En Ucrania y en las comunidades ucranianas de la diáspora, el cuarto sábado de noviembre de cada año se recuerda el Holodomor, la hambruna infligida por las autoridades soviéticas a los ucranianos para quebrantar su resistencia a las colectivizaciones y destruir el movimiento nacional ucraniano. Se trata de un día que, en este año, reviste particularidades trágicas y dolorosas. Dado que he escrito en otras ocasiones sobre este crimen, querría llamar su atención sobre un aspecto acerca del que, quizás, se habla poco en Occidente: la ocultación del Holodomor por parte de quienes podrían haberlo denunciado.
En efecto, la destrucción de los campesinos de Ucrania fue posible gracias a la complicidad, la negligencia y la cobardía de aquellos que conocían la verdad y la silenciaron. Este asesinato en masa se perpetró en un territorio tan extenso que, incluso para los soviéticos, era imposible controlar toda la información que entraba y salía. Había rumores en Moscú de la hambruna que asolaba Ucrania. La correspondencia diplomática italiana muestra que, en sus rasgos esenciales, el Holodomor era conocido en el momento en que se estaba cometiendo. Lo mismo podría decirse de la alemana y la británica. Como señala Anne Applebaum en “Hambruna Roja. La guerra de Stalin contra Ucrania” (Debate, 2019), en los Estados Unidos y Canadá, los ucranianos de la diáspora sabían lo que estaba sucediendo por cartas que habían logrado sortear la censura soviética. El Consejo Nacional Ucraniano, fundado en mayo de 1933, convocó una manifestación en Winnipeg y escribió al presidente de los Estados Unidos. En Polonia, la ciudad de Lvov era un centro de activismo y las protestas llegaron hasta el parlamento polaco.
Sin embargo, en las grandes potencias, el sufrimiento de los ucranianos resultó, en general, silenciado. Los corresponsales de prensa acreditados en Moscú sabían de los rumores que llegaban. A pesar de la propaganda, la censura y la violencia con que los soviéticos trataban de controlar a la opinión pública, era inevitable que los soldados y funcionarios desplegados en Ucrania contasen lo que estaba sucediendo. Incluso en el sistema soviético había filtraciones: indiscreciones, correspondencia, diarios… Era difícil explicar la entrada de divisas que propiciaban el desarrollo económico soviético. Había sospechas sobre la exportación de grano que alimentaba la política de inversiones públicas en fábricas e infraestructuras. La URSS estaba vendiendo el grano que confiscaba a los campesinos ucranianos, que a su vez morían de hambre.
Algunos periodistas prefirieron no formular preguntas que pudiesen enturbiar la imagen del llamado “experimento soviético”. Otros optaron por llevarse bien con las autoridades. Quizás el caso más famoso sea el de Walter Duranty (1884-1957), corresponsal del New York Times en Moscú entre 1922 y 1936, que no sólo ocultó la hambruna, sino que desvió la atención hacia los resultados del Primer Plan Quinquenal (1928-1933) y las oportunidades que la URSS ofrecía a los Estados Unidos como socio comercial. Entre la propaganda y los privilegios de que disfrutaba en Moscú -un amplio piso, personal de servicio, acceso preferente a fuentes e información- Duranty quedó atrapado en una red de intereses personales y compromisos políticos, aunque ni siquiera era comunista. Sus crónicas y reportajes contribuyeron a crear una imagen de la URSS inspirada por la propaganda soviética y reforzada por la propia credibilidad que se asociaba a la cabecera que lo acreditaba en la capital. Gracias al New York Times, a Walter Duranty lo leían quienes tomaban decisiones en Washington.
Es cierto que estaba prohibido salir de Moscú sin permiso de las autoridades y que los desplazamientos estaban rigurosamente vigilados por el personal al servicio de Konstantin Umansky (1902-1945), funcionario encargado de las relaciones con los corresponsales. Sin embargo, no todos se dejaron comprar ni seducir. Recordemos a Gareth Jones (1905-1935), el periodista independiente que, so pretexto de visitar una fábrica en Ucrania en marzo de 1933, se escapó del tren que lo conducía y recorrió unos veinte pueblos. Gracias a su competencia -Jones hablaba ruso y tomaba notas- y a su formidable valor, logró recoger testimonios y pruebas que reveló en una conferencia de prensa en Berlín a finales de ese mes. Duranty, ganador del premio Pulitzer por una serie de trece artículos acerca de la URSS de Stalin publicados en 1931, utilizó su posición y su influencia para desacreditarlo. Lo acusaron de haber sido poco exhaustivo, de exageraciones y de desconocimiento de los hechos. A pesar de que algunos medios de comunicación creyeron o publicaron las piezas de Jones o, al menos, se hicieron eco de su información, Duranty impuso su relato. Los ucranianos siempre supieron lo que había sucedido y conservaron la memoria. Diarios, cartas y fotografías, informes y relatos, testimoniaron el Holodomor en secreto. Durante el periodo soviético, era un tema del que no se podía hablar. En el exterior, la propaganda soviética trataba de contrarrestar las denuncias y conmemoraciones de las organizaciones de la diáspora ucraniana. Nunca faltaron, por cierto, periodistas militantes que repitiesen los esfuerzos de Duranty.
Hubo que esperar al fin de la URSS y la independencia de Ucrania para que el mundo conociese el horror del Holodomor en toda su extensión incluidos, naturalmente, los intentos de ocultarlo. Duranty conservó su premio Pulitzer, pero Gareth Jones se convirtió en un ejemplo de valentía y compromiso. Murió, por cierto, en 1935 en extrañas circunstancias mientras trabajaba en Manchuria.
Esta columna hoy honra la memoria de las víctimas del Holodomor y la de aquellos que se atrevieron a contar al mundo lo que estaba sucediendo.