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Sacar la lengua

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 26 de abril de 2010, 21:21h
De nuevo nos sacan la lengua. Podría parecer a primera vista una broma o, quizás, una solemne estupidez parida por el descerebrado de turno, pero en esta descabalada España, en la que son posibles las mayores aberraciones, resulta que es absolutamente cierto: los nacionalistas, con el indispensable apoyo del PSOE, van a conseguir que mañana el Senado apruebe una reforma del Reglamento, en virtud de la cual se podrán utilizar, tanto en Pleno como en comisiones, todas las lenguas regionales que son cooficiales en alguna de las comunidades autónomas. Como si la Cámara Alta española se hubiera convertido de pronto en un ridículo remedo o parodia de la ONU, a los senadores se les dotará de los correspondientes aparatos para que puedan seguir en el idioma preferido las intervenciones de sus colegas y, para lograrlo, la alta institución se dotará de un sistema de traducción simultánea y del correspondiente cuerpo de intérpretes. ¿Alguien puede creer que así se “protege” a las lenguas regionales?

No es difícil adivinar que las fotografías de los senadores españoles haciendo uso de sus auriculares para escuchar y entender a los senadores catalanes, vascos, valencianos y gallegos que utilicen sus lenguas regionales (o a ellos para “entender” el español) darán la vuelta al mundo y ocuparán las primeras páginas de los periódicos. Y no resulta tampoco difícil imaginar la sorpresa, la incredulidad, la sorna y hasta las carcajadas de que se harán eco los comentarios mediáticos. El país donde nació la lengua que hoy hablan casi medio millar de millones de habitantes del planeta y que, como ha demostrado el filólogo Ángel López García, es la koiné o lengua común de toda la península, al menos desde el siglo XIII, desprecia olímpicamente ese común patrimonio y se cisca en el artículo 3 de la Constitución, según el cual la ÚNICA lengua oficial en el conjunto del Estado es el español, como se la conoce en todo el mundo, o castellano, como se dice por aquí por aquello de lo políticamente correcto, porque ”España” o “español” son términos a evitar. Y es que más que favorecer a las lenguas que son cooficiales en y solo en ciertas comunidades autónomas, de lo que se trata es de erosionar un poco más a esa única lengua oficial de todo el Estado.

Los pretextos utilizados para justificar semejante contradiós –como eso de que el Senado es la cámara de representación territorial o de que se trata de “proteger” a las lenguas regionales- no soportan el análisis más somero. Nos hallamos ante una nueva fase de la guerra de las lenguas, quizás la más grave de todas, que ha tenido como episodios más sonados la imposibilidad de los padres de elegir la lengua en que desean que sus hijos sean educados o las multas para quienes rotulen sus tiendas en español, pero no en chino o en inglés. Los procesos de “construcción” (término bien expresivo porque solo se construye lo que no existe todavía) de naciones (Ortega y Gasset las llamaba “nacioncitas”) se aferran a la lengua como máximo signo identitario, lo que es un grave desvarío ya que desnaturaliza la propia esencia de la lengua, que es un instrumento de comunicación y entendimiento, pero no de enfrentamiento. Los nacionalistas se esfuerzan en erradicar en sus territorios el bilingüismo natural y secular y condenan al ostracismo al español que, les guste o no, ha sido desde hace siglos tan “lengua propia” de aquellas regiones como las que ahora son ALLÏ (y sólo allí) co-oficiales. En contrapartida, intentan implantar el plurilingüismo en las instituciones del Estado en las que sólo es y debe ser oficial el español o castellano, según la letra y el espíritu de la Consstitución.

Este movimiento no es casual ni gratuito, ya que forma parte integrante de la estrategia de exclusión y división que viene practicando el PSOE desde hace seis años. Se trata se generar problemas que, por su enormidad, provocan necesariamente el rechazo de una parte importante de la población y, en el plano político, producen lógicamente la oposición del PP, lo que, según ese diseño, le aísla y le condena al maldito reducto de la reacción. De eso se trata porque nos hallamos ante un elemento más del famoso “cordón sanitario”. El PSOE ha renunciado claramente a su carácter de partido “nacional” y ha encontrado en la alianza con los nacionalismos la varita mágica que puede detener la hemorragia de votos que sufre por su incompetencia como partido gobernante. Al servicio del objetivo de ganar las elecciones, vale todo, incluidas la indignidad y la aberración.

El idioma español está en baja en muchas instituciones internacionales por la desidia oficial y el Gobierno no se preocupa ni poco ni mucho ni nada por la presencia de nuestra lengua en esos foros, a diferencia de lo que hacen países con lenguas menos importantes, como Italia. La defensa que se hace en esos ámbitos por parte del Gobierno español de las minoritarias lenguas regionales, mientras se descuida la defensa del español, deja boquiabiertos a quienes piensan que estaríamos orgullosos por poseer una de las pocas lenguas universales que existen. Pero España es especialista en tirar piedras contra su propio tejado. Hay que ahorrar, es el falaz pretexto. Pero no hay obstáculos para montar un innecesario sistema de traducción simultánea en el Senado. Sobra el dinero, por lo visto, en este país arruinado, si se utiliza contra lo español. Nos están “sacando la lengua” que, como todo el mundo sabe y ratifica el DRAE, es un gesto para burlarse del alguien. Y es que este Gobierno y sus socios se están burlando impunemente de todos nosotros.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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