Jaime Mayor Oreja en el Congreso de la Familia
"Debemos devolver la verdad a la familia, su fortaleza y su significado real"
jueves 07 de octubre de 2010, 13:43h
Debo comenzar mis palabras felicitando muy sinceramente a la IFFD (International Federation for Family Development) y a su Presidenta, Marina Robben, por la iniciativa que han tenido al organizar este Congreso. El sólo hecho de dedicar estas jornadas a debatir cuál es el papel de la familia en nuestros días - en el marco de la realidad política, de la sociedad civil, de los organismos internacionales o de la protección de los Derechos Humanos, entre otras cuestiones – es ya de por sí hacer algo tan importante, tan esencial y tan necesario en estos momentos como es defender y reivindicar el papel de una institución tan fundamental en nuestra sociedad como es la familia.
Vivimos tiempos de crisis. Estamos viviendo una crisis económica de una profundidad como nunca antes la había conocido nuestra generación. Y todos somos, en parte, responsables de esa crisis. Por supuesto, son responsables los Gobiernos, embarcados durante demasiado tiempo en una espiral de crecimiento sin prudencia del gasto público hasta cotas que han resultado a la postre insostenibles. Son responsables los sistemas financieros, en la medida en que se han quebrado a sí mismos con operaciones y productos tan tóxicos como arriesgados. Pero también somos responsables las personas y, por tanto, las familias.
Durante demasiado tiempo, hemos confundido todos lo que es crecer con lo que es engordar. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Nos hemos endeudado más allá de lo que la prudencia aconsejaba. Hemos creído que el bienestar del que disfrutábamos era algo que nos merecíamos de manera natural y sin necesidad de esforzarnos para mantenerlo. Y, cuando ha llegado la crisis, nos ha encontrado más vulnerables, más débiles que nunca para hacerle frente.
Pero es que, además, la crisis que vivimos no es sólo una crisis económica. Es una crisis global, total. Es una crisis del modelo de sociedad en que hemos vivido. Y ello porque en el trasfondo de esta crisis económica subyace una crisis aún más grave, una crisis aún más profunda, como es una crisis de valores.
Las personas nos hemos hecho cómodas, indolentes. Nos hemos dejado arrastrar, contagiar y adormecer por esa cultura tan dominante en nuestros días como es la cultura del ‘todo vale’, la cultura del relativismo. Y hemos dejado de vivir, de defender y de creer en los valores.
Hoy día, se ha instalado en la sociedad europea en general y en la española en particular, la convicción de que la mayor y mejor expresión de la libertad es no creer en nada. Quienes tienen creencias, quienes defienden valores, son tachados de fanáticos, de intransigentes o de fundamentalistas.
Ese relativismo - promovido fundamentalmente por una nueva izquierda europea que una vez abandonados los postulados del marxismo los ha sustituido por la mera defensa de la ‘nada’, del pensamiento débil, del ‘todo vale’ - ha calado y se ha extendido a todo el conjunto de la sociedad. Y ha dañado, de manera muy especial, a la institución de la familia.
Y ello no es algo casual. Es lógico. Es algo deliberado. Quienes defienden los anti-valores, quienes defienden la ‘nada’, quienes no creen en la persona, quienes quieren sustituir los principios y derechos sobre los que hemos construido nuestro modelo social y sustituírlos con la formulación de nuevos y falsos derechos que no son sino, en realidad, anti-valores, tienen en la familia un obstáculo, un enemigo, algo que debe ser deliberada y estratégicamente debilitado como institución básica de la arquitectura de toda sociedad fuerte y articulada.
El relativismo necesita, lógicamente, tener entre sus objetivos el debilitamiento de la familia como institución. Y ello por una razón muy simple: no hay un vínculo más fuerte, no hay mejor lugar para transmitir valores de una generación a otra, no hay mayor compromiso vital que el de los lazos familiares. Una persona que cree y defiende a la familia es ya, de por sí, una persona que posee un sólido sistema de valores: cree en el esfuerzo, en el sacrificio, en la vida, en el afán de superación, en la solidaridad, en la justicia, en la educación… Cree, en definitiva, en todo aquello que la familia representa y, por tanto, es resistente frente a la tentación relativista.
