporadas en las que escribo muchos versos, y largas temporadas (la mayor parte del tiempo) en que no puedo escribirlos por más que lo procure. Te agradezco que califiques mi poesía como de una «generosidad luminosa», aunque no es del todo pretendido, y en absoluto es así porque yo ande sobrado de optimismo. Me da la impresión de que mi poesía tiene ese tono para equilibrar los fluidos de mi interior.
En el caso de este ensayo, se originó leyendo a Aristófanes. Digamos que se cruzó por mi camino su tema central, y me pareció que me ofrecía la posibilidad de reflexiones jugosas, por lo que me fui detrás de él. Y mira a dónde me ha llevado. Aquí sí, se trataba de remangarse y de ponerse a caminar por ese sendero; es una obra de pico y pala. No está inspirada –creo– en el mismo sentido en que lo está la poesía que he escrito.
Pero insisto, en alguna ocasión abandoné los surcos agotadores de este cultivo para fijar en un papel unos versos que me estaban quemando por dentro. Y luego continué cavando.
J.M.L.M: ¿Se planteó volver a usar el verso para hablarnos de la maldad? En cualquier caso… ¿Qué diferencias encuentra ente el lenguaje poético y el ensayístico a la hora de plasmar temáticas tan profundas?
V. M: Me gusta repetir que los libros de poemas los hago «al peso»; cuando reúno un conjunto de textos que pueden ser organizados en un libro, lo hago e intento darle salida. No sé otros, pero yo no me propongo escribir sobre ningún tema, ni programo nada, ni diseño ninguna estructura para un libro de versos. Escribo poesía cuando me encuentro en un estado propicio, tengo entre las manos un motivo que me parece apropiado, y me salen al paso palabras con esa expresividad que es distintiva de la poesía (y que no sé definir, por cierto). Escribo poesía, en suma, cuando se da esa conjunción de ingredientes que llamamos inspiración. No hay propósito ni voluntad para hablar de nada de ninguna manera concreta. Pero, por lo mismo, tampoco estoy cerrado a ningún motivo. ¿Hablaré alguna vez en mi poesía de la maldad? Qué sé yo.
Y por lo que se refiere al lenguaje ensayístico, quisiera creer que en Siete miradas ha cogido la pluma un humanista. Más concretamente, me he puesto las gafas de algunos autores a los que admiro para ver un asunto como ellos lo ven. He hecho eso que dice el adagio que popularizó Newton: Me he subido a hombros de gigantes. Me he metido en un tema peliagudo de la mano de esa gente estupenda; he dejado que me iluminen acerca de una parcela concreta del tema de la justicia y de todo lo que hay asociado a él.
Aunque hay algo en lo que quizá se acercan mis versos y mi prosa, algo que me importa mucho: He intentado ser preciso, ser claro y ser sencillo (que no simple). El hermetismo, la oscuridad, el retintín, la ambigüedad… me parecen manchas y arrugas en la camisa, y no se puede salir así a la calle. A lo mejor algo de eso se ha escapado, pero yo he procurado evitarlo.
No sé si te he contestado.
J.M.L.M: En varios capítulos de su premiado ensayo, aparece la doctrina de la retribución, según la cual el hombre que se comporta correctamente es premiado por Dios. Sin embargo, en Siete miradas sobre el hombre abundan malvados beneficiados gracias a su iniquidad que no reciben castigo alguno, y, también, seres bondadosos, honrados y piadosos, sin obtener ventaja alguna en sus vidas por su recto proceder.
Esa confianza en el triunfo último del bien, tan del agrado del mundo hebreo y, sobre todo, del pensamiento judeocristiano, era, a veces, difícil de sostener. Pero en los tiempos que vivimos, ¿no resulta ya casi imposible?
