La soprano holandesa Eva-Maria Westbroek fue, igual que el personaje que interpreta, la protagonista absoluta del estreno anoche en el Teatro Real de la segunda ópera compuesta por Dmitri Sostakovich, Lady Macbeth de Mtsensk, que estará en el escenario del coliseo madrileño hasta el próximo 23 de diciembre.
Se esperaba con mucho interés el debut en la capital de
Eva-Maria Westbroek, y su primera actuación anoche no defraudó a la hora de hacer perfectamente suyo el complicado personaje de
Katerina Ismailova, la “heroína” alumbrada por un joven Sostakovich a partir del mismo personaje de la novela original de Leskov, donde, sin embargo, Katerina era abiertamente cruel, calculadora y despiadada asesina, sólo preocupada por colmar sus deseos e instintos materiales y carnales. El compositor ruso quiso despojarla de esas cualidades de maldad gratuita y para su ópera la vistió con los ropajes de la desgraciada mujer de un comerciante falto de hombría, prisionera de un suegro que la insulta y la maltrata y, por último, enamorada de un malvado donjuán al que le sobra hombría y le falta cualquier tipo de sentimiento honrado. Pero la víctima que construyó el compositor para justificar el adulterio y los asesinatos que comete “en nombre del amor”, peca de incongruencia y de simpleza. Y si al final consigue que nos parezca mejor que los demás personajes de la obra, es sólo porque el resto es, sin duda, muchísimo peor. Nadie se salva: propietarios, obreros, policías y popes, todos culpables de feroz estupidez y falta de escrúpulos. Especialmente, los hombres en general, que ejercen el machismo hasta sus últimas consecuencias. Y es tanto lo que insiste y exagera un libreto, del que lo mejor que se puede decir es que está falto de literatura, que la mayoría de las escenas únicamente pueden llegar a rozar algo de credibilidad si la producción supera a la propia obra, a través de unas interpretaciones que necesariamente han de ser de una impecabilidad absoluta.
Eva-Maria Westbroek (Katerina Ismailova) / Michael König (Serguéi)La producción que estos días se sube al escenario lírico de la capital, procedente de la
Nederlansdse Opera de Ámsterdam, raya afortunadamente esa perfección cuando hablamos de voces y de orquesta. Aparte de la intensa y poderosa interpretación de una soberbia Westbroek, toda una experta ya en este papel por el que transita convincente entre la sangre y el barro, que se llevó merecidamente la ovación más importante del público, el resto del elenco la acompañaba en la difícil misión de sacar adelante la malcarada historia, destacando entre ellos, el tenor germano-canadiense
Michael König, con quien la química de pareja funcionaba con la tensión necesaria. También
Vladimir Vaneev en su papel de malvado suegro,
Ludovit Ludha, en el del marido, así como la mezzosoprano
Carole Wilson, estupenda en los dos descarnados papeles que representa.
Pero, sin duda, hoy se entienden aún mejor las palabras de homenaje y agradecimiento que
Gerard Mortier, director artístico del Real, dirigía a los miembros del Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, durante la rueda de prensa del pasado miércoles en la que se presentó la obra a los medios. Son los miembros del coro quienes, con su actuación, suben el nivel de la obra y hacen olvidar las incongruencias del texto, gracias a la intensidad y a la calidad que ofrecen desde el escenario. Un escenario, por otra parte, demasiado frío y estático durante las casi dos horas que dura la primera parte, demasiado tiempo, quizás, para que el armazón acristalado que representa la habitación llena de zapatos donde la dama sufre de algo tan “terrible” como el aburrimiento y desde la cual lanza desesperados gritos para que un hombre de verdad le acompañe en las solitarias noches de la Rusia más rural, mientras el marido trabaja lejos de casa.
Coro Titular del Teatro RealComo ya sabemos, la segunda ópera de Sostakovich no se ganó el favor de
Stalin. Es más, el cruel dirigente soviético, a través de su diario oficial Pravda, la descalificó en todos sus aspectos y ni siquiera se dignó en llamar a su palco al compositor de la obra mientras asistía a una representación de misma casi dos años después de su exitoso estreno en Leningrado. Ni que decir tiene que, a partir de ese momento, el éxito desapareció, más aún, desapareció de los escenarios la propia obra, y los críticos que la habían colmado de elogios se apresuraron a decir “digo” donde antes habían dicho “diego”. El citado artículo anónimo del Pravda hablaba de una “oleada de sonidos intencionadamente disonantes y caóticos” y de la aparición de “jirones de melodía y apuntes de frases musicales sólo para desaparecer inmediatamente entre ruidos, crujidos y gritos”, para acabar asegurando demoledoramente que “Seguir esta música es difícil, retenerla es imposible”. Lo cierto es que en
Lady Macbeth estamos ante una amalgama de sonidos y de estilos diferentes, que alternan, eso sí, con un estudiado y a veces mágico orden, pasajes de extraña y rompedora exaltación carnavalesca con otros de bello lirismo que, por desgracia, parecen durar demasiado poco. Una partitura, en todo caso, inmensa y complicada, la más voluminosa de la historia de la ópera por sus decibelios, que pone a prueba a cualquier orquesta y que anoche interpretó con todos los cambiantes matices la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, a las órdenes de la prestigiosa batuta de
Hartmut Haenchen, cuyo debut en el foso del Real se saldó con una intensa y merecida ovación.
Eva-Maria Westbroek (Katerina Ismailova) / Michael König (Serguéi)El capítulo de la dirección escénica fue, como viene siendo habitual, el que más diversión de opines cosechó: difícil afirmar si los bravos ganaron a los abucheos, porque un público dividido quiso dejar claro su personal opción y lo cierto es que ambas estuvieron bastante parejas. El director de escena austriaco
Martin Kusej presentó un espectáculo irregular en su concepción, de modo que las escenas acertadas se alternaban con otras que lo eran bastante menos y, a veces, las idas y venidas de miembros de la orquesta para situarse a ambos lados del escenario o, como al final, en los mismos palcos situados encima de la escena, resultaban eficaces en cuanto a la sonoridad, mucho menos a la hora de sumar aún más caos a una obra que ofrece poco “descanso” al espectador. Se especulaba estos últimos días acerca de si las escenas más escabrosas de una ópera de marcado acento sexual y violento causarían el rechazo de una parte del público madrileño. Lo cierto es que parece poco probable que a estas alturas nadie se sienta escandalizado por los desnudos, cópulas salvajes y hasta violaciones más o menos frustradas que incluye Sostakovich en su sangrienta y feroz obra, en realidad, escandaliza bastante más la reiteración de los tópicos que restan, en todo caso, intensidad a la terrible tragedia que propone el fondo de la obra.