Opinión

Reemplazar las leyes de la naturaleza

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Lunes 18 de agosto de 2025

Hay un diálogo en «Mr. Jones» (2019), la magnífica película de la directora polaca Agnieszka Holland (1948) en torno al Holodomor y la vida del periodista Gareth Jones (1905-1935), que resume el horror del siglo XX y tal vez de toda la modernidad. Gareth Jones se ha infiltrado en Ucrania y recorre una de las comarcas arrasadas por la hambruna. Llega a una población en la que los bolcheviques reparten algo de alimento. La gente hace cola y se pelea por lo poco que se les entrega. Jones mantiene una breve conversación con una mujer. El periodista empieza preguntando:

— ¿Qué ha pasado aquí?

— ¿Qué crees que ha pasado? Nos están matando. Se han ido millones.

— ¿Millones?

— Los hombres llegaron y creyeron que podían reemplazar las leyes de la naturaleza.

«Los hombres llegaron y creyeron que podían reemplazar las leyes de la naturaleza».

Tal vez de todos los intentos de reemplazar a la naturaleza, de doblegarla hasta el punto de desecar el mar de Aral,el más decisivo fuese la Unión Soviética. No se trataba sólo de dominar las fuerzas de la naturaleza, sino de torcer la naturaleza humana y sustituirla por otra construida desde el Estado. El «homo sovieticus» reemplazaría al ser humano que hasta entonces había sido artífice de la historia. Para él, se construirían nuevas ciudades, nuevos parques, nuevas casas adaptadas a las necesidades del proletariadotal como las identificaba el -mejor dicho, las establecía- el poder del Estado.

Leo un breve pasaje del deslumbrante libro «El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido» (Galaxia Gutenberg, 2021) del profesor Karl Schlögel (1948). A propósito de la vivienda soviética, escribe que «a la hora de reconfigurar el viejo mundo, había algo que no podía faltar: la luz. La electrificación se había convertido en el barómetro de la modernización y "la lámpara de Ilich", como se llamaba a la bombilla, en el símbolo por antonomasia que llevaría a Rusia de la oscuridad al esclarecimiento». La tradición, fruto de siglos de historia y fe, se convertía en un problema. «Para los proyectistas de estos nuevos interiores, los iconos religiosos eran un verdadero estorbo. Se fabricaban y se vendían por millones en el país ruso-ortodoxo, y naturalmente también siguieron circulando después de la Revolución. Pasó mucho tiempo hasta que su rincón fue sustituido por el "rincón de Lenin" con imágenes de líderes del partido, literatura marxista, gramófonos o radios. El icono era "el archienemigo en el campo de batalla del frente doméstico", situado en el punto central de cualquier casa rusa: "el "rincón bonito". El culto a los iconos, es decir, besarlos, se denunciaba como método de transmisión de la sífilis, la tuberculosis, la difteria y la escarlatina y Maiakowski escribió en contra de esas figuras antihigiénicas. La desaparición del antiguo rincón de los iconos y su transformación en un rincón de Lenin tuvo gran importancia».

Todos los totalitarismos han tratado de erradicar la fe, de reescribir la historia y de reemplazar las leyes de la naturaleza. Los comunistas creían conocer mejor que los propios campesinos lo que convenía al campo, mejor que los ganaderos lo que convenía al ganado y mejor que los agricultores lo que mejoraría la producción agrícola. El uso político de la ciencia y la tecnología, al servicio del poder y no al servicio de los seres humanos, provocó catástrofes, que la propaganda, la censura y la violencia trataron de silenciar.

«Los hombres llegaron y creyeron que podían reemplazar las leyes de la naturaleza», dice esa mujer famélica al periodista que descubriría el Holodomor al mundo. Walter Duranty (1884-1957), director de la oficina del New York Times en Moscúentre 1922 y 1936 escribió para desacreditar a Jones atribuyéndole una exageración: "En realidad, no hay carestía de alimentos ni hambre, pero las muertes por mala alimentación son habituales. Si el grano se malogra por condiciones climáticas, como sucedió en 1921, Rusia se arriesgará a la hambruna. Si no, las actuales circunstancias serán rápidamente olvidadas".

El comunismo -y, en general, los totalitarismos- no sólo declaran la guerra a la naturaleza y a la fe, sino también a la verdad. De ahí el poder que les da la mentira, la propaganda, el adoctrinamiento y la censura. De ahí su dependencia de controlar el discurso, el lenguaje, la difusión y la recepción de los mensajes. De ahí, en fin, el terror que les inspira que la gente sepa lo que realmente sucede y la necesidad de ocultar los hechos con distracciones, tergiversaciones y "opiniones de expertos" al servicio del partido.De ahí el miedo que les inspiran los poetas libres.

Hace unos días, alguien me preguntaba si de verdad creo que seguimos viviendo a la sombra del «siglo soviético». Sí, lo creo. El primero de los totalitarismos fue también el más influyente y el que ha demostrado mayor capacidad de adaptación y supervivencia. Su presencia puede trazarse en el discurso «woke», cuya guerra contra la naturaleza es despiadada, y ha impregnado de tal modo nuestro tiempo que la función que antes tenía un artículo en Pravda la desempeña hoy un mensaje de un «influencer» en los medios sociales. La pretendida protección del medioambiente ha terminado llevando a la ruptura del delicado equilibrio entre ser humano y ecosistema. Siglos de formas de vida tradicionales han desaparecido o están en peligro de extinción por políticas ambientales decididas en despachos de burócratas. Se sigue intentando erradicar la religión del espacio público o, peor aún, adaptarla a lo que uno u otro político desean. En España, donde la Iglesia católica sufrió una persecución religiosa atroz durante la II República y la Guerra Civil, sigue vivo el viejo anticlericalismo que pretende silenciar la fe católica o, peor aún, someterla a la conveniencia política.

La sombra del siglo soviético sigue siendo alargada.