Stanley G. Payne: La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX. Traducción de Jesús Cuéllar. Temas de Hoy. Madrid, 2011. 416 páginas. 22 € E-Book: Formato: ePub con ADOBE DRM. Lectura: Sí. Impresión/Copia: No. 15,49 €
Leer a Stanley G. Payne se ha convertido, en España y en los últimos años, en motivo de suspicacia entre buena parte de la comunidad de historiadores contemporaneístas. La razón es por todos de sobra conocida. En un medio fuertemente ideologizado –ya se imaginarán ustedes de qué lado cae la cosa–, el eminente hispanista norteamericano no ha dudado a la hora de posicionarse públicamente en relación a algunos de los debates más recientes: desde la reconsideración de la democracia republicana en los años treinta –poniendo en cuestión su supuesta ejemplaridad– hasta la problemática generada con las políticas de recuperación de la memoria histórica y las actitudes adoptadas, ante ella, por políticos, historiadores y ciertos magistrados.
Uno está tentado, pues, a nadar contracorriente y, por pura y razonable simpatía, recomendar encarecidamente al lector la nueva entrega del historiador eminente y honesto:
La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX. Pero no lo hará. Lo de encarecidamente, al menos. Lo de leerlo, sí. Pues el libro puede leerse con provecho; seguro. Incluso la Introducción y los primeros capítulos con bastante rendimiento. Las consideraciones teóricas sobre la revolución política y social –entendida como proceso antes que como acontecimiento– y la guerra civil –o las “guerras internas” según pasan a ser denominadas– como formas de conflicto predominantes; la intersección de ambas –revolución y guerra– y la causalidad que se establece entre ambas, más la previa revolución de las expectativas que se registra en las sociedades que las padecen, ponen de manifiesto tanto el caudal de conocimiento que Payne pone a disposición del libro como su empeño analítico y su capacidad, ejemplar, para la síntesis. Una síntesis, por eso mismo, muy bien escrita y de lectura amena para el lector no especialista. Una síntesis de historia europea, en definitiva, que tiene para el lector español la ventaja adicional de haber sido escrita con España en el corazón: en el meollo de esa Europa azotada por la moderna revolución y en el centro de las inquietudes del propio Payne. No suele ser habitual y es de agradecer.
Es notorio que ya en esos primeros capítulos, junto a aciertos remarcables –las páginas dedicadas a Finlandia y al carácter anticipatorio de su revolución y guerra civil, por poner un ejemplo– se pone de relieve uno de los problemas centrales del volumen: la ausencia de diálogo con algunas de las aportaciones más recientes dedicadas a la caracterización de las nuevas modalidades de conflicto bélico y a, por usar la fórmula popularizada en la obra de George Mosse, la
brutalización de la política. Es algo que, para el caso español, se redescubre con un cierto grado de estupefacción cuando uno advierte que ese relato construido hábilmente por Payne prescinde de lo que han dado a conocer algunos de los estudios más relevantes que han contribuido, según el entender de quien suscribe, a la comprensión profunda y sólida de las raíces de la violencia en las prácticas de movilización y acción colectiva entre nuestros antepasados. Con independencia, dicha profundidad, de la pluralidad en tantos otros aspectos de sus manifestaciones.
En otras palabras –y el lector de “Los Lunes” no tiene porque ser necesariamente consciente de ello–, los trabajos sobre el guerracivilismo español de Enrique Ucelay-Da Cal, el estudio de Javier Ugarte sobre la cultura de guerra del carlismo en el tránsito a la modernidad, los trabajos más recientes de Fernando del Rey, la obra ingente de Eduardo González Calleja, relativa a todos estos problemas que estamos tratando, merecen, a estas alturas historiográficas, ser contempladas –no digo que asumidas acríticamente– por cualquier síntesis analítica que, desde España en el cogollo, se acerque a la explicación de las guerras civiles en la Europa del siglo XX.
Quien suscribe quiere anotar un par, o tres, de objeciones más. La primera sería la tendencia del autor a compartimentar en cuadros nacionales algunos del los capítulos con vocación más continental. Por ejemplo, el relativo a los años de entreguerras. La segunda tendría que ver con el gusto por la analogía de Payne. Muchas veces son arriesgadas, aunque tienen su punto de interés y abren las puertas a valoraciones estimables. Airean. Por el contrario, a veces ocurre que resultan excesivas, además de innecesarias: “En el caso español, lo más parecido a Lenin que había era Franco...” Si no había nada más parecido –que me temo que sí, ni que sea como aspirantes–, introducir aquí la figura del anterior Jefe del Estado mueve a perplejidad. Los matices y acotaciones ulteriores, créanme, no arreglan el entuerto. Finalmente, el título de la obra induce al error. Así como el último párrafo del libro, dado que se establece un hiato en 1949. A partir de ese momento, “…en el conjunto del mundo las guerras internas han sustituido a las internacionales, constituyéndose en la manifestación principal del conflicto durante el siglo XXI”. Para eso, antes, hay que dar cumplida cuenta de qué ocurre en la segunda mitad del XX. En caso contrario, el salto resulta excesivo para sostener la referida tesis.
Leer a Payne. Sí, por supuesto. Hacerlo, eso sí, como con cualquier otro autor: que la simpatía por una trayectoria intelectual presidida por la alta exigencia no afloje el ojo crítico de usted, querido lector.
Por Ángel Duarte