centenario del nacimiento del filósofo
Antonio Rodríguez Huéscar: la vida en el horizonte de la verdad
jueves 12 de abril de 2012, 20:20h
Este viernes se cumplen cien años del nacimiento de Antonio Rodríguez Huéscar, discípulo de Ortega y ejemplar filósofo.
Nació en Fuenllana, un pueblecito de Ciudad Real, el 13 de abril de 1912. Se cumplen cien años de su nacimiento. Pero esto es solo un pretexto para hablar de él, para hablar de Antonio Rodríguez Huéscar, para hablar de un filósofo.
No parecía destinado a la filosofía. Probó con la medicina, con la arquitectura, con la pintura. Hasta que se topó en la Universidad de Madrid con Ortega y Gasset, y su suerte quedó echada. Atravesó la guerra como soldado de la República. Resultó herido de metralla. Se refugió en su tierra, donde vivió modesta y laboriosamente como profesor de instituto. Cuando tras accidentado exilio Ortega volvió a España en 1945, Rodríguez Huéscar se trasladó a Madrid para enseñar filosofía en el Colegio Estudio, cerca de su maestro y amigo. Y llevó la vida que podía llevar: la de exilio interior.
En 1956, muerto Ortega, se marchó a la Universidad de Puerto Rico, iniciando así un segundo exilio, no menos penoso y duro: su exilio exterior. Ya jubilado, en 1972, volvió a España, de donde su corazón nunca se había ido. Murió en 1990 dejando tres hijas, una obra filosófica, no muy extensa, coherente con su vida, sin concesiones, responsable, y una excelente e inquietante novela, Vida con una diosa, mezcla de realismo mágico y misterio.
Rodríguez Huéscar se tomó a Ortega en serio. Lo admiró como escritor, como orador, como maestro. Se dejó, como tantos otros, encantar por su estilo. Pero no se quedó en él. Supo ver detrás de la metáfora el concepto; detrás del artículo y el ensayo, un sistema de filosofía. Y trabajó toda su vida para someterlo a rigurosa arquitectura, descubriendo las conexiones y trabando las piedras labradas en la inagotable cantera del pensamiento orteguiano
Se tomó a Ortega en serio cuando era políticamente incorrecto, académicamente, poco rentable, y socialmente, expuesto. Y siguió tomándoselo en serio, filosóficamente en serio, cuando se volvieron las tornas y empezó a estar bien visto hablar de él siempre que fuera frívolamente, con vana veneración o previa heterodoxia, para pasar a otra cosa, utilizándolo para algo.
Lo hizo de la única forma que es posible hacerlo: entendiéndolo y haciéndole preguntas comprometidas. Por ejemplo: ¿qué es la verdad? ¿qué es eso de que «la verdad es la coincidencia del hombre consigo mismo»? La verdad era para él, en efecto, la cuestión decisiva. La verdad en la historia, la verdad en el arte, la verdad en la ficción, la verdad en la política. La verdad acerca de Ortega...
Por la verdad se hizo profesor de filosofía; o, mejor, «profeso» —con todas las renuncias que esto conlleva, especialmente si no es para hacer «profesión de fe» sino de duda. Por la verdad no desdeñó el humilde nombre de «discípulo», no precipitándose, en aras de la «originalidad», a cometer parricidio. Por la verdad vivió con entereza su deslucido exilio, que no se endosó como de oficio.
En un estupendo artículo de 1964 titulado «Filosofía y vía individual» escribía que la filosofía, la verdadera y auténtica filosofía, «se identifica con la vida individual del filósofo»; lo que suele contar como filosofía (publicaciones, facultades, congresos, ideas filosóficas difusas) no pertenece sino a lo que hay que llamar la «vida social de la filosofía», que «es algo que no es vida tenido por algo que no es filosofía». La vida individual (con sus prolongaciones interindividuales), la única realmente filosófica, no puede consistir, dice, sino en la identificación intelectual con la realidad (la definición clásica de la verdad), al menos como pretensión; porque el logro de dicha aspiración es siempre precario. Por eso lo más exacto es decir que la vida del filósofo es, debe ser, una vida «en el horizonte de la verdad». Nada más, nada menos.
Todo lo demás, la «originalidad», la «actualidad», la «visibilidad», son adherencias en el mejor de los casos indiferentes.
La originalidad o el éxito (tanto social como personal) no forman parte en modo alguno de la filosofía. En esto se diferencia del arte o la ciencia. El arte no original no es arte: es plagio. La ciencia no puede plantearse preguntas que no pueda resolver: el éxito le es consustancial. «El filósofo», dice Rodríguez Huéscar, «puede, y suele, pasar su vida entera sin haber encontrado o descubierto aquello a cuya búsqueda decidió consagrarla». Y no por ello deja de ser auténtico filósofo. Basta con que no se engañe, ni caiga en el irracionalismo. Basta con que reconozca su fracaso (que no es la pura ignorancia) y, reconocido este... se obstine a pesar de todo en hacer filosofía, explore vías nuevas (acaso no filosóficas) o se calle.
Y ¿qué decir de la originalidad? Al filósofo, cuando es auténtico, se le da por añadidura. Se le da precisamente porque no la busca. Por el mero hecho de vivir su vida en la verdad, que no puede ser por lo pronto sino su verdad, la verdad de su vida. Por eso la verdadera condición sine qua non para que haya filosofía no es la originalidad, ni el éxito, sino que sea posible y haya auténtica vida.
Rodríguez Huéscar no se hacía ilusiones: «Si no se encuentran los medios de neutralizar los efectos sobre el hombre de la socialización progresiva --y me estoy refiriendo aquí, como es obvio, a la 'socialización' de las conciencias y no a la de los bienes materiales--, yo no vacilaría en pronosticar la desaparición completa de la filosofía a no largo plazo»... ¡Y todavía se vivía inocente e ignorante de «Bolonia»!
La de Rodríguez Huéscar no es una figura más para la memoria y el homenaje. Su obra, por desgracia tan poco conocida, no reclama reivindicación ni justicia.
No, no es su obra la que reclama; somos nosotros, los que amamos y necesitamos la filosofía, los que reclamamos. Porque podemos permitirnos olvidar una conmemoración más. ¡Son tantas las que se nos imponen, con justificación o sin ella! Pero no podemos permitirnos olvidar una obra como la de Rodríguez Huéscar. No se lo debemos, nos lo debemos. Porque su lección de vida filosófica, de vida sin más, no la hemos aprendido.
El centenario de su nacimiento es solo un pretexto, una ocasión para llamarnos a la sensatez, para recordarnos, en medio de la enmarañada selva en que vivimos, algunas de las cosas, y gentes, de verdad importantes.