El relativismo, la crisis de valores, ha tratado de impregnar todos los aspectos esenciales del proyecto de vida de una persona: desde el instante mismo de su nacimiento (redefiniendo el significado del aborto) hasta el de su muerte (buscando la relativización de la eutanasia), pasando por la educación, la formación de una familia, el empleo o las creencias religiosas, frente a las que se trata de imponer un laicismo radical.
Hay que entender la naturaleza y el objetivo del adversario que tenemos ante nosotros. Lo que hacen los promotores del relativismo es un auténtico ejercicio de ‘ingeniería social’. No se trata, por tanto, de un mero debate político ni de una mera lucha por el poder entre partidos. Es algo que va más allá de un mero enfrentamiento entre ideas o concepciones de la izquierda y la derecha. Es un debate cultural, un debate que afecta al modelo social en su conjunto y que, por tanto, afecta e incide en su núcleo más esencial, como es la familia. Es un debate, un enfrentamiento, entre quienes defendemos un modelo social asentado en un sólido sistema de valores y quienes no creen en los valores. Y es un debate, un enfrentamiento cultural, que sin duda está desangrando a Europa.
Por ello, por su afán de imponer un auténtico proyecto de ‘ingeniería social’, es lógico que esta cultura del relativismo tenga en la familia, en la fortaleza de la institución familiar, a uno de sus principales enemigos. Es lógico que, de alguna manera, haya utilizado a la familia, se haya servido del concepto de familia para debilitar su propia esencia.
Así, se ha tratado de desnaturalizar el concepto de familia mediante la promoción de modelos alternativos a su concepto natural.
Se ha pospuesto el derecho a la vida por un nuevo y falso derecho a la salud reproductiva de la mujer a través de la nueva legislación del aborto.
Se ha atacado de manera directa a la autoridad de los padres, también en la legislación del aborto, con esa aberrante idea de que las jóvenes, menores de edad, puedan abortar sin requerir ni el consentimiento ni el conocimiento de sus progenitores.
Se ha desvirtuado algo tan esencial como la educación de nuestros hijos tratando de reconvertir la formación en adoctrinamiento, mediante la educación para la ciudadanía. Y ello unido a las tasas de fracaso escolar y de paro juvenil más altas de toda nuestra historia reciente.
Se ha disparado el paro, condenando a los cabezas de familia a la llamada ‘trampa de la pobreza’, es decir, a verse obligados a vivir de subsidios de desempleo que pueden garantizar la supervivencia, pero que a la larga van descualificando al trabajador y haciéndole más difícil el retorno a la vida laboral, lo cual evidentemente afecta también a la familia.
Y, como digo, nada de todo ello es una suma de hechos coincidentes o una casualidad. Responde a una estrategia deliberada, responde a esa crisis de valores que nos afecta, responde al profundo relativismo en que está sumida nuestra sociedad.
Y esa estrategia deliberada de debilitamiento de la familia, de difuminar su esencia y su significado, tiene consecuencias tangibles y objetivas. Permítanme que les dé algunos datos sobre la evolución de la familia en Europa extraídos del último informe anual del Instituto de Política familiar:
-La natalidad en Europa se ha desplomado a cifras de hace 26 años. Se habla de un ‘invierno demográfico’ en Europa. Las personas no tienen hijos porque esencialmente se ha dejado de apreciar el valor de la maternidad además de que no haya políticas que apoyen e incentiven la natalidad.
-En Europa tienen lugar al año más de 1.200.000 abortos. Eso significa que en Europa se practica un aborto cada 25 segundos. Y ello porque frente a un embarazo no deseado o cualquier otro problema de la madre, se fomenta más el aborto que las políticas de ayuda y protección a las madres para que puedan seguir adelante con sus embarazos. Y es precisamente España el país de la Unión Europea en el que más se ha incrementado el número de abortos en los últimos diez años.
-Uno de cada tres niños nace fuera del matrimonio y 2 de cada tres familias europeas no tienen ningún hijo.
-El número de matrimonios anuales ha descendido vertiginosamente en Europa y, a pesar de ello, los divorcios se han incrementado en un 53% en la última década. Y ese 53% se convierte en un 268% en el caso de España. En nuestro país, dos de cada tres matrimonios acaban en ruptura. Y ello porque se ha vaciado de contenido el valor del compromiso mientras se han potenciado los modelos alternativos de familia frente a la unión matrimonial.
