Gracias de corazón, Santo Padre. Su Viaje Apostólico a España siempre quedará en nuestros corazones. Su visita a nuestro país, con las etapas de Madrid, Barcelona y Canarias, ha sido el ejemplo del camino que debemos tomar todos los españoles, católicos o no, en este complicado y difícil mundo que estamos construyendo.
Los periodistas tenemos la misión de informar bien y con objetividad, pero en muchas ocasiones desviamos nuestra mirada a los aspectos políticos, por ejemplo, olvidándonos en tantos momentos, de otros que son más importantes que los que nos sacuden día a día aquellos que están encargados por mandamiento de las urnas, de procurar hacer lo mejor para la sociedad.
Por eso, en este artículo, me van a perdonar los lectores de EL IMPARCIAL, que me acoja a mi condición de católico y aborde su viaje Apostólico desde esa perspectiva, porque para mí sus palabras, sus gestos y todo el conjunto de la visita han sido lo más importante.
La pregunta que me hago es la siguiente: ¿cuándo un líder ha conseguido reunir a millón y medio de personas para asistir a un acto?. Que yo recuerde, nunca. Y menos una celebración eucarística con algunos momentos de silencio total y con emoción al escuchar sus palabras “debemos arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Unas palabras que nos han invitado a todos a la caridad que debemos ejercer o las pronunciadas ante la Virgen de Monserrat en Barcelona: “Jesús nos muestra el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre. Al mismo tiempo, desenmascara la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes: la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide. Esa violencia escondida puede revestirse muchas veces de aparentes armaduras con las que intentamos proteger nuestras heridas, nuestros miedos o el sufrimiento causado por las injusticias”.
Dos ejemplos muy claros de los muchos que nos ha querido transmitir sin olvidar, claro está su mensaje al mundo de la cultura el deporte y el trabajo: "Os invito a tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida”, o la condena que hizo ante sus hermanos obispos de la plaga de abusos al recordarles a “aquellos que han sido heridos precisamente por quienes deberían cuidarlos”, o su palabras desgarradoras en la localidad canaria de Arguineguín: “Europa no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas” o que “la dignidad humana no tiene pasaporte”.
Palabras y frases que quedarán en todos nosotros por mucho tiempo, como las del primer viaje de san Juan Pablo II a España con aquel grito “no tengais miedo” que Su Santidad ha vuelto a recordar.
De ahí mi insistencia en olvidar lo político de este viaje, que muchos han querido centrar en el discurso en Las Cortes, con los siete minutos de aplausos, con unas decisivas palabras de León XIV, que supongo habrán sido olvidadas por muchos en muy poquito tiempo, pues lo importante era salir en la foto, en un foro donde algunos quisieron sacar provecho propio con retención inadecuada de las manos del Pontífice y con apelaciones políticas que El Vaticano tenía previamente muy estudiadas, y con unas frases del Papa que hicieron recordar a esos políticos su obligación de buscar el bien común con una crítica a la polarización, pues “la firmeza no exige desprecio y la discrepancia no conlleva humillación”, sin olvidar la defensa a ultranza de la vida desde su concepción hasta la muerte natural.
Estimados lectores: hoy cuando el Papa ya está descansando en El Vaticano, preparando su próxima peregrinación, me van a permitir que insista en la necesidad de ver este Viaje Apostólico como una llamada de atención a todos nosotros, pues ha sembrado esperanza, caridad y fe. Virtudes que no adornan precisamente nuestros endurecidos corazones. Gracias de nuevo, Papa León.