La no guerra de Chacón en Libia
viernes 15 de abril de 2011, 23:52h
Cuando la OTAN tomó el mando de las operaciones en Libia, hubo quien pensó que la situación de los rebeldes mejoraría ostensiblemente, en detrimento de la de Gadafi. Craso error. La Alianza hace lo que puede, pero la precariedad de medios con la que cuenta dificulta mucho la efectividad de una misión con más dificultades internas que las eminentemente militares. Dichas dificultades pasan por la falta de voluntad política de algunos de los estados miembros a la hora de afrontar mayores responsabilidades. De momento, el peso lo están llevando Francia e Inglaterra y, posiblemente, Italia de un paso al frente en este sentido. Por el contrario, países como España abanderan una postura de rechazo a las acciones militares contra las fuerzas del dictador libio, optando por “potenciar la vía de la cooperación humanitaria”.
No es problema de Carmen Chacón, sino de quien la eligió para ese puesto. Es lo que ocurre con los cupos; no siempre funcionan, y el caso de la titular de Defensa es un claro ejemplo de ello. Decir que actualmente el papel de la mujer en las fuerzas armadas sube enteros cada día es una obviedad. Precisamente por eso, si Zapatero quería a una mujer al frente de Defensa podría haber elegido a alguien sin pasado antimilitarista y que conociese algo más de cómo funciona el Ejército. Es por ello que la “canditatable” genera un rechazo en el seno de las fuerzas armadas como ninguno de sus antecesores hasta la fecha, y no por su género, sino por su incapacidad en un campo que además no le gusta.
Por bucólica que resulte la imagen de militares españoles repartiendo magdalenas a niños afectados por conflictos internacionales, ha de haber algo más. La señora Chacón tiene un problema filosófico con las Fuerzas Armadas. No entiende su papel original: la expresión organizada del monopolio de la violencia legítima que todo Estado utiliza para imponer su voluntad. Porque de eso se trata cuando hay un conflicto militar, cual es el caso de Libia. El Ejército no es la Cruz Roja ni Médicos sin Fronteras. Más bien los precede o hace posible, tras su intervención, las posteriores misiones humanitarias. Para ello es preciso neutralizar primero a quienes bombardean indiscriminadamente a la población civil; por más que Carmen Chacón se empeñe en llamarlo “misión humanitaria”.
Por otra parte, que un criminal en serie como Gadafi, terrorista probado, salga airoso de este reto es un peligro para el mundo y un riesgo letal para toda la región mediterránea. Así lo han comprendido en Francia, primero, y ahora en Italia. Para España, el asunto es aún más crítico, si cabe. Esperemos –aunque no confiemos- que el Gobierno termine por entenderlo.