www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

presenta su segundo libro

Dani el Rojo, de atracador de bancos a ‘cuidador’ de famosos: "Hay finales felices"

viernes 11 de mayo de 2012, 18:11h
Diecinueve impactos de bala, tres puñaladas, unos 500 atracos -150 de ellos en bancos- y 14 años entre rejas . Este es el particular palmarés de Dani el Rojo, conocido como ‘El Millonario’, que mantuvo en jaque a las fuerzas policiales de la Barcelona de los ochenta y los noventa. Ex politoxicómano y ex atracador de bancos, Dani publica ahora la segunda parte de sus memorias, El gran golpe del gánster de Barcelona, tras el éxito de ventas de Confesiones de un gánster de Barcelona, ambas en colaboración con el guionista y escritor Lluc Oliveras. Ejemplo de reinserción y desintoxicación, Dani el Rojo trabaja ahora como “cuidador” de famosos como Bunbury, Calamaro o Rosario Flores, está felizmente casado y tiene dos hijos mellizos a los que desea “enseñar” además de querer, según reconoce en una entrevista con El Imparcial. Sin renegar de su pasado, reconoce sus errores y trata, con sus libros y sus charlas, de mostrar que se puede salir del agujero en un momento en que “la juventud lo tiene incluso más difícil” que en los setenta, cuando explotó el “sexo, drogas y rock and roll”. ¿Su mensaje? “Que hay finales felices; hay que currárselos, pero existen en la realidad”.
Tras su primera colaboración literaria con Lluc Oliveras, Confesiones de un gánster de Barcelona, vuelve a contar sus vivencias en un nuevo libro, de nuevo con él. ¿Por qué? ¿Qué le ha llevado a este nuevo trabajo?
En el epílogo de Confesiones…, la única parte escrita directamente por mí, puse que los lectores serían los que me dirían si querían que hubiera continuación o no. Los lectores me han comprado masivamente, así que supongo que sí la querían. Ésa es la causa oficial, por así decirlo. La verdadera es que este es el libro que quería contar, pero no podía explicar esto sin contar lo otro antes. Que una persona salga de la cárcel y se reinserte es más o menos normal; pero que una persona que haya pasado por todo lo que yo he vivido, tantos años de toxicómano y de delincuente, haya salido… eso es lo difícil y eso es lo que realmente quería contar.

Su ‘gran golpe’, al que se refiere este libro, no es precisamente un nuevo atraco…
Como se deduce del título, y para que lo sepan los lectores, en el libro sí se cuenta cómo se preparó y se dio un golpe, un gran golpe… pero para mí, el gran golpe es el cambio de timón, el giro total que hace mi vida y que se refleja en la novela.

En el anterior, contaba su juventud, su vida en las drogas y la delincuencia, su evolución desde que le quitaba dinero a sus padres hasta que empezó a planificar grandes atracos en bancos y joyerías, su paso por la cárcel… Ahora cuenta su reinserción, su rehabilitación… ¿Es quizá más duro hablar de esta segunda etapa que de la primera?
Totalmente. Confesiones… no me costó nada porque lo hice con la memoria retentiva, esos recuerdos que tenemos dentro y que te salen de golpe… lo fui soltando todo. En ese primer libro no hay reflexiones, son sólo hechos, historias de las que no me costó nada acordarme. Además, los seres humanos tenemos esa memoria selectiva que sólo guarda las cosas buenas, los malos momentos los vamos dejando a un lado.
Sin embargo, el segundo libro está narrado desde la memoria reciente y hay momentos muy duros. Por ejemplo, la muerte de mi hermano tras seis meses de leucemia, que es el dolor más grande que he sentido, y mira que tengo tres puñaladas y no sé cuántos tiros. Nada me ha hecho tanto daño como la muerte de mi hermano, pero hasta de eso trato de sacar una visión positiva, porque si yo en ese momento no caí de nuevo en la delincuencia y en la droga, creo que no volveré a caer nunca.



Siempre ha querido remarcar que no nació para ser un delincuente, que venía de una familia acomodada, en la que nunca le faltó de nada… ¿Sirve su caso para romper estereotipos?
Sí, creo que sí. En el primer libro tocaba mucho ese tema. Durante los ochenta hubo en España un ‘boom’ a nivel social y cinematográfico de ‘Toretes’, ‘Vaquillas’ y compañía, a los que subieron a categorías casi de héroes. Yo no es que esté en contra de ellos, pero creo que yo soy su antítesis. Yo no he crecido en un barrio marginal, me he criado en buenos colegios, mi familia no era millonaria, pero no necesitaba nada, mi padre trabajaba mucho e hizo dinero. Mis padres quisieron para mí lo que ellos no tuvieron: comida y educación. No todos los delincuentes hemos salido del mismo saco.

