Opinión

En el aniversario del 7-O

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 06 de octubre de 2024

Se cumple un año de la oleada de atentados terroristas perpetrados desde Gaza por Hamás. Unos 6 000 hombres armados pertenecientes a la organización terrorista y a otros grupos aliados como la Yihad Islámica penetraron en territorio israelí para matar civiles. Atacaron poblaciones. Tirotearon vehículos. Arrojaron granadas contra los habitantes de las casas que encontraron. Ametrallaron a los asistentes a un festival de música. Quemaron vivos a hombres, mujeres y niños. Mataron a 1 191 personas, de ellas 800 eran civiles y 39 eran niños. Hirieron a casi 5 000. Se llevaron a los túneles de Gaza a 251 rehenes, de los cuales Israel ha conseguido devolver a casa a 154; 117 de ellos, vivos.

Todo europeo debería recordar que escenas así se produjeron aquí, en nuestro continente. Como recordaba la famosa exposición que acogió en Madrid el Centro de Exposiciones Arte Canal «Auschwitz. No hace mucho, no muy lejos», la destrucción de los judíos de Europa se planeó y se ejecutó aquí, en el Viejo Continente de las universidades, los periódicos y los intelectuales comprometidos, en la tierra de las catedrales y los museos, en el lugar que se pretendía moralmente superior al resto del mundo. El camino a las matanzas no suele partir de los barrios rodeados de alambradas ni de las fosas comunes, sino de los despachos donde quienes podrían hablar guardan silencio. Los terroristas grabaron imágenes de las matanzas con un ensañamiento gráfico propio de «El judío eterno» (1940), la infame película antisemita de Fritz Hippler. Hablemos, pues, desde Europa.

Recuerdo bien aquellos días. Sólo ha pasado un año. Doce meses en los que han regresado al discurso público todos los estereotipos antisemitas -el judío infanticida, el judío asesino de cristianos, el judío deicida, el judío codicioso, el judío controlador del mundo, el judío enemigo del género humano- que nos han legado (abominable herencia) la Antigüedad, la Edad Media y los tiempos modernos y contemporáneos. A los israelíes se les exige hoy no sólo que se dejen matar, sino que comprendan (nótese la ignominia de esta exigencia) la indignación del mundo cuando intentan defenderse. También deben comprender y aceptar el silencio en torno a lo que de verdad sucede.

Desde 1979, el régimen iraní viene amenazando a sus vecinos del Oriente Próximo. Desde Irán se ha financiado, armado y entrenado a terroristas de Hamás y Hizbulá, a los huthíes del Yemen y a los terroristas iraquíes, a los que pusieron bombas en Argentina y a los que pretenden ponerlas en otros lugares -por ejemplo, en Europa o América- cuando los ayatolás lo ordenen. El camino a más de cuarenta años de violencia en el Oriente Próximo conduce a los palacios desde donde la Revolución Islámica ha preferido amenazar a sus vecinos en lugar de llevar libertad y prosperidad a su propio pueblo.

Se decía hace un año, con un ánimo no sólo exculpatorio sino justificativo, que los atentados del 7-O no habían ocurrido “en el vacío”. Se pretendía culpar a Israel de su propia tragedia como si Hamás, Hizbulá y las demás organizaciones terroristas fuesen respuestas a la violencia en lugar de sus causantes directos. Justo antes de los atentados, el Oriente Próximo se estaba reordenando y, en cierto modo, estabilizando después de los desastres de las Primaveras Árabes. Los Acuerdos de Abrahán fueron un episodio de esperanza y entusiasmo: los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein lideraban la normalización de relaciones con Israel. Incluso se hablaba de un acuerdo con Arabia Saudí. Era algo que los ayatolás no podían permitir. Para dinamitar ese proceso, desencadenaron una oleada de atentados terroristas.

La operación militar contra Hamás, que utiliza a su propia población como escudos humanos, fue acompañada de los ataques de Hizbulá desde el norte. Desde el 8 de octubre de 2023, la organización terrorista libanesa ha lanzado más de 8 000 cohetes y misiles contra las ciudades y pueblos del norte de Israel. De nuevo, han matado a civiles, a mujeres y a niños. De nuevo, se han camuflado entre su propia población. Otra vez han emplazado los arsenales en los sótanos de las casas. Han vuelto a situar las lanzaderas de cohetes y misiles en medio de las casas. Los centros de mando siguen estando en casas y apartamentos. Hassan Nasrallah se escondía bajo tierra rodeado de edificios civiles.

Desde hace un año, Israel viene librando una guerra contra Hamás, Hizbulá, los Huthies, los terroristas que operan en Cisjordania, los que atacan desde Irak y Siria y contra el régimen de la Revolución Islámica de Irán, que ya ha lanzado misiles contra Israel en dos ocasiones. La inteligencia y la tecnología han permitido victorias clamorosas como los golpes que Hizbulá ha sufrido en el último mes. Desde el estallido a distancia de los dispositivos electrónicos hasta la muerte de Hasan Nasrallah, los ayatolás ven cómo su principal instrumento de terror se va debilitando en El Líbano y en Siria. Hamás ha perdido la mayor parte de su capacidad, aunque en los últimos días ha intentado reconstituirse en el norte de la Franja de Gaza. Poco a poco, el régimen iraní se va quedando solo. Su «eje de resistencia» amenaza con romperse en El Líbano y en Gaza.

Ahora, un año después, es responsabilidad de las democracias del mundo poner fin a un orden fundado en la amenaza terrorista, la amenaza nuclear y la desestabilización de los países de la región. Desde 1979, el Oriente Próximo sufre la injerencia de un régimen revolucionario que ha creado un Estado dentro del Estado en El Líbano y que ha dinamitado, mediante el terrorismo, el proceso de paz entre árabes e israelíes. Cabe preguntarse qué más necesita Occidente para darse cuenta de lo que supusieron esos atentados.

Pero Occidente está quebrado moralmente. Por toda Europa se han venido produciendo manifestaciones antisemitas. El Movimiento Masar Badil, una organización vinculada a grupos terroristas como el FPLP y Samidoun, ha elegido Madrid como sede de su congreso internacional anual y de una manifestación para celebrar la brutal masacre del 7-O. España, el país que más claridad moral debería tener cuando se trata de terrorismo, es hoy el más confundido y el más desnortado. He aquí la tristeza de España.

Para todo europeo, en cuyo suelo se quemaron sinagogas, se construyeron guetos y se levantaron las alambradas de los campos, el 7-O debería ser una jornada de reflexión, un tiempo de silencio y de oración. Hace no mucho y no tan lejos, de nuevo, se mató a judíos en sus casas mientras los asesinos corrían a esconderse en túneles bajo colegios y hospitales secuestrando consigo a centenares de civiles.

Hace tiempo, Horacio Vázquez-Rial escribió que «hace unos años, yo pensaba que, si caía Israel, el resultado inmediato sería un pogromo planetario, con cosacos y SS de todos los colores en una prolongada matanza, ya no industrial, como en los lager, sino artesanal, hasta acabar con el último judío. Ahora sé que no será así, que no cesará con el último judío, sino con el último lector, el último escritor, el último músico, el último científico, el último hablante. Si Israel cae, la sharia se impondrá en el estilo Pol Pot, con la colaboración de los mismos que miraron con simpatía a los jémeres rojos, víctimas del imperialismo y otras majaderías. Si Israel cae, habrá un Reich de mil años, un terrible retorno a las edades oscuras».

No puedo dejar de pensar en sus palabras en este aniversario.