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RESEÑA

Eginald Schlattner: Guantes rojos

domingo 25 de septiembre de 2011, 16:54h
Eginald Schlattner: Guantes rojos. Traducción de Roberto Bravo de la Varga. Acantilado. Barcelona, 2011. 721 páginas. 29,50 €
“Estoy sentado con las piernas estiradas en la cama de hierro de la celda, en el corazón de la Securitate de Stalinstadt. La mañana todavía no clarea. En el silencio observo que los sentidos usurpan ávidamente los recuerdos, que me asedian importunándome: la memoria los escupe a cada paso, con cada gesto, incluso los pensamientos que se tuvieron casualmente alguna vez.”. Con estas palabras, el protagonista y voz narradora de la novela Guantes rojos, del escritor rumano en lengua alemana Eginald Schlattner, nos sumerge en la pesadilla que le tocó vivir, tras ser detenido por la poderosa y temida policía secreta del régimen comunista de Rumanía. Este país centroeuropeo se alió con el Eje durante la Segunda Guerra Mundial y, en colaboración con los alemanes, obtuvo importantes triunfos en el frente oriental. Pero en 1943 las tropas soviéticas entraron en Rumanía y comenzó un extenso y negro periodo de dominio comunista hasta que hace poco más de dos décadas se celebraron elecciones democráticas. Uno de los momentos de mayor crueldad del régimen fue en 1956, cuando, después de estallar y ser aplastada la revolución húngara, se intensificó la represión en todos los países de la órbita soviética.

Guantes rojos es el segundo título de una monumental trilogía, formada porEl gallo decapitado y El piano en la niebla –cuya próxima aparición ha anunciado Acantilado- , que da cuenta de la historia de una familia de Transilvania y que encierra mucho de autobiográfica, una vez que su autor se decidiera, a los sesenta y cinco años, a recoger y publicar buena parte de los avatares de su complicada existencia, entrelazados con el discurrir histórico de su país. Eginald Schlattner nació en 1933 en Arad, creció en la región transilvana de Fogarasch y cursó Teología, Matemáticas e Hidrología en la Universidad de Klausenburg, hasta que fue arrestado por la Securitate. Después de ser puesto en libertad, trabajó como jornalero y posteriormente como ingeniero. En 1973 reanudó los estudios teológicos, ejerciendo hoy como pastor de prisiones. De la mano del Instituto Goethe y del Instituto Cultural Rumano, Schlattner estará esta semana en Madrid –el miércoles 28 y el jueves 29, en el Instituto Goethe-, presentando su novela y asistiendo a la proyección de la versión fílmica, dirigida en 2010 por Radu Garbrea, quien también participa en el encuentro. La visita se encuadra en los actos organizados con motivo de que Rumanía es el país invitado en la edición de Liber 2011, que se celebra del 5 al 7 de octubre en la capital de España.

En Guantes rojos, Eginald Schlattner desmenuza con todo detalle el encierro durante más de dos años de un joven estudiante y escritor, en buena medida su álter ego, en una minúscula celda y su sometimiento a todo tipo de torturas y vejaciones por parte de los miembros de la Securitate, junto a una minuciosa evocación de recuerdos de su vida pasada, antes de ser encarcelado. El objetivo de largos y tortuosos interrogatorios es que el prisionero informe sobre amigos y colegas, incluso sobre su propio hermano, poniéndole en la angustiosa tesitura de convertirse en un delator. Ante el brutal, sistemático e inclemente acoso de sus torturadores, el cautivo acaba derrumbándose y cometiendo, en una decisión límite, el pecado de delación. Así, esta novela resulta dura en un doble sentido, y su grandeza no solamente radica en el siempre necesario recordatorio -y denuncia- de cómo actúan los regímenes totalitarios, sino en la valentía de ser un descargo de conciencia, una asunción de la responsabilidad de la que el hombre no puede abdicar, por muy terribles, como en este caso, que sean las circunstancias. Escrita en primera persona, mediante un estilo prolijo y seco, que nos produce en ocasiones una insoportable sensación de claustrofobia, Guantes rojos tiene mucho de confesión y nos sitúa frente a dilemas morales que dejan patente la débil y frágil condición humana.


Por Adrián Sanmartín
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