Gregorio Marañón
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 26 de marzo de 2010, 21:59h
La celebración del 50 Aniversario de la muerte del gran científico y soberbio humanista Gregorio Marañón debería servirnos de egregio motivo para unirnos en esta efemérides todos los españoles, los unos y los otros, pues que las dos sensibilidades de España estaban incorporadas en el carácter, en el alma y en el pensamiento de uno de los intelectuales españoles liberales, junto a Ortega, más grandes del siglo XX. Si una sensibilidad política tuviera la ocurrencia de abanderarse bajo el nombre de este “gigantesco” español estaría traicionando la figura y legado de Gregorio Marañón, quizás el único español que ha sabido amar entrañablemente a todos los españoles en su conjunto, por distintos y antitéticos que sean, como evidencian sus obras históricas, sus prólogos, sus libelos, sus artículos, sus ensayos y sus cartas. El Rey ha acertado de lleno asistiendo a un acto que homenajea quizás al español más representativo y prototípico del siglo XX. La Ministra de Cultura también ha estado bien. Su condición de licenciada en Filología Clásica sin duda ayuda. La españolidad esencial de Gregorio Marañón es la nota más destacada de su vida y de su obra: “Soy español: y un español que siente, hasta la médula de sus huesos, hasta los rincones más hondos de su alma el orgullo de serlo” (Del Discurso pronunciado en la Universidad de Cuzco, al ser nombrado “doctor honoris causa” el 27 de septiembre de 1939 ). Y en su libro “Vida e Historia” lo corrobora: “Si el amor a España es la raíz y el decoro de mi existencia, es, no sólo porque nací en la península de los altos y tristes destinos, sino porque he empleado las horas de más noble afán de mi vida en conocerla, palmo a palmo, con la minucia incansable con que buscamos hasta las honduras recónditas del alma de la mujer amada. No hay camino de España que yo no haya recorrido; ni vereda de sus serranías que no haya hollado con mi pie; ni cimas de sus montes donde no haya visto amanecer o ponerse el sol de aquellos crepúsculos, cuyo festín de luz parece que no se va nunca a terminar. Por eso amo tanto a España; porque la conozco, hasta los más remotos hontanares de su alma y de su tierra. Por eso también creo en ella.” Vio la unidad de España como algo intrahistórico, que es real, eterno y palpable, aunque no se señale en discursos patrioteros: “Lo que se llama la unidad de España, creada por el genio de doña Isabel la Católica, no creó nada nuevo. Éramos ya así y lo seremos hasta el fin del mundo, irremediablemente españoles” ( De su conferencia “Visión de América a través del Ecuador” ).
Por otro lado, Gregorio Marañón es el primero de una larga lista de grandes escritores médicos.
Para los grandes médicos, como es el caso de Gregorio Marañón, saber ha sido siempre ahondar, hundirse en las galerías subterráneas del pensamiento o de los hechos ignotos; y para que la mente no se ahogue en estas galerías es precisa la ventilación, las ventanas abiertas a otros panoramas del espíritu, en los que éste descansa y se renueva. Por eso apenas hay un hombre de ciencia eminente que no se haya asomado, por instinto, a las otras actividades forasteras. Y es muy común que sean las artísticas y las literarias, y no, como se cree, porque sean contrarias a las investigatorias, sino precisamente por lo que tienen de común; no se puede caminar en dos direcciones distintas; pero la gracia de la vida es poder ir adonde tiene que irse por diferentes caminos. Y por la ciencia, como por el arte y la literatura, un buen médico va al mismo sitio: a la verdad. Además, lo que importa es el camino. El camino es el que hace entretenidos los días y gratas las noches. El fin es siempre un sueño. Y quizás el verdadero fin es nunca llegar.
