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CINE

Short Cuts. El caos está más cerca de lo que pensamos

Short Cuts. El caos está más cerca de lo que pensamos
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Joaquín del Palacio
miércoles 26 de agosto de 2026, 16:35h

8/10

Robert Altman regresó a la primera plana del cine en la década de los noventa con su película Short Cuts, retratando en ella los aspectos menos halagüeños de la Norteamérica post Reagan. Se trata de un filme coral que pone el foco en la pareja como vertebradora y a la vez como raíz de todos los problemas, y se vale del sexo, la muerte, el trabajo, el machismo, el deseo y la casualidad para hacernos ver las contradicciones. Es quizá la casualidad lo que más determina sus historias, donde conviven veintidós personajes interpretados todos ellos por famosísimas estrellas del momento y poco a poco nos va ofreciendo interconexiones que construyen un puzzle lleno de aristas incómodas. Porque ninguna de estas historias es feliz, y cuando lo son, están tocadas por la niebla de la duda.

Imaginad en la misma película a Jack Lemmon, Andie MacDowell, Tom Waits, Julianne Moore, Jennifer Jason Leigh, Tim Robbins, Frances McDormand, Robert Downey Jr, Matthew Modine, Anne Archer, Madeleine Stowe, Huey Lewis, Lori Singer, Chris Penn, Lyle Lovett… podría seguir citando un elenco casi infinito, pero no quiero aburrir con nombres, sino con historia y con pasión. El modelo Altman suele ser coral, evitando un protagonista concreto y dejando que el protagonista sea el propio relato y la ciudad donde ocurre, Los Angeles. Para ello reúne a diversos personajes, relatos y destinos en una misma obra, donde estos se cruzan a lo largo del metraje. Sitúa cada trama en un mismo plano mediante un sistema de encuentros, ofreciendo densidad, tanto en su narrativa como en su duro trasfondo.

Altman se inspiró en diversos relatos de Raymond Carver, un autor que perfeccionó el arte del cuento hablando de la vida de la clase trabajadora americana y entremezcla sus textos para crear el fresco de una Norteamérica enferma. Desde la interacción más pequeña hasta la gran tragedia familiar, Altman dota de profundidad a los seres que conforman ese tapiz en el que se convierte la ciudad de Los Ángeles.