Pues bien, ¿cómo podemos hacer frente a esta realidad, a esta crisis moral y de valores?
Al relativismo sólo puede hacérsele frente a partir de una recuperación y un fortalecimiento de los valores que el mismo trata de debilitar y destruir. Y ello no supone solamente el buscar un cambio en el poder político, un cambio de las siglas del partido en el poder. Requiere algo más amplio y profundo: una auténtica redefinición y regeneración moral de nuestra sociedad.
Hay un valor esencial que se ha abandonado más que ningún otro en nuestra sociedad: en la economía, en la manera de hacer política, en todos los ámbitos. Y es el valor de la verdad. La familia es la institución más próxima al valor de la verdad. Porque en la familia nos manifestamos tal y como somos: sin ropajes, sin etiquetas, sin hipocresía. La familia es la institución en la que somos lo que parecemos, en la que somos de verdad lo que somos, lo que sentimos y lo que sienten por nosotros. En la familia no escondemos, no podemos esconder nuestros defectos ni nuestras limitaciones ni lo que de verdad son nuestras virtudes. Si estamos convencidos que en la crisis que vivimos el valor más urgente a recuperar y regenerar en nuestra sociedad es la verdad, la familia, su regeneración y recuperación adquiere una dimensión trascendental. Si esta crisis es una crisis de valores en la que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, en la que hemos perdido el norte, la familia constituye siempre la institución esencial para no perder el norte en tu vida.
La defensa de la verdad es el punto de partida de cualquier sistema de valores sólido. Hemos de recuperar la verdad como valor y ‘con’ valor, con valentía. Valentía en los políticos para decir la verdad. Valentía en los analistas y los medios y todos aquéllos que tienen una voz pública con la que denunciar las mentiras que sustentan la crisis de valores. Y valentía en cada persona, en cada uno de nosotros, para tener un cambio de actitud personal, para ser capaces de asumir un compromiso con nosotros mismos y con nuestra sociedad, para denunciar y plantar cara a las grandes mentiras en que se sostiene el relativismo moral.
Y, en ese sentido, debemos devolver la ‘verdad’ a la familia, devolver a la familia su fortaleza y su significado real, frente a quienes quieren destruírla desde dentro, creando una falsa concepción de la familia desprovista de ningún valor como institución, como núcleo esencial de la vida de la persona.
Cuando defendemos a la familia estamos defendiendo lo que somos como seres humanos, nuestra propia esencia como individuos, nuestra identidad más fundamental. Podemos ser más y mejores personas en la medida en que formamos parte de una familia.
Si las políticas se diseñan y se ejecutan desde la mentira, considerando a las personas como individuos aislados, se transforma a éstos en aquello que el Estado o el Gobierno de turno quiera hacer de ellos. Si, por el contrario, se diseñan y ejecutan teniendo en cuenta en la mayoría de los casos en que la persona forma parte de la familia, es entonces cuando realmente estaremos poniendo a la persona, en toda su dimensión, en el centro, en el foco del quehacer político. Y ése es, a mi juicio, el auténtico humanismo que requiere hoy día la actividad política. La familia no solo es un punto de encuentro entre los miembros que la componen, la familia es una institución, un valor, que debe constituir un punto de encuentro entre las personas, que aunque no comparten las mismas creencias religiosas, comparten un conjunto de valores fundamentales.
No podemos olvidar, nos guste o no, que vivimos un tiempo en el que en demasiadas ocasiones las creencias religiosas están especialmente denostadas en Europa, en que creer en algo se considera una limitación para esa falsa exaltación de la libertad. Por ello, la defensa de la familia tiene además un valor añadido que también es necesario subrayar. La familia es un punto de encuentro, de cohesión y de conexión entre personas con diferentes principios y creencias religiosas.
Por supuesto, para los católicos, la familia es un referente y un valor esencial. Pero ese papel que para nosotros tiene la familia es compartido por la mayoría de creencias religiosas. Evidentemente, yo hago una defensa religiosa desde mi perspectiva y mi visión cristiana de la vida. Pero esa misma defensa puede ser compartida por personas que no tengan esa fe cristiana.
