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CAMBIAR LAS VÍAS ILEGALES POR LAS LEGALES

Cine e Internet: ¿Cuáles son las barreras que fomentan el tormentoso ‘ni contigo ni sin ti’?

sábado 10 de marzo de 2012, 19:44h
La tormentosa relación entre la industria del cine y su posible distribución a través de Internet no deja de alentar debates en los que defensores y detractores del cine libre en la Red arrojan no pocos argumentos válidos. ¿Qué debe cambiar para generalizar el uso de Internet como vía de acceso a contenidos audiovisuales de forma legal? ¿Qué precios son los adecuados para conciliar al consumidor acostumbrado a la gratuidad sin hundir la industria? ¿Qué plazos pueden llegar a alcanzarse? Algunos de los principales actores de este diálogo constante ponen las cartas encima de la mesa para EL IMPARCIAL.
Industria del cine, Internet, presente y futuro. Estos cuatro conceptos, en sus distintas combinaciones y puestos en boca de según qué persona, han levantado más de una ampolla entre consumidores, productores y emprendedores de un arte tan popular como sometido a la ley de la oferta y la demanda. La última vez, fue el propio presidente de la Academia de Cine quien invocó al fantasma de la discordia con su discurso de la gala de los Goya. “Internet no es aún una alternativa”, dijo González Macho, encendiendo las antorchas de quienes viven en ‘la nube’ y apuestan por la cultura global, y arrancando el aplauso de aquellos que no despegan los pies del suelo ni la mirada de los inevitables números.

La complejidad del problema se enreda sobre tres pilares. De un lado, una industria cuyos cimientos beben de la cultura y el arte, eternamente cuestionada como modelo de negocio acogido a las leyes del mercado y rígida en sus planteamientos y sus fases de explotación. De otra parte, un consumidor acomodado en la idea de la gratuidad por encima de todo –a veces, incluso, de la calidad- y con el ‘aquí y ahora’ como Dios postmoderno. Entre ellos, la virtuosa monstruosidad de Internet, un juego cuyas reglas se van conociendo según se avanza.

¿Por qué parece que el negocio del cine e Internet no terminan de hacer las paces? Algunos de los principales involucrados en esta relación de amor-odio desvelan para EL IMPARCIAL las cuestiones fundamentales.

La piratería: ¿Causa o consecuencia de una reacción tardía?
España se coloca en los puestos más altos de cada ranking mundial de descargas ilegales en Internet. Con este argumento, la industria cinematográfica se ha mostrado públicamente herida por el daño que ha ocasionado la Red a sus cuentas. ¿Son estos altos índices de piratería una zancadilla para la expansión de la industria cinematográfica en Internet? O, por el contrario, ¿la tardía reacción del cine a los cambios tecnológicos ha llevado a cavar un profundo hoyo de tráfico digital ilegal?

En opinión de Juan Carlos Tous, director una de las plataforma españolas de cine online más pioneras, Filmin, “la adaptación de la industria ha sido tardía y eso puede tener algo que ver” con el alto índice de piratería en España.

En este sentido, Filmin supo situarse en una buena posición en la línea de salida, orientándose a un nicho de mercado muy concreto: el cine independiente. Cubren, así, una de las principales motivaciones –a parte de la gratuidad- de los internautas para recurrir a la descarga ilegal: el acceso a contenidos que no llegan al consumidor por los cauces (legales) tradicionales.

Sin entrar en el debate de si fue antes el huevo o la gallina, llegan los suecos y le dan la vuelta a la tortilla, demostrando que hay vida más allá de Ikea. Esta misma semana ha empezado a funcionar en abierto la plataforma Voddler –después de unos meses calentando motores en fase beta-, que abre su quinta expansión de negocio en España tras conseguir más de 1.3 millones de usuarios en los países escandinavos. Según su vicepresidente de Comunicación, Anders Sjöman, “la tasa de piratería española es un punto positivo para hacer negocio porque demuestra que la gente aquí quiere ver cine en Internet, sólo hay que cambiar las vías ilegales por las legales”.