V. M: Es una pregunta eterna, y me parece muy oportuno que la pongas encima de la mesa. Aunque, una vez más, como no soy teólogo ni filósofo ni historiador de la cultura ni nada que me dé ninguna autoridad en esto, no sé a quién podría interesarle lo que yo pienso. Pero bueno. Lo que sostengo lo expresé hace poco comentando un poema soberbio de Borges, «Los justos». Hay, día tras día, una maldad ruidosa y pegajosa, que se nos queda mirando como la medusa de la mitología y nos petrifica. Y hay quien cree que tiene la última palabra. Pero tropiezo cotidianamente con gente buena, con mucha gente muy buena, que hace el bien constantemente y de manera discreta. Mi apuesta es por estos últimos; yo creo que son ellos los que finalmente ganarán la partida.

Víctor del Moral en la presentación de su libro
J.M.L.M: Citado en Siete miradas sobre el hombre con motivo de su obra Pluto, aparece Aristófanes. El comediógrafo por antonomasia de la Grecia clásica queda definido como un conservador nostálgico de los tiempos pasados que hizo célebre el debate entre el lógosdíkaios (que personifica la educación tradicional, de principios justos y sanos) y el lógosádikos (representación de los principios adulterados de la nueva educación).
Como profesor de Lengua y Literatura, es de suponerlo alarmado por cómo Las Humanidades están cada vez más minusvaloradas en nuestra sociedad. Frente a una educación actual favorecedora de asignaturas técnicas y digámoslo así, «prácticas», que arrinconan otras como la filosofía, la historia del arte, el latín, etcétera…
¿Sería usted partidario de animar a quien corresponda para recuperar, siquiera parcialmente, aquellos planes de estudios en los que nos formamos generaciones que tenemos hoy una mediana edad?
V.M: Otra pregunta que nunca hubiese esperado que me hiciesen a mí, pero que viene bastante a cuento.
A lo mejor suena un poco catastrofista lo que voy a decir, pero a mí me da la impresión de que la cultura occidental, tal y como la hemos entendido hasta ahora, se encuentra agonizante. Y creo que uno de los principales síntomas, y a la vez una de las principales causas de esa agonía, es la educación. Sí, pide a gritos una reforma profunda, pero recuperando cosas que hemos dejado que se pierdan, no de la mano de algún iluminado que pretende ahora haber descubierto el fuego.
Como soy profesor, podría poner muchos ejemplos de la degradación en la que se halla sumida la educación en nuestro país. De todas formas, voy a aludir únicamente a una situación vivida recientemente. Creo que pone de manifiesto que mi experiencia trasciende lo que sería una simple impresión, o la opinión de una mentalidad retrógrada, como si lo que sucediese es que yo no me adapto a los tiempos que corren… La cosa es que el verano pasado me tocó sentarme en un tribunal de oposición, me tocó juzgar a aspirantes a profesor de lengua. La gente que teníamos delante, por tanto, había completado todo el arco del sistema educativo español. Pues bien, fue descorazonador. No es solo que el nivel de conocimientos fuese paupérrimo. Es que la gran mayoría de los opositores no sabía expresar con un poco de corrección lo que le rondaba por la cabeza. Insisto en que era «la gran mayoría de opositores» (¿el 85 o el 90 por cien de ellos?) Errores sintácticos de bulto, errores ortográficos, errores continuos en el uso de los signos de puntuación, faltas de concordancia, pobreza léxica… Y no me refiero a esas cosas que a todos se nos pueden escapar por las prisas o por los nervios y que son comprensibles. Era algo reiterado en la mayoría de exámenes. ¡Licenciados en carreras de letras!
El diagnóstico supongo que es complejo. ¿La falta de exigencia a la que ha conducido un buenismo incomprensible? ¿Una manera caricaturesca de entender la igualdad? ¿La ausencia de autoridad en el profesorado, concienzuda y meticulosamente demolida? ¿El desprecio por el conocimiento, mal disimulado, en las pedagogías imperantes? ¿El uso indiscriminado, infantil, de nuevas tecnologías en las aulas, que favorece la dispersión frente a la atención y la concentración? Supongo que estas y más cosas están detrás del desastre. Pero el desastre es enorme e innegable; el que lo niegue lo hará por intereses o por ignorancia.
