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TRIBUNA

Una orilla por cada noche

domingo 12 de julio de 2026, 19:36h

El libro con su premio bajo la solapa, y viceversa, es la confirmación de la multiplicidad de oportunidades de las que está poblado el territorio poético nacional. Son varios los que suelen objetar que, toda esa bandeja de opciones a elegir, es la que ha devaluado el hecho de ganar un premio. Uno es de la opinión de que, si se puede intentar, adelante, tanto si es por el prestigio como por el respiro económico, pues siempre es un alivio ver que el dinero, que no huele pero suele estar a resguardo en buenas cantidades, se reparte más igualitariamente entre las diferentes partes que atañen la publicación de un libro. Tampoco hay que bajar la guardia: con premio o sin él, con el apoyo directo o indirecto de un nombre que realce dicho estreno en el proceloso mundo editorial, cada libro que llega al mercado debe hacerlo con cierto convencimiento, así como quien lo firma. Publicar es un privilegio que puede darse a cualquiera que desee intentarlo, pero una vez otorgado, hay que tomar conciencia del trabajo que conlleva y del aporte de calidad que pueda equilibrar un panorama inflado de supuestas nuevas obras maestras.

Al hilo de esto último, la sencillez o el hermetismo en el estilo, suelen ser la excusa o la alabanza que influirán en su recepción y lectura. Tanto una como otro son bienvenidos. Si el libro es coherente, no aburre a María Santísima, y verdaderamente demuestra que las lecturas previas se han visto transformadas en aciertos, el premio y su publicación serán más que merecidos. Huelga precisar que, respecto a lo primero, se sigue confundiendo sencillez con planicie y hermetismo con abstrusidad, tanto los lectores como los que escriben.

El Premio Internacional de Poesía Joven «Ángel Guinda» ha venido dando, en su muy breve trayectoria, nombres y títulos con su particularidad intrínseca. Sin llegar a formar una tendencia unitaria —es pronto todavía para determinar algo así—, ha sabido presentar autores cuyos trabajos han podido sostenerse más allá del instante de novedad y celebración. A los zaragozanos María Martín Hernández y Alejandro Bona, se sumó el madrileño Rodrigo Buenaventura, y en 2025 ganó la tercera edición por el libro Son en la noche, cuyo título y apariencia ya desprenden esa singularidad que se viene comentado líneas más arriba, destacando su mezcla de cantidad —consta de 112 páginas— con lo austero en lo milimétrico de los versos.

Un aire de extrañeza y reclusión puebla las seis partes del libro, desde Tormenta hasta Laudes, pero hay una lucha que reverbera en esta serie de confesiones e historias que se chocan entre sí, del mismo modo que el badajo va resonando sus toques y el eco se agranda entre su misterio y el apunte que esclarece lo que se está diciendo, pensando, a media voz. ‘Ante la tierra fresca/ transitan/ inequívocos;/ retuercen el rocío,/ la tez es clara./ No hay fin/ o diversión alguna./ Conocen la senda/ ofrecida/ de sangre y de polvo./ Oyen el canto,/ firme,/ que emerge alrededor./ Detienen su paso/ y enfrentan,/ sabedores,/ el porvenir’. Todo es un vaivén entre la sospecha y la pincelada mínima que resuelve por dónde se va, qué está ocurriendo. Pero Buenaventura elige priorizar lo atmosférico desde las palabras, muy frugales, y estas se descuelgan de los poemas como guijarros que señalan un camino predilecto por las sombras. ‘La luna no alumbra y sólo queda el rastro rutilante del vuelo’.

Es evidente que Son en la noche es un libro que cuida su hermetismo de la implicación en las estéticas imperantes en la actualidad. Juega a su favor esa diferencia. Sus ‘voces lejanas ante/ una quietud informe’ buscan ese equilibro de las verdades y las mentiras que se tocan en sus extremos. Pero no debería temer, en futuras ocasiones, dejar más rienda suelta a sus textos y salir del riesgo que una versificación de este tipo puede desembocar en una limitación de la idea que uno quiere desarrollar. No hay que impedir que los versos oscuros se malentiendan como esbozos de la amplitud de la negrura que quieren hacer constar. La cerilla encendida, ya lo dijo Faulkner, tiene que permitir lo admirable de la tenebrosa inmensidad del bosque.

‘Tras lo oculto vamos/ con el ansia del que se sabe sediento./ Tenue se oye al fondo/ la espera./ Tras lo oculto,/ como si el sol no cayera entre los dedos’. Tienen los poemas de Buenaventura un aviso de la soledad y el remordimiento que provocan el abuso de presagios y temores atávicos, y hacen pensar en lo que merodea por las calles de una aldea recóndita o en el barrio que habitamos y vemos de continuo y por cuyas esquinas pasamos hasta la saciedad, hasta que nos desconocen, hasta que ese tañido que nos alcanza inesperadamente, nos pone en la ruta de cada orilla, de esas preguntas que disponen las noches.

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