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Disculpen las molestias

Una Grecia cristiana

viernes 04 de noviembre de 2011, 08:48h
Hablemos de El Imparcial. La mayoría de las primeras colaboraciones de Ortega y Gasset en la Prensa se acogieron a la hospitalidad del diario familiar. En enero y febrero de 1906, publicó el entonces joven estudioso una serie de artículos, firmados X.Z., bajo el título general de “La Universidad española y la Universidad alemana”. No es que tengan actualidad; es que tienen urgencia y necesidad. El primero de ellos comienza, lapidario: “Los españoles no creemos en la educación”. Parece que así seguimos. Y no otra es la causa de nuestros agobios. La infinita ventaja de la Universidad alemana sobre la española no se debía a la mayor riqueza de aquella, sino al principio que la informa. Es evidente que ni la Universidad alemana de hoy es la de hace un siglo; ni tampoco la española. Pero algunos problemas permanecen. No glosaré, a continuación, todas las meditaciones de Ortega que allí se consignan. Sólo extraeré alguna pertinente enseñanza. Acaso sólo una.

Recuerda el pensador madrileño la advertencia de un ingenioso hidalgo español, que dijo que si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente que nos puso, lo mismo que la fuerza nacional se transformó en acción bélica en Flandes, Italia y América, hubiera podido mantenerse encerrada en una vida más íntima e intensa, y hacer de nuestra nación una Grecia cristiana. Al parecer, vamos camino de no ser ni una cosa ni otra: ni Grecia (me refiero, claro, a la clásica, no a la tambaleante de hoy), ni cristiana.

Y escribe Ortega: ““España debió ser la Grecia cristiana”. Este imperativo histórico, al que hemos faltado hasta ahora, puede ser realidad algún día, y aunque este día sea lejano, con un poco de buena fe podemos irlo preparando. Para volver a España nada menos que en una Grecia, no es ciertamente la Universidad el único instrumento, pero sí el más importante”.

Antes de referirme a lo que nos dice sobre la Universidad, al menos a un aspecto que ahora me parece esencial, recordaré algo que afirma y que no puede tener más actualidad. Los españoles hemos tendido a objetivar toda responsabilidad y toda culpa, se entiende transfiriéndola a los demás. Y nos quejamos, con razón, de que los administradores nos roban, pero nunca pensamos que el mal podía estar en nosotros mismos. “No nos ocurrió la sospecha de que cada uno de nosotros, en cuanto ciudadanos, éramos inmorales”. Y la primera y más grave inmoralidad consiste en dejar que piense las cosas la opinión pública. Si la Universidad ha de recuperar su pequeña, pero ineludible, función rectora, ha de dejar de ser esclava de la opinión pública para convertirse en señora de ella.

Si nuestros estudiantes y profesores son deficientes es porque la Universidad es mala, y no al revés. Y llego a lo que ahora más me interesa. Piensa Ortega que el mérito de la Universidad alemana reside en el cultivo de lo aparentemente inútil. Alemania era entonces el paraíso de la ciencia y de la técnica. Luego advino el desastre. Pero lo era quizá gracias a que no cultivaba en su Universidad sólo la utilidad. Y escribe: “Europa es una tierra vieja donde se trabaja química y se inventan segadoras mecánicas, pero donde al mismo tiempo se glosa el Código de Hammurabi y los fragmentos del pobre Heráclito”.

Nos agobia hoy la economía. Y no faltan motivos. Pero toda tendencia que persiga lo meramente útil está condenada al fracaso. En realidad, habría que revisar la idea imperante acerca de lo útil. Pues, como la cultura es unidad, no cabe escindirla y optar por uno solo de sus aspectos. Si Europa anda a la deriva es, acaso, porque ha olvidado algunas viejas verdades que un tiempo hizo suyas. Bien están las ciencias y las nuevas tecnologías, pero ayunas de disciplina espiritual, y de filosofía y filología (por poner unos ejemplos), no nos van a sacar de una crisis, que no es tecnológica ni económica, sino moral. Porque acaso comentar a Homero, Tucídides, Kant o Scheler, contemplar a Fra Angelico o Vermeer, o escuchar a Bach o Bruckner sea, al menos, tan urgente como manejar ordenadores o dominar lenguas modernas. Podría resultar que la solución de lo material estuviera en lo espiritual, y que la mejor terapia contra la crisis se encontrara en los estudios clásicos. Y que lo que no hacemos por convicción, hubiera que hacerlo, al menos, por interés. El ideal de una Grecia cristiana no me parece desdeñable, como nada de lo que dijo el ingenioso hidalgo español.

He pensado que para empezar a colaborar en El Imparcial, no era la peor de las maneras ésta consistente en glosar a un Ortega juvenil que escribió en él. Confío en no haber errado totalmente.
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