J.M.LM: Del Libro de Job se sirve para ejemplificar el afán de justicia desde una mirada inocente. Pero en su pleito con Dios, a Job no le satisfacen las estereotipadas respuestas que al sufrimiento y a la injusticiada la ortodoxia. A Job puede vérsele como un intelectual de la época interesado por los más dispares problemas e investigando las relaciones entre el hombre y Dios.
Aparte de un arquetipo literario (el de la paciencia), ¿podemos considerar a Job como iniciador de esa forma de vivir la religión que supera una manera cómoda, sin apenas participación personal, a la hora de dialogar con Dios?
V.M: Desde luego: Job es un buscador, y no le valen las respuestas fáciles y rápidas. En el libro que acabo de publicar comento con detalle esto. Job se enfrenta a tres personajes planos, previsibles, que representan una manera de creer cómoda, prefijada. En realidad, entre ellos y el protagonista del libro no hay un verdadero diálogo; ellos son como grabadoras que repiten una y otra vez el mismo argumento («no puede haberte pasado algo malo si no lo merecías; repasa bien tu conducta, porque todas las desgracias que se han cebado en tu vida tienen una explicación, no pueden no tenerla»), y nunca escuchan de verdad a Job, en ningún momento les afectan las palabras de Job. Pero a la vez, a éste no le satisfacen los argumentos de esos tres hombres. Su experiencia no le engaña, y necesita «saber», y lleva su pregunta hasta el final. ¿Por qué tienen que sufrir los justos? ¿Por qué, a veces, sufren precisamente por ser justos? Y parece que, antes de escuchar a nadie, ya esté diciendo: «Y no me vayáis a salir con respuestas fáciles, que ya me las sé. Lo siento, pero estoy de vuelta de eso de la retribución». Sí, Job es un clásico también como arquetipo del justo que padece, y porque su figura de buscador incansable, de inconformista, de creyente-tábano, no pasa de moda.

Víctor del Moral firmando en el Libro de Honor de la Biblioteca de Alovera
J.M.L.M: Llegamos a Si esto es un hombre, el desgarrador testimonio de Primo Levi sobre su estancia en Auschwitz. Nos descubre usted cómo hubo deportados que se salvaron de la experiencia del campo de concentración a través de la vida interior, alimentándose de la cultura, del conocimiento. Primo Levi recitaba un canto de la Divina Comedia, de memoria, hallando en él riquezas hasta entonces desapercibidas. Nos descubre también cómo, entre los presos que fueron liberados, se desató el anhelo por narrar lo que habían padecido, esa necesidad de vaciarse del inframundo para quedar limpios: sus catarsis.
La cultura, la literatura en el caso del lager, aparte de paliativo sirvió para que la humanidad conozca de primerísima mano lo que se vivía en aquellos infiernos…
-La famosa frase dicha en 1949 por Theodor Adorno: «Escribir poesía después de Auschwitz es una barbarie» cuestionaba si el arte puede seguir siendo estético o «divertido» después del Holocausto… ¿Qué vigencia tendría hoy, para usted, semejante aseveración?
V.M: La pregunta es muy pertinente siempre que sacamos a colación las experiencias más oscuras, dolorosas o sórdidas. ¿Cómo puede estar alguien pensando en los versos cuando se ha manifestado la maldad más descarnada en un campo de concentración? O también, ¿cómo puede uno contar las dichosas sílabas de sus versos cuando hay guerras, cuando hay danas, cuando el cáncer tiene postradas a tantas personas, cuando hay madres que han perdido a sus hijos, etc.? (Hace un rato, sin ir más lejos, me ha estado contando L –un chaval verdaderamente encantador– que vio a su padre desmoronarse e irse al otro barrio por un infarto; hace dos años; él tenía 13). ¿No peca la poesía de falta de realismo y de falta de sensibilidad y de yo no sé cuántas cosas más?
Mi respuesta, no obstante, creo que puedes imaginarla, porque sabes que escribo poesía y leo mucha poesía. Y es que no, que no puedo darle la razón a Adorno; le entiendo, pero me parece que se equivoca. Pienso que es precisamente porque existen todas esas cosas por las que necesitamos de la belleza.