Ése es un valor añadido de la institución familiar. En este tiempo, en que padecemos un laicismo radical, en que las creencias religiosas no ya cristianas sino en general tratan de ser arrinconadas por los voceros del relativismo, por los promotores de la crisis de valores, es importante recordar el valor de cohesión social que supone la familia.
Defender la vida, el compromiso, la solidaridad, la identidad que aporta la familia a cada uno de nosotros es un deber moral que supera a una única creencia. La familia articula al conjunto de una sociedad plural, donde deben y pueden convivir personas de muy diferente origen y creencias. Y esos puntos de conexión y de cohesión, como es la defensa de la familia, son cada vez más necesarios en el mundo global en que vivimos y a la hora de afrontar los retos que el mismo nos plantea.
En ese sentido, hace sólo unos días, el Papa Benedicto XVI pronunciaba un brillante discurso a los parlamentarios británicos en Westminster. En él, defendía la necesidad de otorgar una base ética a las decisiones políticas. Ni siquiera se refería a una base católica o cristiana sino, como digo, a una ‘base ética’, es decir, un sistema de valores. En definitiva, lo que defendía Benedicto XVI es que los valores, las creencias, la ética no deben estar reñidas con el pragmatismo ni con la mera razón política sino que ambas perspectivas deben conciliarse y buscar puntos de encuentro.
Pues bien, sin duda esta necesidad de conciliar los intereses políticos con los valores éticos comunes a una inmensa mayoría social es aplicable e imprescindible para la defensa de la familia. Sin una protección de la familia no sólo desde las creencias religiosas particulares de cada uno sino también desde los valores, desde la moral, estamos condenados a perder nuestra propia identidad como personas y como sociedad.
Concluyo ya y quiero hacerlo con una última reflexión.
Una de las causas de la crisis – de la crisis económica y de la crisis de valores en su conjunto -, a la que antes me he referido, ha sido nuestra propia indolencia, lo cómodos que nos hemos hecho, el convencimiento de que no era necesario ni un esfuerzo ni un compromiso por parte de cada uno de nosotros para disfrutar del bienestar que habíamos alcanzado. Un grave error.
Otro error es seguir quietos, quedarnos a esperar. Confiar en que serán otros – los Gobiernos, los políticos, los científicos, los expertos de cualquier tipo – los que van a solucionar nuestros problemas. No podemos limitarnos a esperar a que escampe, a que los problemas de nuestra sociedad se arreglen por sí solos ni a que vengan otros a solucionárnoslos.
Los políticos podrán adoptar medidas, sin duda necesarias y favorecedoras para la familia: legislar mejor la conciliación de la vida laboral y familiar o promover leyes de protección a la familia y la maternidad – como las que ya existen aquí, en la Comunidad Valenciana -, o establecer una fiscalidad protectora de la familia o mejorar el sistema educativo… Y todo ello es, por supuesto, necesario. Pero no es suficiente para que la familia como institución conserve su fortaleza.
Esa redefinición y regeneración moral de la sociedad requiere también un compromiso personal, un cambio de actitud, un esfuerzo de cada uno de nosotros. Debemos asumir nuestra propia responsabilidad. En todos los ámbitos. Y por supuesto también en la defensa de la familia.
Más allá de las medidas políticas o sociales o económicas que puedan tomarse, hay que tener presente la necesidad de que cada uno de nosotros se comprometa en la defensa, en el fortalecimiento, en la buena salud de la familia como institución. Y ello, como antes decía, requiere actuar desde la verdad y también desde la responsabilidad de cada uno de nosotros, desde nuestro deber moral de hacer lo mejor, de dar lo mejor de cada uno de nosotros mismos en la defensa de aquéllo en lo que creemos.
Porque no olvidemos que el modelo de sociedad y de convivencia en el que muchos creemos, el modelo opuesto al vacío moral que ofrece el relativismo, sólo se sostendrá, sólo pervivirá, en la medida en que perviva con fortaleza la institución de la familia como pilar esencial y eje vertebrador del mismo.
Por ello, y concluyo yo, un encuentro como el que va a tener lugar aquí en Valencia estos días es tan importante. Porque desde la reflexión conjunta, desde el intercambio de conocimientos e iniciativas, desde el esfuerzo y el compromiso conjunto, es como podremos llevar a cabo esa regeneración que requiere nuestra sociedad.
Muchas Gracias.