El pretexto para la matanza fue el asesinato de un diplomático alemán, Ernst Vom Rath, a manos de un joven judío en París el 7 de noviembre de 1938. La propaganda nazi lo instrumentalizó para desencadenar un nuevo pogrom en Alemania la noche del 9 al 10 de noviembre. Por supuesto, se pretendió que el pueblo obraba por propia iniciativa, pero el aparato del Estado y el partido nacionalsocialista, valga la redundancia, estaban detrás de las instrucciones cursadas a la policía, las SA, las juventudes hitlerianas y los demás cuadros del partido: había que atacar a los judíos de modo que pareciese espontáneo. Por toda Alemania se rompieron los cristales de las sinagogas, de los locales y de las casas de los judíos. Unos 7 500 edificios sufrieron destrozos; entre ellos 267 sinagogas. Se saquearon tiendas y domicilios. Esa noche mataron a unos 90 judíos. En los meses posteriores, más de 30 000 fueron deportados a Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald. Muchos de ellos nunca regresaron. Las autoridades nazis condenaron a las comunidades judías a pagar una multa de 1 000 millones de marcos por la muerte del diplomático.
Sucedió hace 85 años, pero ese peligro no ha desaparecido por completo de Europa. En nuestro continente -el continente que vio el ascenso del comunismo, el fascismo y el nacionalsocialismo- el antisemitismo ha adoptado nuevos rostros para perpetuar los viejos odios. Los estereotipos del judío infanticida – la infame acusación medieval del “crimen ritual”- se ha revestido con el ropaje del israelí que mata niños. Por toda Europa, en las manifestaciones que se pretenden “propalestinas” se corean lemas que mencionan una Palestina “desde el río hasta el mar”, lo que implica la desaparición del Estado de Israel. En algunas de esas protestas -por ejemplo, en Londres- los asistentes ondean banderas de Al Qaeda y de Hizbolá. De nada sirve advertir que es Hamás quien emplea como escudos humanos a su propia población. Es inútil recordar que Hamás ha utilizado los fondos de la Unión Europea para construir túneles desde los que atacar Israel con cohetes y misiles. Es en vano señalar que Hamás ha situado los puestos de observación, las lanzaderas, los centros de mando y los arsenales junto a hospitales, colegios y edificios de viviendas. La confusión moral llega hasta el punto de justificar la matanza de más de 1 200 israelíes, el secuestro de unos 240 y las heridas de diversa gravedad a más de 3 400 so pretexto de “la ocupación”. La vieja retórica de la Guerra Fría -Israel como Estado ocupante, colonial, racista- se ha cruzado con los viejos tópicos del judío infanticida, inhumano y cruel.
Así, 85 años después de la Noche de los Cristales Rotos, en las mismas ciudades europeas en que se hacen votos para que nada así vuelva a suceder nunca, las sinagogas necesitan protección y los judíos viven amenazados. Se señalan sus casas. Deben ocultar su identidad. Se los culpa de la muerte de civiles palestinos mientras se soslaya la muerte de civiles israelíes y se silencia la responsabilidad de Hamás por unas y por otras. Quizás, mientras estas manifestaciones a favor de Hamás y estas amenazas contra los judíos persistan, sería más prudente guardar silencio sobre ese compromiso de que “nunca más” se repetirá algo como la Noche de los Cristales Rotos. Mientras en Francia, en Alemania, en los Países Bajos, en Bélgica y en otros países europeos -con la sola excepción de Hungría- los judíos vivan con miedo, tal vez sería más adecuado hablar menos y trabajar más contra el antisemitismo; por ejemplo, ilegalizando las organizaciones de extrema derecha, extrema izquierda, islamistas y yihadistas dedicadas a propagar el odio a Israel, es decir, el odio al Estado judío democrático o, por seguir a Pierre-André Taguieff, al judío entre los Estados.
En España, en colegios, institutos y universidades, a alumnos judíos e israelíes se los ha señalado, acosado y agredido. Esto debería llenarnos de indignación y vergüenza. Más aún debería avergonzarnos e indignarnos el silencio, cuando no la complicidad, de las autoridades educativas que deberían prevenir y castigar el antisemitismo en lugar de permitir el adoctrinamiento y la incitación al odio contra Israel, los israelíes y los judíos.
Para vergüenza de nuestro continente, a 85 años de la Noche de los Cristales Rotos, ser judío en Europa sigue siendo sinónimo de vivir amenazado.