Todo lo que ve un médico, si lo ve con honradez, es rigurosamente interesante. Existe la innegable tendencia que el médico tiene a escribir. Seguramente es la vocación que cuenta con un tanto por ciento más copioso de plumíferos. Se ha dicho muchas veces, y hace poco por un conocido ensayista, que esta afición a escribir es consecuencia lógica del rico repertorio de motivos humanos que el clínico recoge cada día. Podríamos volver el argumento al revés, porque creemos que es el hombre de letras, el dramaturgo, el novelista o el poeta que el médico lleva hartas veces dentro el que da colorido literario, novelístico, teatral o poético a la vida que le rodea. El ambiente melancólico en que suele vivir el profesional de la medicina le impulsa a las actividades artísticas como reacción compensadora y saludable. Y es perfectamente lógico que, aunque abunden los médicos pintores, escultores o músicos, sea la cuerda literaria la que se elija, con el tema de la propia experiencia, para entonar la beneficiosa diversión transfigurada de su pensamiento. El revestir de arte – o el aspirar a conseguirlo – los mismos sucesos que se han vivido con dolor, tiene un sentido de sublimación que les hace grato o, por lo menos, llevadero lo que sin ello sería insoportable pesadumbre. En esa hora oscura de la adolescencia, en la que se elige la carrera casi sin saber por qué, porque la vocación no existe aún o es sólo el esbozo de un instinto que titubea, estamos seguros que muchos jóvenes se inclinan a la Medicina, no por lo que ésta tiene de ciencia experimental y rigurosa, ni por sus posibilidades de profesión pingüe, sino por su leyenda de sacrificio, de humanitarismo, de contacto dramático con el corazón de los hombres. El halo poético de la Medicina se ve en esas horas, mucho más románticas que juiciosas, de la elección de carrera, como una inefable realidad. Van, pues, a la Facultad de Medicina, como van a los seminarios por razones análogas, no pocos jóvenes de vocación literaria no suficientemente explícita aún para arrastrarles a la creación pura; pero que, desde un segundo plano, les empuja, entre los caminos abiertos, al más compatible con la escondida vocación de soñar. Uno de los grandes médicos soñadores, Maeterlinck, dijo una vez, cuando se acercaba ya, melancólicamente, al final de su existencia: “Todo mi instinto, toda mi eficacia, me empujaban desde niño a la Medicina, porque ésta es, cada vez estoy más cierto de ello, la llave más segura para dar acceso a las profundas realidades de la vida”. Todo esto nos explica el que muchos médicos, como muchos religiosos, sean tan dados al manejo de la pluma, y el que entre aquéllos, entre los médicos, no pocos dejen, a la postre, el estetoscopio o el bisturí y se hagan escritores profesionales, dando al traste con sus ocupaciones sanitarias. Es así que Gregorio Marañón es parte principalísima de esa gran corriente milenaria de médicos literatos o literatos médicos. Maimónides, António Lobo Antunes, Felipe Trigo, Vicente Espinel, Axel Munthe, Pío Baroja, Ramón y Cajal, Georges Duhamel, Maeterlinck, Alexander Fleming, René Leriche, Thomas Addison, Teófilo Hernando, José Morros Sardá, José Luis Arteta, Enríquez de Salamanca, Juan Andreu Urra, Agustín del Cañizo, Misael Bañuelos, Antonio García Tapia, Gustavo Pittaluga, Jorge Francisco Tello, Nicolás Achúcarro, Roberto Nóvoa Santos, Jaime Ferrán, José de Letamendi, Pedro Laín Entralgo, y tantos y tantos otros.
También sería oportuno que dado que Gregorio Marañón fue toledano de adopción – por lo demás, Madrid fue siempre para él un gran pueblo de Castilla La Nueva – la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha organizase algún homenaje en este 50 Aniversario de la muerte de Marañón. Al fin y al cabo, publicaciones egresadas del propio gobierno de la Junta, como la Revista “Idea la Mancha”, están impregnadas del espíritu liberal, abierto y antidogmático de Gregorio Marañón.
El inmenso amor de Gregorio Marañón por La Mancha convirtió a ésta en su única y verdadera patria, la patria chica. “El que algunas gentes superficiales puedan decir que les decepciona el país manchego ocurre porque los tales son incapaces de bajar al corazón de La Mancha o bien creen que son locuras las cosas prodigiosas que se encuentran en el fondo de los pueblos manchegos. Otros, en cambio, los que poseen la santa capacidad de creen en lo que no existe, no pueden dar un paso por La Mancha sin que el presentimiento o el recuerdo de la Cueva de Montesinos les apriete el corazón” (De su prólogo al libro, Nuevo Viaje a España, de Víctor de la Serna ).
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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