No eres libre, tu destino te persigue. Después de cada acción, el sentimiento de culpa brota. ¿Es para esto para lo que he sido creado? Te peinas al despertar, te duchas, sientes la fragilidad de tu aparente condición humana, pero en tu interior intuyes una verdad recóndita que trasciende tus percepciones. Y vuelves a actuar, a causa un mal que se acumula y que te invita a una rebelión contra un impulso que, probablemente, sabes que perderás.
La protagonista de Máscara, publicado por primera vez en 1974 en la revista polaca Kultura, situó a Stanislaw Lem (1921-2006) como uno de los grandes maestros de la literatura universal. La obra del autor nacido en Leópolis (ahora ciudad ucraniana) trasciende los géneros literarios como sólo los escritores con ánimo y talento universal son capaces de hacer. Sin ínfulas, sin críticos que necesiten precisar hibridaje en sus obras.
Basta leerlos para convencerse de su grandeza, de una enormidad que inicia en cómo el dilema filosófico, la vasta imaginación creadora de mundos más allá de los límites de nuestro planeta, biología y civilización, pero colmados de una humanidad cosmopolita más allá de nuestro mundo sapiens, se combinan con suma destreza para construir narraciones impactantes.
El sello madrileño Impedimenta ha reunido trece escogidos relatos de Lem que sirven de muestra de la mejor obra del autor. El volumen comienza con el cuento “La rata en el laberinto”, publicado originalmente en 1957, con ecos de su novela Solaris, donde, con cierta inconclusión, cuando no titubeo constructivo, Lem presenta un ambiente de terror donde unos alienígenas, capaces de modificar las leyes físicas, sustentan la narración.
El ser humano y su ingenuidad ombliguista, creyéndose la principal forma de vida del cosmos, reaparecen en el siguiente relato, “Invasión”, de 1959, un patrón que se repite, con mayor destreza y profundidad, en “El amigo”, “La invasión de Aldebarán” o “La verdad” (este último original de 1964): bajo una expresión magistral, Lem fue capaz de situar al lector ante la incomprensión de la vida inteligente bajo otras formas biológicas. Lejos de comparaciones lovecraftianas o tenebrosas, la prosa del autor polaco luce en su frialdad probabilística: está llena de una filosofía luminosa, porque las posibilidades, dentro de su límite determinista, se mantienen abiertas. Uno de los relatos, a mi juicio, más destacados es “El diario” (1963), donde Lem, ateo convencido, presenta un diario con los pensamientos de una especie de dios en una puesta en escena del espejo de la divinidad, donde se refleja el ser humano en su proceso existencial.
Como si mirase al presente, el escritor leopoliense despliega en “La fórmula de Lymphater”, escrito en 1961, un pensamiento convertido en narración sobre la inteligencia artificial y sus límites. Hay dos contribuciones a esta antología que me llaman la atención desde el punto de vista científico, por su singularidad y belleza. Una es “Moho y oscuridad”, con un estilo más clásico, donde aparece la problemática de la creación de armas más potentes que las termonucleares y la supervivencia de la humanidad. El otro es “El martillo”, donde aparece el mejor Lem para mostrar un problema de física e ingeniería que pertenece a nuestro presente civilizatorio: ¿podemos superar el límite de la velocidad de la luz en el vacío?
Y, de poderse hacer (pienso en la métrica de Alcubierre, aunque hay otras opciones hipotéticas), ¿serviría para algo más allá de viajar entre estrellas? Para que el lector se haga una idea, el sistema estelar más próximo al nuestro es Centauri, a poco más de cuatro años-luz de distancia. El sistema Sirio se encuentra a algo menos de nueve. La estrella Polar, a cuatrocientos cincuenta años-luz. Sin embargo, de otras galaxias, como Andrómeda, quien se dirige hacia nuestra Vía Láctea en colisión, nos separan 2,5 millones de años-luz. Sobre esta realidad, con cierto desasosiego y apostando por el efecto psicológico sobre el ser humano al emprender esta clase de largos viajes en el vacío, trata “El martillo”.
Hay relatos con robots (“El acertijo”) narrados con un sentido del humor sobresaliente, sobre computación y la idea de si nuestro universo es una programación —una hipótesis muy de moda en círculos teóricos y, sobre todo, en la cultura popular cientifista y elucubrativa—: “Ciento treinta y siete segundos” (el número no es casual, sino funcional en nuestro cosmos como el inverso de la constante de estructura fina, que determina la fuerza de la interacción electromagnética y, por ende, la configuración del universo como lo podemos estudiar, esto es, permitiendo las formas de vida, por ejemplo; y “La colchoneta”, más enfocada hacia el terror.
Impedimenta publica en castellano este volumen de muy alta calidad y trabajo de selección de sus editores. La versión actual cuenta con la traducción de Joanna Orzechowska, reeditado por el mismo sello en su colección Los Aerolitos. En esta ocasión son unos coloridos peces, delicados y alterados en su morfología con trazo sutil, los que invitan al lector a encaramarse a esta obra maestra de la literatura. Les animo a asomarse por esta ventana multiversal que invita a pesar en otros mundos y en sendas posibilidades.