¿Cómo le lleva la vida por ese camino?
Viene por las circunstancias. El mundo entero es circunstancial. Si en el 75, cuando murió Franco, en lugar de 13 años hubiera tenido 20, a lo mejor las cosas hubieran sido distintas. Si hubiera sido ya una persona formada, a lo mejor no habría pillado así las drogas, por ejemplo; puede que hubiera probado algo, pero nada más, porque ya hubiera estado realizado como persona. Todo aquello me cogió en el momento en que te crees que eres un hombre y en realidad eres un crío, en plena pubertad, cuando todos odiamos a los mayores, a nuestros padres…

¿Influyó mucho, entonces, la convulsión social de los setenta y los ochenta que ha pasado ya a la historia, especialmente la de la Barcelona donde vivía?
Claro. Entre el 75 y el 80 tuvo lugar una apertura total y muy repentina de puertas y empezaron a entrar en España influencias anglosajonas y americanas en literatura, cultura o música. De golpe y porrazo, un chaval de 15 años empieza a escuchar a Lou Reed, Patti Smith, Rolling Stone o David Bowie, a los que veíamos como héroes y referentes… ¡y todos cantaban canciones explícitas sobre la heroína! A esa edad uno no tiene la capacidad de raciocinio para diferenciar entre esa idolatría y lo que era bueno para nosotros: tú ves que ellos triunfan y les imitas. No hace falta venir de un barrio bajo o de una familia desestructurada para eso.

Pero, además del entorno, también influyen las decisiones de cada uno, ¿no?
Sí, claro, cada uno escoge lo que hace y no todos los jóvenes de esa época terminaron igual. Pero no se puede negar que nos vendieron mucho el ‘sexo, drogas y rock and roll’ y nosotros nos lo creímos totalmente. Luego nos dimos cuenta de que el sexo y el rock and roll están muy bien, pero que las drogas te jodían. Pero yo eso lo vi años después, cuando ya estaba metido de lleno, y cuando estás tan dentro te gusta ese mundo. La adrenalina que segregas antes de meterte en un banco al pensar si te van a pillar, entrar 30 segundos, llevarte dos millones de pesetas e irte sin que te cojan… Eso engancha más que la droga. Poco a poco se convierte en tu estilo de vida y te crees que eres feliz así. Para mí, ser atracador, ir con buenos coches y prostitutas y consumir todo tipo de drogas era el día a día de mi vida y me gustaba. De hecho, cuando me tocaba ir a la cárcel era una parte más de mi vida. Puedo decir que me lo he pasado bien en la cárcel; allí no te congelan, sigues viviendo, sintiendo…

En alguna ocasión ha señalado a la legalización de las drogas como posible solución…
Y vuelvo a decirlo: si las drogas fueran legalizadas, no existirían tantos problemas. ¿Qué es lo primero que hace un joven como acto de rebeldía? Hacer exactamente lo contrario de lo que dicen sus padres, sentirse atraído por lo que no se puede hacer, por lo prohibido.

En cuanto a esos referentes que influyen en la juventud, ¿cree que sigue ocurriendo algo parecido en la actualidad?
Sí, totalmente. Ahora hay paralelismos con los setenta, sobre todo en la juventud. A nosotros en los setenta nos vino una ola de referencias nuevas con la apertura de puertas. Ahora les pasa algo parecido, pero incluso por triplicado, con Internet. Hoy, un chaval de trece años se entera de cualquier cosa. Pero encima los chicos de hoy lo tienen peor porque al menos antes teníamos ganas de pelear por algo, de provocar cambios. Hoy en día, los jóvenes no saben ni qué estudiar porque no saben si van a poder trabajar de eso. Esto es un conflicto grande, estar preparándote en un instituto en algo que crees que no tiene futuro, viendo a tus padres que han terminado su carrera y están trabajando de camareros. Aunque parezca contradictorio, creo que la civilización ha ido a peor.

Quizá en los últimos 10 años sí que se ha despertado un poco la conciencia social, como se refleja por ejemplo en las políticas medioambientales de los programas de los partidos políticos, impensables hace 15 años. Incluso aunque luego no se cumplan, es positivo.

Volviendo a su historia, o al menos a la parte que queda reflejada en este nuevo libro, ¿en qué momento decide que tiene que dar un giro a su vida?
No hay un motivo claro, creo que son muchas cosas. Primero, que la experiencia hizo algo. Los años van pasando y ves que algo falla en tu vida, que de tus 32 años, nueve has estado en la cárcel. Pensaba “no soy el más listo, tampoco el más tonto, pero algo falla”. Mi primera intuición fue dejar las drogas después de 23 años tomándolas. Y lo que pasó es que estuve, y estoy, mucho mejor sin ellas.

¿En qué medida influyó su paso por la cárcel?
Sí que me ayudó de alguna manera. En realidad, cuando me cogieron en el 91 me salvaron la vida. El médico me había dicho poco antes que me quedaba un año, pero yo creo que al ritmo que llevaba no hubiera durado ni eso si hubiera seguido en la calle.

¿Cree que la cárcel funciona como método de reinserción? En alguna ocasión ha hablado de cómo el sistema penitenciario fue introduciendo mejoras durante sus etapas en prisión…
Yo viví algunos de los momentos más duros del sistema penitenciario, en plena época del COPEL (Coordinadora de presos españoles en lucha) que, aunque fue algo organizado por todos los presos al final falló por lo de siempre: porque cuando llegamos al poder nos corrompemos todos. Los treinta que cogieron el poder abusaron de los otros 2.000 y se liaron muchos motines. Las tres puñaladas que tengo son de esa época. Luego entre el 83 y el 85 fue la mini reforma y las cosas empezaron a cambiar.

