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CRÍTICA DE CINE

El gran Lebowski: los hermanos Coen ante el fracaso más genial de su carrera

El gran Lebowski : los hermanos Coen ante el fracaso más genial de su carrera
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Joaquín del Palacio
miércoles 10 de junio de 2026, 09:44h

9.0/10

La comedia es el género supremo, y me gusta decirlo más que nada por molestar a culturetas de toda índole, gafapastas que en cuanto atisban risas aprovechan para limpiar sus lentes empañadas de risa culposa. En su tribu, reír es contracultural. Pero incluso esos amargados, con El gran Lebowski se permitirán alguna carcajada porque los Coen (sin hache) han traspasado todos los diques de contención y son considerados genios universales pese a que en todas sus películas hay humor, hay patosos y hay risitas. La que nos ocupa es para mí la mejor de todas, la que condensa toda su ironía y toda su amalgama de personajes extraños y surrealismo descontrolado, pero a la vez fue la menos exitosa en su momento. Es este un toro complejo de lidiar, pero en las postrimerías de San Isidro no nos podemos permitir pinchazo.

Corría el año 96 y los hermanos Joel y Ethan Coen acababan de estrenar Fargo ganando el premio al mejor director y siendo candidata a la Palma de Oro. Fue un éxito de crítica y público que recibió siete nominaciones a los Premios Óscar —incluyendo mejor película—, y se llevó la de mejor actriz para McDormand y la de mejor guion original para los dos hermanos. Pasados los efluvios y las resacas, la vida siguió su curso y en un cajón habían dejado el guion de El gran Lebowski que debían terminar. La idea en términos de estructura literaria era imitar el modelo de Raymond Chandler en El sueño eterno. En palabras de Joel Coen: «Queríamos hacer una historia avanzando en episodios e involucrando personajes que tratan de resolver un misterio y al mismo tiempo teniendo un argumento muy complejo que finalmente no tiene importancia en la historia». Lo consiguieron. Su propuesta es considerada el primer film de culto de la época de internet y cuentan con fanáticos (siempre hay gente así en USA, qué distintos son de nosotros, que sentimos tanta vergüencita ajena) que quedan cada año en la Lebowski Fest, un festival anual que comenzó en Louisville, Kentucky en 2002 y se ha ido expandiendo por todo el país.

La esencia intangible

Una planta rodadora se desliza por el desierto al son de la canción Tumbling Tumbleweeds de los Sons of the Pioneers. Arrullada por la voz dulce de un narrador (Sam Elliot), continúa su viaje a través de un «Los Ángeles» polvoriento hasta detenerse en la oscuridad de la noche en un 7-Eleven. Un hippie en bata huele un cartón de leche y paga con un cheque 69 centavos. Todo está en su lugar pero nada encaja. Desde el principio, El gran Lebowski establece su tono: hay una ciudad condensada y nuestro guía turístico, un porrero que usa gafas de sol a las tres de la mañana.

Dudeísmo como religión universal

Como dijimos, fue recibida con frialdad en su estreno en 1998, y posteriormente vista como un fenómeno social que se sitúa como el ejemplo perfecto de película de culto. Pasando desapercibida para la crítica y los festivales (donde los dos hermanos no paraban de hacer puerta grande), y relativamente desconocida para el público general, la película resurgió con fuerza en DVD, adhiriéndose fielmente al evangelio de la resurrección convertida en cultura de masas y culminando en su canonización completa en todos los ámbitos (aprovechemos que Prevost, gran experto en santificar, está por aquí estos días).

Desde hace unos años vuelve a ser sometida a un nuevo escrutinio crítico, ya que la película se ha convertido en tema recurrente de tesis universitarias. Hacen falta razones y no meras suposiciones, y por ello persisten las preguntas, válidas para todas las películas cuyo éxito escapa de sus propios creadores: Si El gran Lebowski no hubiera sido santificada por su legión de exégetas, ¿sería la película intimidante que nadie se atreve a cuestionar ya? ¿Y por qué estos movimientos de adoración tardía no habrían de ser producto de una alucinación colectiva como tantas otras? Cuando hablamos de religión, sobran las respuestas científicas.

