A lo largo del siglo XX, los comunistas han empleado el hambre como arma de destrucción masiva de sus adversarios políticos. Desde la manipulación de precios hasta la incautación, el control de los alimentos es una de las herramientas más terribles y efectivas que los comunistas emplean para afianzarse en el poder. Para que esta arma surta por completo sus efectos, es necesario que la sociedad vaya cayendo primero en la pobreza y después en la miseria hasta que la persona dependa para todo del Estado, que -por supuesto- controlan ellos mismos.
Entre 1932 y 1933, los comunistas recurrieron al hambre para doblegar la resistencia ucraniana a la colectivización. Cada año, en el mes de noviembre, se conmemora en Ucrania y en las comunidades de ucranianos en la diáspora el atroz crimen de matar de hambre a millones de campesinos: el Holodomor. Mientras en el campo la hambruna arrasaba pueblos enteros, la Unión Soviética exportaba grano al servicio de esa política económica que pretendía la liberación del proletariado. Naturalmente, a los comunistas no les faltó el alimento.
Tampoco pasaron grandes penurias los comunistas chinos durante la gran hambruna en la China de Mao que da título al libro de Frank Dikötter traducido por la editorial Acantilado en 2017. Entre 1958 y 1962, cuarenta y cinco millones de chinos encontraron la muerte por hambre, trabajos forzados y otras formas de violencia a manos de Mao y sus seguidores. Dikötter indica que esta hambruna no fue fruto del azar, sino el resultado necesario -y en cierta medida deseado- de la jerarquía comunista. Otros regímenes comunistas en Asia también emplearon el hambre para destruir a la oposición e imponer su poder. Los Jeméres Rojos, por ejemplo, perpetraron un genocidio mediante la hambruna, los trabajos forzados y otras formas de asesinato en masa. Acabaron aproximadamente con dos millones de personas, es decir, un cuarto de la población del país. Algunos estudios elevan la cifra hasta los tres millones.
El comunismo no sólo genera miseria, sino que la necesita. Por eso, tratan de controlar o destruir todo aquello que protege a la persona del poder del Estado: la libertad, la familia, la propiedad privada, la sociedad civil, etc. No debe sorprender que los mismos que defienden las llamadas “políticas sociales” sean los que aprueban medidas legislativas y proponen políticas que provocan la ruina de millones de autónomos, empleados y pequeños empresarios. La asfixia tributaria, la creación de una red clientelar, el acoso normativo y sancionador y, finalmente, la expropiación y la confiscación son algunas de las medidas que los gobiernos comunistas emplean para empobrecer a los pueblos.
Por supuesto, esto sólo no basta. Es necesario debilitar los vínculos familiares y sociales (el matrimonio, las relaciones paternofiliales, las comunidades religiosas, la idea de nación) y sustituirlos por otros que el partido establece y controla. El sistema de delación soviético incluía convertir a los hijos en informadores de la policía: debían espiar a sus padres. Desplegar todo este aparato de manipulación y control es más fácil cuando la población está hambrienta y empobrecida.
Todo régimen comunista genera una “inteligencia” y una “nomenklatura”, es decir, una élite cultural que legitima el sistema mediante la propaganda y una élite política que lo controla mediante el adoctrinamiento, la violencia y la intervención de la actividad económica. Ni a los “intelectuales” ni a los “líderes” les faltan buenas casas, ni alimentos ni comodidades. Se les tolera lo que la mayor parte de los ciudadanos empobrecidos no pueden ni soñar: condiciones financieras privilegiadas para adquirir sus casas, posibilidad de designar a familiares y amigos para puestos de influencia, acceso a los círculos de poder, etc. Disponen de tratamientos médicos especiales -por ejemplo, pruebas de diagnóstico- y de clínicas exclusivas. Se suele pensar en la Unión Soviética, pero esto se da en todos los regímenes comunistas. Péter Gábor, jefe de la siniestra AVO (la policía política de la Hungría comunista), vivía en una villa espectacular en Rózsadomb con vistas al Danubio. Estaba casado con Jolán Simon, una agente del KGB con quien mantenía una “relación abierta”. Péter era famoso por su gusto de gourmet, su pasión por los buenos vinos y su afición a las amantes.
Los jerarcas comunistas nunca padecen el hambre y la pobreza que sus políticas provocan.