Inmediatez: ¿Existe? ¡Lo quiero!
La irrupción de Internet en las formas de consumir y demandar productos fílmicos se parece a la llegada de un nuevo miembro a una familia perfectamente organizada: hace falta espacio, diálogo y redistribución de las tareas.

Desde la aparición del VHS en los setenta, la cadena de explotación de las películas se ha mantenido inalterable, rígida, con un orden en el que cada eslabón estaba a gusto con su parte del pastel. Salas de cine, VHS -luego sustituido por completo por el DVD y el Blue-Ray-, televisión de pago y televisión en abierto se han pasado de mano en mano los productos cinematográficos durante décadas. Y ahora llega Inernet y pide un hueco. La cuestión es, ¿dónde? o, mejor, ¿cuándo?

“Lo peor que ha sucedido en España es que la gente ha llegado a creer que una película, en el momento en que está terminada, se puede tener en casa”, explica Pedro Pérez, presidente de la Federación de Asociaciones de Productores Audiovisuales Españoles (FAPAE). “Los plazos no pueden desaparecer por la llegada de Internet”, opina.

Actualmente, la media de tiempo entre el estreno de una película en salas y su disposición en las plataformas de cine online existentes es de tres o cuatro meses. Según el director de Filmin, los plazos se van acortando poco a poco, pero ante la impaciencia de un consumidor acostumbrado al visionado de películas en su ordenador el mismo día de su apertura en salas, Tous lo tiene claro: el estreno simultáneo no va a llegar. “Esto es un modelo que no existirá, porque las películas se hacen para nacer en pantallas grandes”, defiende el también dueño de la distribuidora de cine independiente Cameo Films, para quien cada película responde a unos tiempos distintos, dependiendo de su rentabilidad en salas.

Como representante de los productores, Pedro Pérez sí vislumbra la posibilidad de que Internet exhiba la película desde el primer día en cines, pero “creando una política de precios” para que “a la gente le siga resultando atractivo ir a las salas”. El presidente de FAPAE aboga por equiparar la entrada individual que el consumidor paga por entrar a una sala, con un precio más elevado, “en torno a 30 euros”, por ver una película online, puesto que este medio ofrece la posibilidad de un visionado colectivo.

Para el portavoz de Voddler, sin embargo, “ver una película en cine y verla en Internet son experiencias muy diferentes”, de modo que “una cosa no interfiere en la otra” y, por tanto, “las plataformas online no van a robar clientes a las salas, sino sumar espectadores a las películas”.

El negocio de los suecos “puede ser muy legítimo”, según Pérez, pero se plantea una pregunta: “¿Quién paga la película?”. Según el presidente de FAPAE, “no hay que olvidar que la industria cinematográfica tiene un coste de producción muy caro”, una inversión que deben recuperar “quienes han hecho la película para poder hacer la siguiente, y no otros”.

Monetarización: ¿Qué aporta Internet a todo este proceso?
Para Pedro Pérez, el panorama no ha cambiado significativamente, puesto que él puede mantener el mismo discurso “desde hace cinco años”: “Se podrá hablar de negocio del cine en Internet cuando un productor pueda financiar parte de su película con lo que ésta recauda en la Red”.

Los nuevos negocios online buscan la fórmula perfecta para ofrecer un producto atractivo a un consumidor habituado a la gratuidad y, a la vez, poder cuadrar sus balances a final de mes. Con modelos mixtos que combinan la tarifa mensual por inscripción (entre 7 y 10 euros), con el pago único para las películas más nuevas (nunca más de 4 euros) y la gratuidad de contenidos con algunos minutos de publicidad al comienzo (en el caso e Voddler), las plataformas de cine online no terminan de alcanzar una aportación significativa al total del negocio.

“Internet no representa aún unos ingresos importantes para las productoras, por lo que tienen que recurrir a otras vías de financiación para las películas”, explica Juan Alía, director de la plataforma Filmotech, un proyecto lanzado por la Entidad de Gestión de los Derechos Audiovisuales (EGEDA) en 2007. Por este motivo, las productoras todavía prefieren vender los derechos a las distribuidoras o a las cadenas de televisión, que confieren un retorno más significativo de la inversión.

