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El aire y el donaire

José Suárez-Inclán
viernes 30 de abril de 2010, 19:11h
Terminó hace unos días la feria de Sevilla, la feria de abril-aguas mil, la que inaugura la primavera pagana de este a país desconcertado —de tierras con corteza un tanto áspera— que no entiende aún que es posible ser pagano, cristiano y laico al mismo tiempo. Ahora es frecuente escuchar que a los hombres nos cuesta atender —o hacer— dos cosas al mismo tiempo (a mí, desde luego) y mucho me temo que en tal sentido, la mentalidad mayoritaria en España cojee de esta torpeza masculina. Pero Sevilla, término sureño y femenino, capital en sol y sombra de esta piel seca a la que dio nombre, escapa con su abril y su primavera, sus vírgenes y diosas, crucificados, nazarenos y noctámbulos, saetas y sevillanas, dolores y juergas, vinos y bailes, lluvias y soles, de estas dicotomías y exclusiones. Y toros, siempre toros.

Hubo agua en la feria, como si el turbión del invierno quisiera rematar una labor de humedades que ha abierto la sonrisa de los campos y ha torcido un poco el gesto ciudadano —tan antiguamente ciudadano— de los hispalenses. Y ya se estaban chafando las tardes de toros en la Maestranza cuando los cielos, apiadados, acordaron sosegarse y contemplar la primavera en calma.

Luego salió el sol y todo lo secó, todo lo abrasó. Agua y sol. Pero a la feria le faltó aire. Al toreo —al sevillano y al otro— le falta aire. La brisa suave, templada y refrescante, la naturalidad. Brisa, aire que no pesa, que no pugna ni empuja, que no suena; aire que te mece y te lleva, aire en las telas de capotes y muletas, aire en el andar, en la cintura, en los brazos, en los gestos; brisa en las manos, garbo y gentileza en las muñecas de los toreros; aire en el galope, en la embestida, en la estampa; ligereza y movimientos en las patas, en las manos, en las cabezas de los toros. Aire, nunca viento, que es enemigo máximo del toreo. Aire de Garcilaso, de “vuelo presto” qué “en la vena del oro se escogió”, aire que “mueve, esparce y desordena”.

El 17 de abril paró de llover. Se lidiaban toros de Gavira para Morante, Talavante y Luque. Cuatro de ellos, cinqueños largos, bien cumplidos. Y así el sobrero.

El primer cinqueño, Defensor, que abrió plaza, fue toro de los que topa, porfía, cabecea y rebrinca. Un macheteo por alto de Morante, y fuera. Como antes: rápido y airoso, sin falsas contemplaciones. Y el cuarto, Tomatero de nombre, bien cumplido también, salió violento, ceñudo y probón, tarasquero, derrotador, sartarín, rebrincón… Todo menos embestir. Pues —ahí es nada— el de la Puebla lo dulcificó, lo toreó con mimo y limpieza, con tal naturalidad torera que llegó a dar naturales sin trampa ni cartón, puro aire. Y eso que los remates eran imposibles porque el toro tornilleaba apenas lo metía el torero en la muleta. Ahora no hay toreros así, son otra cosa. “Me falta el aire” —dicen en bajo los viejos aficionados sevillanos. “La listeza del cinqueño” —se limitó a decir Morante cundo lo despachó.

Talavante tuvo un toro: el segundo: el único. Canterero se llamaba. Ojo, que Luque le hizo un quite cariñoso, acariciando el paso de los pitones con gusto pausado. El toro embestía. Y Talavante brinda. Comienza como estatua y remata por alto, con medio ayudado que tiene sello propio. Enseguida lo prende en la muleta, suena la banda, las mujeres sonríen, los hombres inician tímidos oles, todos aplauden. Por naturales, en un ladrillo, va y viene el toro fijo en la tela que dibuja y templa curvas, pero no llegan al fondo del pozo ni se mecen como brisas. Faena sin alma, o sea, sin cuerpo. Faena “a punto de”. Como a punto estuvo de cuajar al quinto, Habanero, un toro alto y manso que se quería ir y al que el torero perseguía arrastrando muletazos por la arena: ni te obligo ni te acompaño, toreo como puedo. Y le sacó unos naturales de bastante mérito. No es fácil torear a un manso y el extremeño lo estaba logrando. Hasta la música se volvió a arrancar con timidez. Poderoso Alejandro. Pero no airoso.

Sin embargo si hubo aires en las ansias del joven ansioso Daniel Luque. Aunque en el tercero su actuación se resume en la frase de una señora —“¡Pero qué boca pone este torero!”—, o sea, que le faltó el aire, salió el sexto, un burraco de casi seis años, y un soplo de gracia bajó a las muñecas del sevillano, que las metía dentro con un golpecito en los delantales; bajó a su cintura cuando remató la media verónica, bajó a sus piernas cuando le andaba al toro galleando por chicuelinas, volando con compás los remates, el cuerpo alegre y pitero. ¿Mucho capote? Qué menos. En la muleta el manso salía ya escapado de la suerte.

¿Toreo en el aire, en el dominio o en el donaire?
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