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nuevo filme de Oliver Hirschbiegel

[i]Cinco minutos de gloria[/i]: las trágicas cicatrices del terrorismo

domingo 11 de abril de 2010, 16:09h
Al director alemán Oliver Hirschbiegel no es la primera vez que le atrae el aspecto psicológico y personal de quienes tuvieron un papel activo, más o menos importante, en alguno de los terribles conflictos que a lo largo de la Historia han marcado a un pueblo. Así, con “El hundimiento” Hirschbiegel quiso mostrar la tensión emocional y psicológica que vivieron quienes acompañaban a Hitler durante los días inmediatamente anteriores a su muerte en los el dictador alemán y la gente de su entorno más próximo permanecieron encerrados en un bunker en Berlín tratando desesperadamente de impedir el ya imparable avance de las tropas aliadas.
En su último trabajo, estrenado este viernes en nuestro país, el director alemán vuelve a acercarse a un periodo horrible de conflicto, pero esta vez viaja lejos de sus fronteras para meterse de lleno en los años de plomo vividos en la castigada Irlanda del Norte. Y como era de esperar, el resultado de la escudriñadora mirada de Hirschbiegel no es el de una película más sobre aquel periodo, porque la cinta carece de juicios políticos de cualquier clase y lo único que encontramos es el profundo drama humano acerca de las consecuencias reales de la violencia cuando, en vez de fijarnos en lo genérico del conflicto, miramos hacia los protagonistas concretos que sufren o han sufrido en sus carnes esa violencia y que deben cargar con las terribles cicatrices que siguen doliendo a pesar del tiempo transcurrido y de la paz con la que por fin se vive en el país.

La trama arranca en 1975 en la localidad norirlandesa de Lurgan, con unas primeras escenas en las que vemos a Alistair Little, un joven de 16 años, preparándose para la que él considera, sin duda, la noche de su vida. Él y su cuadrilla formada por otros tres jóvenes ultiman los detalles de su plan para asesinar a un católico y recibir así el reconocimiento del líder de la célula terrorista a la que se han alistado. Alistair demuestra su sangre fría asesinando de tres tiros a su objetivo, sin preocuparse en aquel momento por la atónita mirada de un chaval de ocho años que juega con el balón delante de la ventana de su casa. El niño es Joe Griffin, el hermano pequeño del joven asesinado ante sus ojos, marcándole de por vida y no sólo por el trauma de lo que acaba de ver, sino también porque, incomprensiblemente, será a él a quien culpe su propia madre por no haber hecho nada por impedir el asesinato.

Treinta años más tarde, cuando la paz ya reina en Irlanda del Norte, un programa televisivo convence a ambos protagonistas: el asesino y el testigo para que acudan a grabar un especial acerca de si es posible la reconciliación o si, por el contrario, las heridas aún siguen demasiado abiertas para que sea posible olvidar totalmente aquella barbarie. Dos fantásticos actores irlandeses, Liam Neeson y James Nesbitt, interpretan a los protagonistas en la actualidad y su presentación, a través de las secuencias del interior de los coches que les llevan al lugar donde va a rodarse el programa, da enseguida la clave de la inteligencia con que se ha abordado la trama de esta interesante cinta. Y es la perfecta definición de los dos protagonistas de la historia la que marca el punto central de este drama, cuyo guionista, Guy Hibbert, conocido por su trabajo en el filme Omagh, ha sabido concretar la tragedia que marcó la vida de los dos protagonistas a través de unos diálogos y unas escenas tan intensas que, a veces, rozan el surrealismo para dejar un mensaje muy claro: el terrorismo al final lo único que produce es terror.
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