El poder de la mirada
La malla es bella
miércoles 09 de mayo de 2012, 08:14h
Una conocida marca de ropa acuñaba hace algunos años un slogan publicitario que causó fuerte impacto entre la gente más joven. “La arruga -se decía- es bella.” Pues bien, lo mismo podríamos decir hoy de la singularísima y comprometida obra de Manuel Rivera, uno de los artitas nacionales más sobresalientes de la segunda mitad del siglo pasado. Manuel Rivera, junto a Manuel Ángeles Ortiz -aunque éste nacía en Jaén, su vida personal y artística está indisolublemente ligada a la ciudad de la Alhambra- y el expresionista José Guerrero, son las tres principales puntales de las vanguardias oriundas de Granada, pero de reconocimiento internacional. De aquí la pertinencia de la bellísima retrospectiva de treinta y cuatro obras que se exhibe, con el título De Granada a Nueva York 1946-1960, en el Centro José Guerrero.
Rivera formó parte de uno de los colectivos más señalados del arte español de la segunda mitad del extinto siglo XX, al ser uno de los fundadores en Madrid, en el año 1957, del ya mítico grupo conocido como El Paso. En su aventura le acompañarán otros artistas, como Antonio Saura, Manuel Millares, Luis Feito, Rafael Canogar, Antonio Suárez, Juan Francés y Pablo Serrano, junto a los críticos Manuel Conde y José Ayllón. Adscrito, desde un primer momento, a lo que genéricamente se puede calificar como el informalismo, su vida y obra se decantó en seguida por dos características. La primera, no estrictamente artística, pero esencial para comprender el significado de su trabajo: su oposición al franquismo y su compromiso con la recuperación de las libertades. La segunda, como muchos otros de sus compañeros de entonces, su gusto por los elementos más sencillos, más pobres, más brut. Y así, mientras Tapies se movía entre arenas terrosas y superficies heridas, y Manuel Millares confeccionaba sus desazonadoras arpilleras, Rivera escogería un medio que dignificaría: las mallas metálicas. Unas mallas dotadas de fuerte carga expresionista y de inequívoca afirmación de lo íntimo. Compromiso, por tanto, moral y estético.
Las mallas metálicas de Manuel Rivera permiten diversos análisis. Unos, destacarían su solidez y ordenada construcción. Otros, su sentido más lírico y poético. Algunos, el sentido del equilibrio, aunque sea inestable, y esté trascendido de sombras inquietantes. Los más espirituales, la tridimensionalidad, donde las sombras de sus mallas se petrifican como partes integrantes del conglomerado metal. De casi todo se puede hallar, apuntaba el crítico Jaime Brihuega: constructivismo, poesía, estabilidad, sensualidad, brechas y oquedades, irisaciones y palpitos. Pero yo destacaría algo más: ni siquiera las más tupidas mallas ahogan y asfixian. No hay sensación de cerrazón irrespirable y de hermetismo opaco. Siempre pervive, incluso en las obras más densamente construidas, el aire regenerador y la luz aclaradora.
Pero antes de ser el Rivera que todos conocemos, Manuel deambuló, como tantos, por los obligados caminos del arte figurativo, con una especial predilección por el retrato. ¿Quizás pensaba parangonarse con el exquisito Rodríguez Acosta y el detallista Gabriel Morcillo? Sin embargo, tales atenciones duraron poco. Si hacemos caso a un recuerdo de infancia, nuestro hombre presagiaba, ya de niño, su afición por lo nuevo. Se cuenta que con seis años de edad realizaba un dibujo de un ramo de lilas. Pero hete aquí, que pronto agujeró el papel con toda una irrefrenable pléyade de orificios. Y algo todavía más llamativo: las incisiones se realizaban desde el reverso, como queriendo buscar un no se qué al otro lado, un universo no representado aún que luchaba por exteriorizarse. Una búsqueda, en ocasiones desesperada, le llevaría a destrozar literalmente los lienzos.
Ya sólo le quedaba dar un paso al inquieto probador. Una zancada que se concretaría, tras su estancia en París, por la elección de su elemento más definitorio y taumatúrgico: las mallas metálicas. Marisa Riera Navarro nos dejó testimonio de su encuentro: “Compré un rollo de tela metálica, la llevé al estudio, la contemplé durante días, y casi a ciegas comencé a trabajar sobre él. En ese momento comenzó mi aventura.” A partir de entonces, sus obsesiones no le abandonarían nunca: el espacio, la luz, el aire… La metamorfosis, como en el mejor Kafka, se había producido. La obra de arranque de sus emotivas mallas acogerá intencionadamente el mismo título de uno de sus trabajos más emblemáticos: Metamorfosis (1959). Unas mallas que, con el peso de los años, irán incorporando paulatinamente el color, a pesar de su predilección por el blanco y el negro, llevando a Rivera, como si de un artista veneciano del siglo XVI se tratara, a pintar en veladuras. Luego vendrían, sin solución de continuidad, sus series Espejos, Mandala, y, a partir de 1977, la incorporación de los más distintos objetos: collares, bocados de caballo, alambradas…. Rivera había alcanzado la plenitud que sólo da la libertad. Y así llegaban los Transparantes y Estorzuelos. La búsqueda, como seguramente le habría dicho Pablo Picasso, no tenía fin.
El propio artista nos dejaría escrito su testamento plástico: “A pesar de que mi obra suele clasificarse en el informalismo, dentro de la abstracción, yo nunca me he considerado un informalista puro, ni tampoco un pintor abstracto. No busco simplemente un equilibrio de formas y colores. Necesito algo más. Partir de una idea lírica o de un dolor, de una emoción.”