Destripando, que es gerundio

Ya desde el comienzo los títulos de crédito plantean, mediante un rótulo fragmentado que se recompone como un rompecabezas, la idea de piezas fracturadas. Los nombres del reparto, que flotan y se desvanecen gradualmente, reflejan unos destinos entrelazados: un conjunto de vidas que conforman una imagen de conjunto de una humanidad en crisis. La coreografía inicial de los helicópteros rociando insecticida marca la irrupción de los personajes en pantalla; «Estamos en guerra contra las moscas», dice el presentador de televisión en un anuncio emitido dentro de una limusina conducido por Earl (Tom Waits). El ambiente es inestable y, sin embargo, fascinante gracias a los gráciles movimientos de los helicópteros, sumados a un montaje que presenta las distintas historias que luego viviremos: la vida familiar del propio presentador del telediario, un concierto donde unos desconocidos se invitan a cenar, una joven pareja disfuncional, un hombre que intenta reconquistar a una antigua amante, un grupo de amigos en un club de jazz… En esta introducción, el cineasta ofrece de manera magistral una gran cantidad de información que cobrará relevancia más adelante. A veces dentro de una misma escena introduce varias tramas sin llegar nunca a perder nuestra atención gracias a una narrativa eficaz y concisa. Esto se refleja, por ejemplo, en la pastelería, a la que varios clientes acuden a comprar dulces. Mediante una puesta en escena sobria el director sigue a diversos personajes en un único plano secuencia. El cineasta reúne a cuatro personajes con naturalidad, en un escenario donde el azar y el destino entrelazan sus vidas; a veces a través de interacciones cómicas, trágicas o simplemente triviales, reflejo de la cotidianidad que la película intenta retratar. Al entrelazar distintas trayectorias vitales y reflejar los imprevistos de la vida cotidiana, Altman captura pasiones y deseos. En definitiva, retrata relaciones humanas complejas marcadas por las trágicas adversidades del destino o por recorridos hacia una violencia inevitable, hacia relaciones cuya problemática parece radicar en la imposibilidad de comunicarse. Bajo cada trama, acción e interacción laten emociones auténticas que rara vez logran transmitirse eficazmente. Desde las señales de alarma depresivas que Zoe (Lori Singer) envía a su madre y la frustración sexual de Jerry (Chris Penn) ante el trabajo de su esposa Lois (Jennifer Jason Leigh) en una línea porno guarra, hasta el deseo de Paul (Jack Lemmon) de ser redimido por su hijo Howard (Bruce Davison). Al detallar sus interacciones, Robert Altman revela no solo emociones reprimidas, sino también la incapacidad de escuchar al otro: en el caso de Zoe, un falso intento de suicidio que deriva en uno real; en el de Jerry, una brutalidad psicopática contra una inocente que pasaba por allí sin más; y en el de Paul, un hundimiento en sus propias mentiras frente a un hijo que lo rechaza. La trama de Ann (Andie MacDowell) y Howard, ajena a estas problemáticas, se adentra en una espiral de rencor y culpa a raíz del accidente de su hijo. Es una de las historias más tristes, y sin embargo culmina con un toque luminosogracias a la improbable subtrama del pastelero Bitkower (Lyle Lovett). Centrada en las relaciones humanas, la película aborda el vínculo entre hombres y mujeres en su vertiente más violenta. La mayoría de las tramas exploran la faceta más nociva de la violencia hombre- mujer. Esta se muestra de manera extravagante —e incluso hilarante— a través de personajes como Gene (Tim Robbins), un policía que engaña a su esposa, o Stormy (Peter Gallagher), uno de los pilotos de helicóptero del comienzo que destroza el apartamento de su expareja. Tras la fachada cómica, Altman desmantela un ego masculino que tiende a ser patético. Cuando la película recupera su tono serio, provoca una profunda conmoción. Se nos revela que el anciano Paul que ofrece un truco de magia en el hospital es el padre que abandonó a la madre de Howard; alguien que intenta, por última vez, acercarse a su hijo justo cuando Howard pierde al suyo propio. La violencia final de Jerry, un piscinero afable, parece tan carente de sentido como lo estaba la tensión que se había ido gestando desde el principio a través de sus miradas silenciosas que expresaban elocuentemente honda frustración (esos detalles son los que hacen una gran película). Los problemas subyacentes en las relaciones de pareja permanecen ocultos, relegados a un segundo plano o eludidos, en particular debido a la recurrencia de historias de infidelidad. Este tema se manifiesta crudo en una imagen que obsesiona: el cuerpo desnudo de una mujer muerta en un río. Es hallado por un grupo de pescadores que en lugar de avisar a la policía dejan el cadáver allí y siguen sus rutinas de colegas como si nada. Ese cuerpo resulta un elemento discordante, rechazado por la otredad que refleja: la de la violencia que los personajes masculinos infligen a sus parejas, a veces de manera directa, otras con sutileza. A través de los detalles, Altman hace aflorar un contenido reprimido, mortífero y melancólico. El drama de las relaciones humanas se revela cargado de una profunda violencia que ya no depende únicamente del azar o la suerte, sino de un sistema arraigado en la costumbre. El daño cobra dimensiones vertiginosas, y su banalidad no hace sino acentuar su carácter trágico. No hay daño mas duro que el banal, el que parece que no existe cuando está ahí de manera rotunda, y ese cuerpo de la mujer en el río mientras ellos pescan y se emborrachan es el icono perfecto.

Elementos técnicos

La música acompaña la atmósfera melancólica, urbana y fragmentada de las historias entrelazadas de Los Ángeles que retrata el filme. El timón musical de la película estuvo a cargo de dos figuras principales con roles bien definidos: por un lado Mark Isham fue el compositor de la banda sonora original y creó las composiciones instrumentales de fondo para hilar las complejas historias de la película. Por otro, Hal Willner se desempeñó como el productor musical. Fue el responsable de coordinar y producir las canciones de jazz, blues y los diversos temas interpretados por Annie Ross y The Low Note Quintet a lo largo de la cinta. Lori Singer también toca su violoncelo de manera real. Es curioso, porque en la película son madre e hija.

La fotografía corre a cargo de Jan de Bont, y al igual que la música destaca por un estilo naturalista, fluido y sin artificios que retrata la cotidianidad gris y fragmentada de Los Ángeles. Para ello prioriza el uso constante de zooms sutiles en lugar de cortes abruptos o movimientos recargados de cámara, permitiendo acercarse a los rostros y emociones de los 22 personajes sin romper el espacio.

La experiencia personal

Tuve la suerte de ver de nuevo esta película en Sudáfrica este verano, en un lugar donde era invierno, donde hacía frío, con una chimenea encendida y un mar agreste lleno de melancolía que acentuó las sensaciones y recuerdos de tiempos pasados. Descubrí que la memoria falla, y no fui capaz de recordar más que una de las historias por completo, precisamente la más trágica. Lo que me quedó claro es que el buen cine es intemporal, y cuando una película te conmovió a los veinte, te sigue conmoviendo a los cincuenta. Tengo la penosa sensación, y eso debe ser por la edad, de que el cine se quedó anclado en el siglo XX y estos los pobres mortales cincuentones hambrientos de arte solo podemos saciar nuestras ansias recurriendo a volver a ver películas como esta. Y aquí, por una vez, la desmemoria es nuestra mejor aliada porque nos permite redescubrir joyas como Short Cuts como si fuera la primera vez que las vemos.

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