La herencia de Sandino en Nicaragua
domingo 22 de febrero de 2009, 01:22h
Este pasado sábado se conmemoraba el 75 aniversario de la muerte de Augusto César Sandino, asesinado por quien perpetuaría durante más de 40 años una dinastía de totalitarismo y represión, el general Anastasio Somoza. La trayectoria de Sandino sirvió para que sus seguidores se uniesen en torno a la presunta ideología de su líder, y formasen lo que acabaría llamándose Frente Sandinista, principal protagonista de la revuelta armada que en 1979 derrocó al dictador Somoza. Fue entonces cuando emergió por primera vez la figura de Daniel Ortega, como cabeza visible de la llamada “revolución sandinista”. La democracia volvería al país con su derrota en las elecciones de 1990, aunque años después, en 2006, volvería a ganarlas, con un exiguo 37 por ciento de apoyo popular.
¿Qué queda del legado de Sandino en sus actuales herederos políticos? A decir verdad, bastante poco. Se ha vinculado siempre al líder nicaragüense con movimientos de izquierda y, si bien es cierto que ésta y no otra era su adscripción ideológica, conviene tener presente que Sandino era, ante todo, un ferviente defensor de su tierra, a la que quería ver libre de intromisiones extranjeras, fundamentalmente de Estados Unidos. En suma, un nacionalismo bienintencionado -rara avis, por lo demás-. Daniel Ortega y los suyos vincularon su figura al marxismo y, enarbolando esa bandera, rigieron los destinos de Nicaragua durante demasiado tiempo. Luego, tras varias derrotas electorales, tocaría suavizar el mensaje, con permanentes referencias conciliadoras hacia Estados Unidos y un discurso bastante menos beligerante. Su llegada al poder en 2006 despejó las dudas sobre la veracidad de sus intenciones, viéndose a las claras que su presunto cambio no era sino una mera impostura de cara a ganar las elecciones atrayéndose a los indecisos. Le ayudó la división de la oposición, algo que parece ser habitual en la política hispanoamericana, como por ejemplo en Venezuela. Hoy Daniel Ortega intenta seguir la estela marcada por Castro y Chávez, si bien ni tiene la capacidad del primero ni el petróleo del segundo. Pero sí la desfachatez de acoger a terroristas de las FARC y llamarlos “hermanos”. El ejemplo nicaragüense es otro más de esos países cuya ciudadanía se merece líderes mejores, pero que no acaba de encontrarlos.