Durante las fiestas navideñas, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas recientes críticas más leídas de libros destacados. ¡Feliz Navidad y 2023!
Traducción de Victoria Alonso Blanco. Salamandra. Barcelona, 2022. 512 páginas. 22 €. Libro electrónico: 9, 99 €. Se recupera, en nueva y excelente traducción, una extraordinaria novela de la escritora canadiense, aspirante al Nobel. Por Ángela Pérez
En la reciente concesión del Premio Nobel de Literatura 2022 volvió a aparecer en las quinielas de posibles candidatos el nombre de Margaret Atwoot (Ottawa, 1939). Finalmente, lo obtuvo Annie Ernaux, pero sin duda la escritora canadiense es merecedora de tan alto galardón. Lo ha demostrado a lo largo de trayectoria en la que cuenta con excelentes novelas, más allá de El cuento de la criada. La historia de Defred, en la siniestra República de Gilead, donde padece todo tipo de sevicias, la catapultó a la fama mundial y El cuento de la criada -objeto de una exitosa serie televisiva-, se convirtió en un referente de la literatura distópica y del feminismo. Atwood, sin embargo, desde que se dio a conocer con La mujer comestible, donde ya se adelantaban muchas de sus preocupaciones, nos ha regalado novelas como Nada se acaba, Alias Grace, La semilla de la bruja, Penélope y las doce criadas –estupenda vuelta de tuerca al mito de Ulises y Penélope-, y Maddaddam, entre otras, junto a interesantes ensayos y notables poemarios.
“El tiempo no es una línea, sino una dimensión, como las dimensiones del espacio. Si el espacio se puede curvar, también se puede curvar el tiempo, y si dispusiéramos de los conocimientos necesarios y pudiéramos desplazarnos a mayor velocidad que la luz, podríamos viajar hacia atrás en el tiempo y existir en dos lugares a la vez. Fue mi hermano Stephen quien me dijo eso, en la época en que se ponía aquel jersey granate deshilachado para estudiar y pasaba muchas horas cabeza abajo a fin de que la sangre le fluyera hacia el cerebro y se lo irrigara. Yo no comprendí qué quería decir, pero quizá él tampoco lo explicó muy bien. Por aquel entonces ya había empezado a distanciarse de la imprecisión de las palabras. Aun así, desde ese momento empecé a entender el tiempo como algo con forma, algo visible, como una serie de transparencias líquidas superpuestas. El tiempo no se observa volviendo la vista atrás, sino más bien buceando por él como si fuera agua. A veces sale a la superficie una cosa, a veces otra, a veces nada. Nada desaparece”. Así arranca Ojo de gato, que Salamandra -habitual sello de Atwood en nuestro país-recupera en una nueva y espléndida traducción.
Ojo de gato discurre por otros derroteros fuera de las propuestas distópicas, y donde, en efecto, se bucea en el tiempo, en un pasado que se necesita aclarar. La voz narradora y protagonista es Elaine Risley, una madura pintora que se desplaza desde Vancouver hasta Toronto, pues una galería regentada por mujeres desea realizar una gran exposición de sus lienzos. El viaje actúa como una suerte de magdalena proustiana, pues a Elaine Risley se le agolpan los recuerdos de su infancia y adolescencia. Hija de unos padres atípicos y con un hermano excéntrico, esa etapa de su vida no fue precisamente feliz. Uno de de los aciertos de Ojo de gato es que Atwood desmitifica cualquier visión idílica de la niñez para mostrarnos lo crueles que pueden ser los más pequeños. Así, el acoso escolar, el bullying que sufre -un asunto hoy tristemente de plena actualidad-, la marca y deberá encontrar estrategias para superar el trauma. La más eficaz es la pintura, lo que da pie a realizar también en la novela un repaso del arte moderno y análisis de algunos de sus cuadros.
Elaine Risley evoca su niñez, el descubrimiento de su vocación pictórica, sus clases de pintura... y sobre todo explorar las relaciones tóxicas con sus amigas de la infancia, Carol y Grace, y especialmente Cordelia: “Antes del verano alternaba entre la amabilidad y la maldad, con intervalos de indiferencia, pero ahora se muestra más dura, más implacable. Como impulsada por la urgencia de saber hasta dónde puede llegar. Me empuja hasta el límite, hasta el borde de un precipicio: un paso atrás, otro más, y me precipitaré al abismo”.
Igualmente, resulta de gran atractivo que el feminismo de Atwood no le hace presentar a las mujeres como seres angelicales. El patriarcado ha existido –y en algunos aspectos hoy permanece-, pero eso no hace que las mujeres sean solo bondadosas y que exista una solidaridad eterna y absoluta entre ellas. Las mujeres, igual que los hombres, son personas y estas tienen contradicciones y complejidades. Ni la maldad ni la bondad se asocian a un sexo. El feminismo no simplista de Margaret Atwood le ha obligado a tener que defenderse de acusaciones por parte del feminismo radical. Pero le permite ofrecernos novelas sabias.