Sucedió a comienzos de septiembre de 1937. Stalin firmó la lista de los intelectuales bielorrusos a los que había que matar. El documento tenía algo más de cien nombres. El NKVD local añadiría algunos más. La orden llevaba otras signaturas: Molotov, Kaganovich, Voroshilov y Yezhov, es decir, los miembros del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, también conocido como el Politburó. Sus integrantes eran los tipos más peligrosos de la URSS. Se trataba del máximo órgano ejecutivo del Partido Comunista de la Unión Soviética. Tenían poder de vida y muerte sobre más de ciento cincuenta millones de ciudadanos soviéticos.
Sin embargo, el Politburó estaba descontento. Desde la primavera de aquel año, sus intentos de controlar los comités nacionales de los partidos comunistas de las repúblicas soviéticas encontraban cierta resistencia. La lucha por el poder venía enfrentando a los miembros del Politburó con las élites comunistas nacionales. Desde Moscú, entre 1935 y 1936, se había ordenado la “verificación” de los carnés del partido, es decir, se habían depurado de los elementos opositores al poder central. Cuenta Robert Conquest en “The Great Terror. Stalin´s Purge of The Thirties” que, en Bielorrusia, Yezhov había expulsado a la mitad de los afiliados, aunque no sin la oposición de los cuadros locales. De eso se trataba al fin: la tensión tenía una componente nacionalista. Los comunistas bielorrusos veían la influencia de Moscú como una injerencia.
En marzo de 1937, Stalin encargó al comunista bielorruso Sharangovich hacerse con el poder en la república y acabar con la resistencia de sus compatriotas. Se encontró con una resistencia decidida, que encabezaba Goloded, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Cuando Goloded cuestionó la práctica de la “verificación” desenmascarando, de algún modo, a los moscovitas, todo saltó por los aires. En junio de 1937 Gueorgi Malenkov llegó a Minsk con instrucciones de acabar con la cúpula local. A Sharangovich, por cierto, le fue bastante mal: lo detuvieron en julio de 1937, lo procesaron junto a otros líderes caídos en desgracia -el famoso Tercer Juicio de Moscú entre el 2 y el 13 de marzo de 1938- y lo mataron el 15 de marzo en ejecución de sentencia.
Más le convenía a Malenkov no fallar.
El método empleado para quebrantar la resistencia de los bielorrusos nos resulta conocido: acusaciones de espionaje, detenciones, juicios farsa y muertes dudosas- algún fugado muerto a tiros, algún suicidio- y condenas a muerte ejecutadas de inmediato. Sin embargo, el plan de Stalin no consistía sólo en acabar con los políticos díscolos, sino en el exterminio de la élite intelectual bielorrusa. Se trataba de acabar con todos aquellos que pudiesen inspirar o liderar una resistencia nacional. Los nombres de quienes iban a morir estaban en esa lista que Stalin, Molotov, Kaganovich, Voroshilov y Yezhov firmaron en septiembre de 1937.
Las acusaciones de espionaje se dispararon. Malenkov y los suyos veían saboteadores, traidores y espías polacos por doquier. Bastaba una voz de desacuerdo o una veleidad patriótica para hacerse sospechoso de cosas disparatadas. No importaba la verdad, sino el pretexto para la detención. A veces, ni pretexto hacía falta.
Entre los nombres de aquel listado siniestro había escritores como Platon Halavach, y críticos literarios como Yakau Branshteyn. Había pedagogos y educadores como Ihnat Afanaśjeŭ y Alaksiej Kučynski. No faltaba ni un geógrafo (Sciapan Marhiełaŭ) ni un poeta en yiddish (Aran Judelson). Abundaban los profesores, los políticos y los periodistas. También había varios poetas como el célebre Julij Taŭbin. La noche del 29 al 30 de octubre de 1937 los mataron a todos de sendos tiros en la nuca en la “Amerikanka”, la cárcel de presos preventivos que el Comisariado del Pueblo para Asuntos Especiales, el terrible NKVD, tenía en Minsk.
Bielorrusia nunca se recuperó de esta pérdida. No sólo sufrieron los intelectuales. Decenas de miles de bielorrusos acabaron muertos o deportados. Esta forma de destruir a las resistencias nacionales se dio en todo el espacio soviético. El caso ucraniano sea tal vez el más conocido, pero se dio también en Bielorrusia, en el Cáucaso, en el Asia Central… Por supuesto, en la represión participaban miembros de los partidos comunistas de las distintas repúblicas, que se ponían al servicio de Moscú a cambio de cierto poder local. Muchos acabaron, a su vez, purgados.
Esta noche se conoce como La Noche Negra o La Noche de los Poetas.
Hoy esta columna la recuerda.