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EN LA MUERTE DE FRANCISCO AYALA

martes 03 de noviembre de 2009, 14:36h
Francisco Ayala era la mesura, la moderación, el equilibrio. Era el buen sentido, la discreta educación, los pies sobre la realidad. Tenía la cabeza de senador romano y algunas heridas en la mirada, todavía sin cicatrizar. Estaba soleado de sabidurías y amaba las sangres sonoras de la libertad. Era un escritor manantial, íntegro, honrado, cabal, zarandeado a veces por la melancolía profunda y las ternuras adolescentes. No le agradaban los escapularios ideológicos ni las prosas rebuscadas a las olorosas hierbas ni la literatura jibarizada ni los sabelotodos ignorantes. Tampoco le gustaban las expresiones letrinales ni la calderilla literaria ni la verborrea desbordada ni la gesticulación aspaventera. Sabía que, hoy, muchos novelistas escriben lo que se vende cuando él toda su vida procuró vender lo que había escrito. La vocación literaria impregnó su existencia plural desde su Granada natal a la cátedra de Derecho Político en la Universidad de Madrid, pasando por sus colaboraciones en la Revista de Occidente de Ortega, el exilio desde 1939 cuando levantó el último postigo del huerto paterno, con relatos sobre la guerra civil como La cabeza del cordero, hasta la creación literaria permanente.

     Argentina, Puerto Rico y Estados Unidos enriquecieron la literatura del gran escritor republicano hasta que, en 1976, la Monarquía de todos le acogió en España para proseguir un magisterio ya indiscutido. Recuerdo muy bien la lectura clandestina de su Muertes de perro (1958) con aquel dictador Bocanegra descrito con una prosa vanguardista y una intencionalidad a las claras, tan distinta a las sutilezas y las veladuras que, para burlar la censura, empleaba Buero Vallejo. Nos divertía a los jóvenes de entonces el personaje de Doña Concha, ajena a collares y beaterías, que se convierte en amante de Tadeo, la mano derecha del dictador. Los adúlteros perpetran el magnicidio y corresponde a Tadeo envenenar el aguardiente que bebía generosamente el sátrapa. En el prólogo de Los usurpados (1949), Ayala escribió que “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una forma de usurpación”. Ellis, Irizarry y Burunal coinciden en subrayar el análisis del ansia de poder en la obra de Ayala y no sólo en sus novelas, también en sus ensayos y en sus memorias, El escritor en su siglo y Recuerdos y Olvidos. Sobejano escribió que “lo que Ayala ha querido mostrar es cómo el poder usurpado corrompe a toda una sociedad, haciéndose vehículo de encadenados delitos”. Muertes de perro es un espejo colocado delante del franquismo, mientras la dictadura se tambaleaba de borrén a borrén y los intelectuales se convertían en zarcillos de la enredadera que terminaría ahogando al caudillo.

     En el fondo del vaso (1962), el escritor narra lo que ocurre tras el asesinato de Bocanegra, cuando el caos zarandea a la nación y el pueblo añora el sistema anterior que significaba orden. Pero el caos tras Perón, tras Strooesner, tras Trujillo, tras Somoza, tras el Bocanegra de la ficción, no se produce porque el dictador no esté sino porque estuvo. Numerosos libros de relatos o de ensayo como El jardín de las malicias, La imagen de España o Las plumas del fénix completan el pensamiento profundo del escritor. Guillermo de Torre subraya la ecuanimidad del joven Ayala al juzgar el ultraísmo y su negación total del pasado pues, según el autor de Cazador en el alba, “los fuegos ultraístas se apagaban después de haber purificado el poema y la prosa”.

     Ricardo Gullón, afirma que Ayala “fue escribiendo páginas de las que no podrá prescindir quien se proponga estudiar en serio la teoría y la crítica literarias”. Porque el autor de Muertes de perro dedicó una parte sustancial de su obra a la reflexión sobre la literatura. Su Cervantes y Quevedo y sus Reflexiones sobre la estructura narrativa muestran la hondura del pensamiento literario de este sabio del idioma, Francisco Ayala, que honró a la Real Academia Española con su presencia.

     Preocupado por el cine, apasionado por la gran pantalla como Azorín, el autor se identificó con su tiempo para regar sus obras de observaciones cinematográficas, publicando un libro definitivo: El escritor y el cine (1988). Ayala creía que, si en el fondo de la obra cinematográfica no se produce la descarga literaria de un gran guión, la película será endeble. Su dedicación al cine se enlazó con la que mantuvo siempre con el periodismo. Fundó revistas como Realidad y La Torre y colaboró en muy diversos periódicos haciendo del artículo un género literario relevante.

     Conservó Ayala íntegra esa ponderación que presidió los ciento tres años de sus trabajos y sus días y que le convirtieron en una columna catedralicia, ajeno a las palabras deshabitadas, a la despoblada literatura y a las letras que se enanizan. Ganó todos los premios. Pero esos galardones no fueron para él más que los sonajeros del escritor. Lo importante reside en el trabajo nuestro de cada día, en ese peregrinar de nación en nación, siempre colgado de la pluma, en más de cien años fecundos que han sido, en realidad, cien vidas de uno de los escritores más auténticos e inspirados, más sagaces y lúcidos, más importantes e influyentes que ha producido el siglo XX español. Me gustaba hablar con él los jueves en la Academia y su muerte me ha golpeado hasta el aturdimiento.



Luis María ANSON

de la Real Academia Española

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