
Desde sus orígenes, el ser humano ha tendido a la fabulación, bien para explicar con ella el mundo o para entretenerse y entretener a los demás. Uno de los elementos más atractivos con los que crear sus ficciones han sido los animales. Ríos de literatura han corrido en este sentido, dotando a dichos seres vivos de facultades humanas: desde las Fábulas del griego Esopo o las de los ilustrados Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego, pasando por El coloquio de los perros de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. De la época presente tenemos ejemplos como Tombuctú de Paul Auster o Los perros duros no bailan de Arturo Pérez Reverte.
El último hito en este sentido acaba de llegar a nuestras librerías. Se trata de Perro Rey, del escritor, guionista y director de cine vallisoletano David V. Villamediana (1975). Publicada por Eolas Ediciones, se trata de una novela bien atípica, como lo son las de este escritor. Su anterior obra de ficción, Las siete vidas de Max von Spiegel (Ediciones B, 2024), daba cuenta ya de su capacidad para los grandes relatos, construidos desde el prisma de la novela histórica, enfocándose en este caso —nunca mejor dicho— en ese mundo del séptimo arte tan querido por el autor.
Dividido en cuatro partes con sus correspondientes capítulos titulados de la misma ingeniosa forma, Perro Rey nos traslada al s. XVI para relatarnos la historia de un can sencillamente llamado Perro que, además de poseer el don del habla, es un animal racional y tiene conciencia de ello. Criado por un agustino llamado fray Gaspar de Veracruz, este religioso finalmente será ajusticiado en la hoguera por la Santa Inquisición en Valladolid —convirtiendo su alma en átomo— al relacionarse con un perro parlante. Esta será la primera vez en que Perro conozca la crueldad del ser humano quien, no contento con eso, buscará también exterminarle a él. Nuestro protagonista huirá saltando sobre Felipe II —que asistía desde su trono privilegiado al Auto de Fe—, derribando al monarca y mostrando así que el Austria no era sino un mortal más. Tras refugiarse en la compañía de unos enanos ambulantes —que divertirán a las masas interpretando números bufonescos—, Perro volverá a asistir a la inhumanidad del individuo cuando comprenda que la supervivencia de estos compañeros dependerá de su capacidad para hacer reír a quienes les han marginado socialmente únicamente por su apariencia.
Tras distintos avatares, nuestro protagonista canino llegará hasta el Nuevo Mundo, descubriendo con horror la capacidad de destrucción de los colonizadores españoles en Perú. Uno de ellos, Martín Bueno, le adquirirá llevándole a su casa. Allí conoce a su mujer, la indígena Thani. Perro empatizará con ella, huyendo a su lado hasta el poblado inca de Vilcabamba, donde ayudarán a sus pobladores nativos a defenderse de los invasores. Desde allí, Perro busca regresar a su tierra natal, viéndose mezclado con piratas ingleses como el afamado Francis Drake, debiendo nuevamente huir a nado hasta llegar a las costas francesas. Desde allí le lleva a la fuerza a Nantes Gaston Brouillard, un hombre que quedó ciego por apostar que era capaz de mirar al sol durante una hora, debiendo sobrevivir interpretando baladas, canciones, coplas y cuentos con una zanfoña. Su rencor hacia los hombres le hace cruel con los demás. Sus víctimas principales son otro perro llamado Blanco y Loba, una mujer criada por lobos a la que Perro salva del maltrato del ciego y con la que escapa, enamorándose uno del otro y viviendo nuevas aventuras. A su lado llega a formar una legión de humanos y animales marginados socialmente. Después de que éstos intenten sustraer los alimentos de una abadía benedictina próxima a Saint-Denis-de-Pile para no morir de hambre, su abad pide ayuda a Claude de la Châtre de la Maisonfort, capitán de los ejércitos católicos y barón de Maisonfort. Una nueva huida llevará a Perro y Loba hasta el hogar de Michel de Montaigne, que les animará a ser dueños de sí mismos para recuperar la libertad perdida, alejándose de toda servidumbre. Perro busca aplicar esta enseñanza en su ejército de marginados, sintiéndose obligado a esa misión al ser la única criatura en hallarse entre el mundo animal y humano. Será así como funde de nuevo en España su propia república en el campo, buscando que todo funcione sin fisuras, cada vez más cercanos los humanos a la Naturaleza. Una república platónica y más real que la Utopía de Tomás Moro, pues la de Perro sí “existió y fue real”.
El trabajo de Villamediana resulta hercúleo, no solo por su capacidad para construir una gran historia desde el conocimiento histórico y novelesco de la época —tanto español como mundial—, sino debido al conocimiento del lenguaje literario de aquel tiempo, con el que dota de personalidad a la voz del narrador de la historia. Y es que esta novela tiene la particularidad de estar narrada por el cronista de Perro, que no es otro que André du Bois, francés de Lyon que sobrevive como impresor clandestino. Así conoce a Miguel Servet, cuya obra Christianismi Restitutio imprime. Dicho personaje de ficción se sitúa en la tradición de los narradores de personajes inventados, iniciada por Miguel de Cervantes con su Quijote —siendo el historiador musulmán Cide Hamete Benengeli quien relate las hazañas del famoso hidalgo— y que llega incluso a La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela —donde las memorias del protagonista son halladas en una farmacia de Almendralejo, Badajoz—. Du Bois acabará conociendo a Perro y enrolándose en su comunidad, siendo considerado por éste como su “hijo” más querido. Como Du Bois, otros personajes ficticios tendrán una importancia tal en el desarrollo de la historia que su propia biografía es desgranada en algunos capítulos —la del ciego Brouillard, la de Lorenza, la molinera de Sotillos del Rincón, que acaba uniéndose a su troupe e, incluso, la de Juan de Alvarado, cuya historia se describe en el primer capítulo y que, curtido en mil batallas, fue a matar a Perro por orden del rey y murió mientras miraba hechizado a la luna—.
Como ya hemos visto, Servet no es el único personaje histórico que aparece en las páginas de Perro Rey, sino que además encontramos las figuras de Felipe II —que será bien relevante tanto al inicio como al final de la historia—, el pirata Francis Drake, Claude de la Châtre o Michel de Montaigne. Todos ellos conviven con los otros creados por Villamediana dotados de nombre y apellidos, jugando borgianamente con la realidad y la ficción. Del mismo modo, como buena fábula que se precie, puede decirse que nos encontramos ante una novela filosófica llena de brillantes pensamientos en torno a la existencia, la Naturaleza, el ser animal y humano. No en vano, algunos de sus personajes ficticios y reales —del fraile Gaspar de Veracruz a Montaigne— son verdaderos pensadores, siempre en busca del conocimiento. El propio Perro acaba convirtiéndose en un auténtico sabio y, como tal, procede. Por ello, tanto perro como Perro son tan grandes y suponen un personaje y una novela que pueden considerarse clásicos modernos de nuestra narrativa por derecho propio.