El pulso del poder: no es lo mismo industria que cultura
“La Red es la herramienta ideal para conseguir un acceso global a los contenidos”, señala Alía. El director de Filmotech incide en las potencialidades de Internet como medio de distribución, pero advierte que, como tal, termina sometido también al sistema de derechos de distribución y emisión preexistente.

En este punto, resurge uno de los debates más antiguos en torno, no solo al cine, sino también a la literatura, la música y todas las actividades humanas englobadas bajo la ambigüedad del concepto de ‘industrias culturales’. El cine-cultura pasaría por el argumento de la globalidad, del ‘a cuanto más gente llegue, mejor’, un panorama que no podría ser más concordante con la filosofía de la world wide web. Por contra, para el cine-industria, el margen de beneficio dicta las órdenes.

Ninguna de las dos caras de la moneda puede negar a la otra. Lo que sí se advierte, según los involucrados en este proceso de transformación de la industria cinematográfica, es una divergencia en este sentido entre las productoras independientes, menos pegadas al modelo dominante de mercado y más proclives a ceder sus contenidos a los distribuidores online, y las ‘majors’, los grandes imperios estadounidenses que controlan el mercado y tantean el negocio en busca del mejor postor.

Juan Carlos Tous, al frente de un negocio centrado en el, quizás mal llamado, cine de autor, asegura que Filmin ha llegado a ofertar a los internautas una película el mismo día de su estreno en salas. Desde el extremo más comercial, Voddler confirma la tendencia. A pesar de tener acuerdos de contenido con grandes estudios como Warner, Disney, Paramount o Sony, el portavoz de la recién estrenada plataforma afirma que estas empresas no ceden los derechos antes de cuatro meses desde el estreno, mientras que “las productoras independientes son las que ponen más ganas” por el afianzamiento de la Red como espacio natural del consumo cinematográfico.

¿Solución salomónica?
Lo que es innegable es que la Red es, cada vez más, una apuesta de nuevas formas de negocio. En España, los ojos están ahora puestos en Youzee, una nueva plataforma de contenidos en fase de prueba que abrirá previsiblemente sus puertas al público en el segundo trimestre del año. “Internet lleva siendo el presente mucho tiempo ya”, opina Manuela Bailo, directora de comunicación de Youzee. “La cuestión es que hace falta que cada vez más emprendedores apostemos por los nuevos modelos de distribución de contenidos” y que “poco a poco, las distribuidoras vayan ofreciéndonos nuestro propio espacio”, alega.

El diálogo entre las partes se dibuja como la única solución viable para que las nuevas vías de mercado se adapten a las necesidades de consumidores y productores, el triángulo productoras-distribuidoras-exhibidoras gane en flexibilidad y renuncie a la actual demonización de Internet y el espectador asuma las reglas del nuevo juego.

Entre tanto, tal y como señala el presidente de FAPAE, se podría sumar un cuarto y peliagudo agente al debate: las compañías ofertantes de ADLS. “Internet no es gratis”, recuerda Pedro Pérez. “La gente paga por tener banda ancha para descargarse películas. ¿Quién cobra ese dinero? De nuevo quienes no son dueños de los contenidos”, expresa, insinuando la controvertida posibilidad de que, igual que las cadenas de televisión deben invertir en cine puesto que después se benefician de esos productos cinematográficos, las mastodónticas operadoras de Internet también lo hagan. “Estas compañías deberían participar en el coste de los contenidos que luego descargan sus clientes, ¿de qué manera? Habría que regularlo, pero no pueden cobrar por lo que no es suyo”, sentencia Pérez.

¿Inserción de Internet como ventana de explotación de los productos fílmicos dentro del esquema ya existente? ¿O ruptura de un modelo que se ha mantenido firme durante más de cuatro décadas por la llegada de un eslabón demasiado fuerte? La solución parece estar a medio camino.
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