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LITERATURA

Obituario. La deuda lectora con Luis Goytisolo

Obituario. La deuda lectora con Luis Goytisolo
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(Foto: EFE/Luca Piergiovanni)
Francisco A. Estévez Regidor
martes 14 de julio de 2026, 13:17h
Actualizado el: 14/07/2026 13:24h

Nos dice adiós Luis Goytisolo (Barcelona, 17 de marzo de 1935-Vimbodí, Tarragona, 12 de julio de 2026), último superviviente de aquellos tres hermanos que dejaron, cada cual por su camino, una huella profunda en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. José Agustín Goytisolo (1928-1999) encontró su cauce principal en la poesía; Juan Goytisolo (1931-2017), en la novela, el ensayo y el libro de viajes; Luis levantó una obra narrativa de extraordinaria ambición, acaso la más obstinadamente volcada de las tres sobre la escritura misma y sobre aquello que una novela puede llegar a conocer.

La popularidad inmediata de algunos poemas de José Agustín y la resonancia internacional alcanzada por Juan mantuvieron a Luis en una prolongada semisombra. Injustamente. No porque le faltasen premios —Biblioteca Breve en 1958, Nacional de Narrativa en 1993, Nacional de las Letras Españolas en 2013, Premio Internacional Carlos Fuentes en 2018—, sino porque sus libros exigían lo que el tráfago literario concede con mayor cicatería, a saber, tiempo, atención y un lector dispuesto a demorarse.

El 17 de marzo de 1938, precisamente el día en que Luis cumplía tres años, Julia Gay murió durante los bombardeos italianos de Barcelona. Los tres hermanos quedaron frente a una ausencia y frente a la biblioteca materna. «Nos refugiamos en su biblioteca. Y creo que de allí salimos todos escritores», recordaría Luis muchos años después. La literatura fue, pues, algo más que una vocación: un modo de dar forma a una pérdida que la infancia apenas podía comprender. Esa reelaboración del duelo reaparece, unas veces de manera oblicua y otras ya confesional, desde Las afueras (1958) hasta Cosas que pasan (2009) y El sueño de San Luis (2015).

Su aparición literaria fue temprana. Las afueras obtuvo el Premio Biblioteca Breve en 1958, cuando Goytisolo contaba veintitrés años. Se la acomodó enseguida, con esa prisa clasificatoria tan española, en los anaqueles del realismo social y objetivo. Pero ya allí la mirada se fragmentaba, las perspectivas se desplazaban y la realidad dejaba de presentarse como un bloque firme. Importaba menos lo sucedido que el modo en que una conciencia lo ordenaba, lo recordaba o lo falseaba. Las mismas palabras (1963) ahondó en esa distancia entre lo vivido y lo dicho. Para Luis Goytisolo, el realismo fue muy pronto menos una certeza que un problema.Ese problema alcanza su forma mayor enAntagonía, que no es, en rigor, una tetralogía sucesiva sino los movimientos de una sola composición, una novela sobre la escritura de una novela, y, además, relato de la formación, deformación y paulatina disolución de una conciencia creadora. La experiencia convertida en lenguaje multiplicó el yo y sus máscaras. De tal modo, el recuerdo, lejos de reproducir el pasado, lo corrige y vuelve a inventarlo. Cada parte de las cuatro obliga a revisar lo leído en la anterior pues nada queda inmóvil, ni siquiera aquello que parecía definitivamente contado. Se publicó en cuatro entregas Recuento (1973), Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981)—, y Anagrama la restituyó en volumen conjunto en 2012.Publicada entre 1973 y 1981, cuando buena parte de la narrativa española reclamaba respuestas políticas inmediatas, Antagoníaprefirió interrogar los instrumentos con que tales respuestas podían formularse. No huyó de la historia. Antes bien, descendió hasta los procedimientos mediante los cuales la historia se narra, se recuerda y acaba por confundirse con las ficciones que ella misma engendra.Es una de las grandes construcciones narrativas del siglo XX español y también una de las menos frecuentadas: monumento sin romería, clásico sin concurrencia bastante. Habrá, en todo caso, que merecerla.

Después de aquel edificio vinieron otras indagaciones: Estela del fuego que se aleja (1984), donde el desdoblamiento gobierna la forma; Estatua con palomas (1992), Premio Nacional de Narrativa en 1993, es la primorosa autobiografía que Goytisolo cifró ya desde el título: la estatua —lo inmovilizado— y las palomas —lo que se escapa, vuela y regresa mudado— conviven en una prosa donde los tiempos históricos y las memorias familiares son una sola sustancia narrativa.Y así en Diario de 360º (2000), libro circular donde la autobiografía, la ficción y la observación cotidiana se mezclan sin pedir permiso a los géneros.En El porvenir de la palabra (2002), Naturaleza de la novela (2013) y, sobre todo, en El sueño de San Luis (2015) —cuyo manuscrito donaría a la Biblioteca Nacional—, el ensayista no glosó al novelista, sino que prolongó, por otra vía, la misma pesquisa, es decir, qué puede saber de sí misma una novela, y por qué medios ese saber se escapa de las manos justo cuando cree uno haberlo alcanzado.

También llevó su curiosidad fuera del libro: Índico (1992) y Mediterráneo. El origen (2000), para Televisión Española, prolongaron su atención a los paisajes, las civilizaciones y las huellas del tiempo.Académico de la Real Academia Española desde 1994, tomó posesión del sillón «C» con el discurso El impacto de la imagen en la narrativa española contemporánea, título que resumía una preocupación constante: la palabra no como simple vehículo, sino como instrumento de conocimiento.

Ha muerto Luis Goytisolo. Vendrán ahora los elogios, las ceremonias y las clasificaciones apresuradas. Pero una obra sostenida durante décadas por la pregunta de qué está hecha la escritura reclama menos homenaje que lectura con atención morosa, ruegan sus libros y que pocas veces les fue concedida. Esa es la deuda pendiente. Más allá de la cortesía, una deuda lectora.

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