paradigma de la resistencia
El espíritu de Numancia, 18 años de resistencia al Imperio
lunes 17 de marzo de 2008, 14:25h
Basta acercarse a los manuales enciclopédicos para entenderlo. Uno de los más avezados cónsules romanos, como Quinto Cecilio Metelo, “el Macedónico”, había conquistado y sometido gran parte de la península, y entró por las bravas en las ciudades de los arévacos, vacceos y pelendones, pero se le resistió Numancia y también la ciudad de Tiermes. Hubo de ser sustituido por Quinto Pompeyo, pero ni así.
Llegó entonces, allá por el 150 adC, el momento de las grandes envestidas. Fulvio Nobilior se presentó a las puertas de Numancia con un ejército en cuya primera línea formaban 10 elefantes y 500 jinetes. En pleno corazón de Soria. Pero la operación no fue tan exitosa como se previó en un principio, y hubo que lamentar la baja de 4.000 romanos, y 2.000 numantinos. Una desbandada de uno de los elefantes, tuvo gran parte de culpa.
Llegó Escipión, "El Africano"
Pasarían después 18 años de lucha, con concesiones y dilaciones, en lo que se conocía ya como uno de los baluartes más hostiles a Roma. Pero la humillación desbordó el vaso, y se tomó la determinación de enviar a uno de los hombres con el mejor expediente bélico de la época: Publio Cornelio Escipión, apodado entonces “El Africano”.
Él sería el responsable del último y definitivo sitio a Numancia. Además de minar las reservas agrícolas talando los campos próximos, la clave de Escipión fue construir siete campamentos, el conocido cerco a Numancia. Fueron siete fuertes, un foso y un vallado de inmensas proporciones. Añadió después otro foso por encima del primero, y lo fortificó con estacas, fabricó otro muro, sin almenas, y levantó torres, desde la que se frenaba las entradas y salidas de la población.
15 meses de hambre
Catapultas, ballestas, dardos, chuzas y saetas se encargaban de que el cerco fuera efectivo. Construcciones de piedra, y no de barro como se pensó en un primer momento, que sometieron a la población durante 15 largos meses hasta que la ciudad cayó, presa del hambre, en el verano del 133 adC.
Pero no se rendirían tan fácil, quedaba la honra, el orgullo numantino. Sus habitantes prefirieron suicidarse a entregarse e incendiaron la ciudad para que no cayera en manos de esclavos. Los pocos que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos. Escipión se cubrió de gloria y cambió el apodo de “El Africano” por el de “Numantino” y celebró en la ciudad eterna el triunfo con 50 presos de Numancia, desfilando por la calle de Roma. Claudicó la ciudad, pero no su espíritu ni su mito.