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El legado de Quevedo

David Felipe Arranz
martes 26 de abril de 2011, 21:29h
Para caminar por la vida, es necesario huir de la necedad, que “se llama y es todo aquello que se hace o dice en contra o repugnando a las costumbres de cortesía o lenguaje político”. Que la lista de necios es interminable lo sabía don Francisco y no hemos sino mirar en derredor nuestro para percatarnos de ello: políticos, banqueros, empresarios, estrellas… en pos del poderoso caballero don Dinero a costa del prójimo. Quevedo se sabía hijo de sus obras y desde que en 1626 El Buscón salió de las imprentas de Zaragoza todos sabemos que los dómines, como Cabra, daban tan mal de comer a los pupilos, que morían de hambre… mientras los personajes se mezclan con los pintados por Velázquez y se confunden con los aguafuertes de Goya: “Coman, que mozos son, y me huelgo de ver sus buenas ganas”.

Con Quevedo una parte de nuestro humor se ha teñido desde entonces de espesa amargura y el realismo se ha convertido en exceso. Los Sueños, publicados por primera vez en Barcelona en 1627, hicieron que a partir de ese momento nos envolviéramos en el sueño para zambullirnos en nuestro reverso moral y caratulesco, entre los personajes de El Bosco que aún pululan por nuestras vidas, inmarcesibles, suspendidos entre el cielo y la tierra, como seguimos los españoles. Porque también somos un poco filósofos, traviesos y amigos de ingenio, siempre con el Cuento de cuentos dispuesto en la boca y con un Lucifer siguiéndonos de cerca como “el rebelde comunero”.

Presidió Quevedo el Cabildo del Regodeo y la Cofradía de la Carcajada y Risa, dejándonos claro para el resto de nuestra existencia que, a pesar del divertimento, se ha dispuesto que “en el mundo, en un día y en una propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece”. Y eso, aunque lo olvidamos con frecuencia para engaño de nuestra ignorancia, lo traemos a la memoria en cuanto lo miramos a Quevedo muy de cerca, escondido los ojos inteligentes tras sus característicos quevedos acristalados, y ahí lo vemos: “que es corto de vista, como de ventura; hombre dado al diablo, y prestado al mundo y encomendado a la carne, […] mozo amostachado y diestro en jugar las armas, los naipes y otros juegos”, como nos dice de sí mismo en su Memorial.

La Virtud militante del Quevedo ascético nos abrió las puertas a la Envidia, la Ingratitud, la Soberbia y la Avaricia… ¡Y qué familiares que nos son, después de tanto tiempo! Parece que nos las encontramos a estas señoras tan espantosas en cada esquina, mas leyéndolo cuán prevenidos habremos de estar. ¿Y la siempre controvertida existencia de Dios? Quevedo zanjó la cuestión con una explicación que bien pudiera haberse escrito hoy: “Es proposición que en el firmamento se lee escrita con misterios encendidos”. Precisamente el filósofo poeta nos lega el misterio que encierran sus palabras para remedio de cualquier fortuna, el crítico y el satírico nos hace herederos de su disección de las gentes y los veinte tratados del político se nos abren para entregarnos todos los saberes escolásticos y humanistas. Preservémoslos porque a buen seguro habrán de servirnos en nuestra experiencia.
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