Antes no había tratamientos, sólo régimen. Ahora hay psicólogos, terapeutas, talleres, actividades de pintura, de informática, de alfarería… Eso de estar de estar todo el tiempo ocupado a mi en particular me ayudó mucho en la desintoxicación.

Ése es el verdadero cambio y las personas implicadas en estos programas son las únicas que han buscado realmente la reinserción. El estar todo el tiempo ocupado ayuda mucho, a mí me ayudó mucho a dejar las drogas, pero no es la cárcel en sí, sino estas personas, estos profesionales que van a la cárcel que son los que pelean por nosotros, individualmente. El establecimiento no te ayuda.



Dice en el libro que lo que le daba vértigo del mundo real, fuera de la delincuencia, más que el mono de las drogas, era el trabajo, tener que trabajar en algo normal, legal, cosa que nunca había hecho… ¿Cómo superó esto?
En 1996 me sacaron a una granja a cumplir el final de la condena. Yo no fui allí a desintoxicarme de la droga, porque ya me había desintoxicado dentro, sino a aprender a trabajar. Mi miedo era habituarme a pasar un mes con 100.000 pesetas, que era lo que yo me gastaba antes en una hora. En la granja hice una terapia de trabajo brutal.

Al final, a través de su amistad de juventud con el cantante Loquillo, consiguió un trabajo, el de “cuidador”, como usted lo llama, de personas famosas. Ha trabajado con Rosario Flores, Messi, Antonio Carmona, Bunbury, Calamaro… ¿Es peligroso para una persona en proceso de desintoxicación o recién rehabilitada moverse por ese mundo? Ha debido de tener la tentación al alcance de la mano…
Si hubiera visto que me ponía los dientes largos ver la droga, me hubiera ido, pero es que no me dice nada. En cualquier tipo de adicción, en el momento en que eres tú el que quieres dejarla, no que sea por un tercero, no hay problema.

Tiene dos hijos mellizos. ¿Cómo influye haber llevado una vida tan efervescente a la hora de educar a tus hijos? Saber en primera persona lo que se cuece por ahí fuera, ¿ayuda?
Creo que sí. A parte de querer a tus hijos, hay que querer enseñarles, que no es lo mismo que educarlos como hacen en la escuela. Lo que tú le vas a enseñar a tu hijo es lo que va a ser cuando vaya creciendo. Yo tengo mucho que enseñar, y con información de primera mano, aunque sea para que no cometan mis mismos errores. Si consigo eso, ya será un gran logro. Además, yo he tenido hijos a los 46 años porque los hemos querido tener de verdad, y creo que cuando traes hijos así, es perfecto. Cuando los traes al mundo sin conciencia social no funciona. Ahora son mis hijos, pero dentro de un tiempo se harán personitas ellos solos. Yo lo único que quiero es darles la máxima educación, experiencia y sabiduría para que cuando se vayan solos sepan decidir lo que hacer.

Ha dicho que no reniega del pasado pero si pudiera dar marcha atrás, ¿cambiaría cosas?
Eso no se puede hacer, así que mejor no pensarlo. Sí que lo he dicho y lo sigo diciendo: no reniego de mi pasado porque uno es lo que ha vivido. Si estoy orgulloso de lo que soy ahora, de lo que he sido durante los últimos quince años, ¿cómo voy a renegar de mi pasado, de lo que me ha traído hasta aquí? Sé que he hecho cosas mal y no las volvería a hacer. Mi sensación es la de tener una vida nueva, haber nacido otra vez; ahora mismo soy un chaval de quince años con cincuenta de experiencia.

¿Cree que su historia es un ejemplo a seguir?
Yo intento que, con todo lo que hago, con los libros, con las charlas que doy, se sepa que se puede salir del pozo más oscuro. He estado en lo más abajo posible del infierno y ahora estoy, no diré en el cielo, pero muy cerquita. Hoy en día no todo el mundo puede decir que es feliz, y yo lo digo con la boca abierta. Lo que hago cada día nada más despertarme es poner una sonrisa en la boca.

En las redes sociales tengo muchísimos chavales jóvenes que me envían mensajes diciéndome que nunca se habían leído un libro, que el mío es el primero y que lo han acabado en cinco días. Eso para mí son chutes de ego al momento, de ese ego que te hace creerte bueno en las cosas que haces. Es una sensación increíble la de haber publicado una novela dura, transgresora, en la que me presento como un antihéroe, y que la gente lo lea y me quiera como me quiere. Estoy encantado de la vida.

Para terminar, ¿cuál es el objetivo de la novela? ¿Cuál le gustaría que fuera la sensación de los lectores al llegar a la última página?
Que se queden con el mensaje de que hay finales felices, que no son de película ni de novela… hay que pelearlos, pero son reales. Con eso ya me vale.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(0)

+
0 comentarios