Quizá la clave esté en la manera de entender la palabra «estética». No creo que se trate de un lujo prescindible (como podría ser ir a comer a un restaurante de alta cocina), no creo que se trate de un «adorno» (como si pudiese elegir entre llevar o no llevar una pulsera), y, desde luego, no creo que se trate de una simple «diversión». La experiencia estética, como yo la veo, es algo mucho más hondo. Es algo que afecta a lo más profundo del ser humano, que nos conduce a lo más íntimo de nosotros, que nos hace ser humanos de la forma más pura y originaria. Y por eso tenemos una necesidad radical de belleza. Al menos yo así lo veo. (Huelga decir que no estoy pensando en tantos sonajeros que se publican por ahí haciéndose pasar por poesía).
Con frecuencia, a mis alumnos, intentando hacerles pensar, les he dicho que se puede leer por muchos motivos. Para saber, y está bien. Para pasar el rato, y es lícito. Para evadirse, y puede no estar mal en ocasiones. Para curarse de alguna dolencia del alma, y es muy aconsejable. Por obligación (quizá la razón más triste para afrontar un libro). Para desarrollar la imaginación. Para enriquecer el léxico. Para no cometer faltas de ortografía. Incluso para parecer más interesante y ligar (aquí ya me miran con desconfianza… no cuela). Todo eso se comprende. Pero yo leo (o escucho música, o miro pintura, o veo buen cine) porque necesito ese estado. Necesito entrar dentro de mí y estar dentro de mí. Necesito mirar dentro, respirar dentro, vivir dentro. Y que algo se encienda dentro. Hay muchas cosas fuera de nosotros que hieren nuestra humanidad y la debilitan. O simplemente que la desgastan y la agotan. Pero la verdadera experiencia estética, de alguna forma, nos restaura.
En realidad, el pasaje de Levi al que aludes apunta en esa dirección, ¿no? ¿Qué hace un esclavo judío recitándose un poema en el infierno de Auschwitz? Qué inoportuno, ¿no? Qué desafortunado, qué fuera de lugar… Y no. Ha comenzado el recitado a un compañero de manera algo casual, pero la belleza empieza a hacer su trabajo. El compañero, que es belga y no está enterándose de nada de lo que recita, se da cuenta de lo más importante: de que Dante está haciéndole bien a su compañero, y por eso le invita a seguir. Y llegan unos versos ante los que el químico italiano, definitivamente, dice: «Por un momento he olvidado quién soy y dónde estoy». Por unos momentos ha dejado de ser un despojo; ha dejado de ser el número 174517; ha vuelto a ser un hombre.
J.M.L.M: Acabamos con El idiota, la novela de Fedor Dostoievski. En ella su protagonista, el príncipe Mishkin, padece epilepsia, algo que marca profundamente su carácter. Este hombre «absolutamente bueno» experimenta sentimientos de felicidad durante los ataques epilépticos. Son instantes de milagrosa iluminación y de una agudísima visión que le permite conocer a las personas y llegar a lo más profundo de ellas.
¿Hasta qué punto la enfermedad (no necesariamente una tan grave como la epilepsia) puede servir al hombre para mejorar su personalidad y así llegar a sentimientos de compasión y piedad por sus semejantes?
M.V: Me parece que tienes mucha razón en lo que insinúas: a veces necesitamos pasarlo mal para mirar de manera adecuada a los otros. Un poeta al que admiro, José Mateos, lo dijo de una forma que me impresionó, hace ya años (en La razón y otras dudas): «El dolor es un regalo que no querríamos nunca recibir». Nadie quiere sufrir. Pero hay cosas que solo comprendemos o intuimos gracias al sufrimiento. Creo que por ahí van los tiros.

El autor de “Siete miradas para el hombre” –Víctor del Moral– escoltado por José Manuel López (crítico de El Imparcial); Mercedes García (directora de la Biblioteca Municipal de Alovera); el novelista Marto Pariente; la escritora de relatos Sagrario Muñoz; y María Purificación Tortuero (alcaldesa de Alovera)