Fuera de control

Una cosa es segura, los hermanos Cohen no habían previsto el fenómeno que desataría esta película. Si bien su humor negro siempre había triunfado, en El gran Lebowski alcanza nuevas cotas de absurdo, hasta el punto de convertir esta característica en la piedra angular de su estructura narrativa. Esta parodia de El sueño eterno no altera el vasto caos de la trama original. Os lo cuento: Jeff «The Dude» Lebowski (Jeff Bridges) es un vago anclado en una sonrisa bobalicona solo posible bajo los efectos de la marihuana. Unos matones le asaltan por error confundiéndole con El Gran Lebowski y hacen pis en su alfombra. Aconsejado por sus amigos de la bolera, Donny (Steve Buscemi) y Walter (John Goodman) decide ir a la casa del Lebowski lisiado a que le compense. A falta de una solución consensuada, se lleva otra alfombra sin meados y al salir conoce a Bunny (Tara Reid), la esposa trofeo del Lebowski millonario, que después desaparece. Su tocayo le encarga buscar a su mujer y pide ayuda a Walter, veterano de Vietnam y muy nerviosito. La narración se adentra entonces en un laberinto intrincado inspirado en la trama de Chandler. En lugar de sumergir a su detective en la niebla de una investigación enrevesada, se prioriza la disyunción, dispersando las piezas del tablero de ajedrez en compartimentos autónomos. Toda una miríada de nihilistas alemanes, pornógrafos, magnates, un policía fascista, una artista feminista o una caricatura de detective privado: cada nuevo encuentro sumerge al Dude en una burbuja de contracultura subversiva en cuyos muros la investigación choca constantemente, pero donde su incapacidad para comunicarse siempre da en el clavo. Este viaje traza además el mapa de un «Los Ángeles» profundamente estadounidense, siendo una mezcla de individualidades exageradas y convirtiéndose en un vasto mosaico poblado por autistas que no se saben comunicar. El «Los Ángeles» de El Gran Lebowski es, por definición, un cuerpo histérico. Toda la malicia de esta parodia reside en la elección de un profeta porrero que mediante su fingida debilidad impone una perseverancia en la sabiduría del take it easy que lo convierte, a falta de un término mejor, en el ser más ético de la ciudad. La inquebrantable amistad entre The Dude y Walter, pese a sus diferencias, y la ternura que emana de ella, contradice a todos los detractores que vieron en esta historia de idiotas una fascinación gratuita de los hermanos Coen por la estupidez humana. The Dude es un mito, un destello de bondad en un océano de degeneración. Para convencerse de ello, basta con presenciar la cruel dulzura con la que los guionistas lo ponen a prueba en su camino de sufrimiento, intentando recuperar su mítica alfombra mágica.

Una película antidepresiva

El Gran Lebowski pertenece a esa rara categoría de películas que crece con cada visionado y cuyo significado nunca parece comprenderse del todo. De hecho, hay que verla varias veces para descifrar esta trama enrevesada que se desvía en todas direcciones. Yo aún no la he entendido del todo y llevo varias a cuestas. Los hermanos Coen han creado un falso film noir dentro de una película tan divertida y llena de referencias que cada vez es distinta. Tiene una banda sonora genial que crea una verdadera adicción entre sus fans, simplemente porque los hace felices. Es una ecléctica mezcla de géneros seleccionada por T. Bone Burnett y los hermanos Coen que incluye rock, folk, jazz y country. Cito mis temas favoritos incluidos en su música: The Man in Me, de Bob Dylan; Lookin' Out My Back Door de Creedence Clearwater Revival; Hotel California, versión Gipsy Kings; Just Dropped In de Kenny Rogers; o la ya citada Tumbling Tumbleweeds, de Sons of the Pioneers.

Como cloenda, el famoso ciclista Floyd Landis, campeón del Tour de Francia de 2006 y posteriormente descalificado por dopaje, confesó en una entrevista que superó su depresión viendo repetidamente la película El gran Lebowski. No sé si esta anécdota tiene connotaciones científicas, por lo tanto, a aquellos que estén ahora con el Prozac que no lo sustituyan por Lebowski, que lo ingieran mejor como un tratamiento complementario.

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