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Tribuna

Los riesgos de un laicismo exacerbado

sábado 09 de junio de 2012, 10:32h
El que una nación garantice la libertad de conciencia, no debe implicar que renuncie definitivamente a los valores que por siglos han esculpido sus anteriores generaciones. Nuestras sociedades enfrentan graves preguntas de fondo. En sociedades democrático-liberales como las nuestras, en la que las actuales generaciones batallan con una andanada de modas filosóficas, cosmovisiones pasajeras y exóticas creencias y en la que debe pervivir el libre juego de fuerzas intelectuales y sociales, ¿vale la pena, -como naciones-, renunciar a lo que por siglos ha representado nuestra orientación ética? Frente al océano de ofertas ideológicas, ¿es prudente optar por la exclusión de toda coordenada que hasta hoy haya orientado la brújula de nuestros ideales generales? Una verdadera Constitución es también cáliz que resguarda valores e identidad histórica. ¿Es sabia esta generación si renuncia a los valores que sus Constituciones han resguardado? ¿Es sensato claudicar de toda guía, en una época rica en información pero pobre en orientación, donde abunda el saber informativo y escasea el saber orientativo? Con la infinita sucesión de ofertas filosóficas e ideológicas, se quiera o no, lo prudente es conservar los vectores morales sustentados en los valores espirituales históricamente forjados. Son rastro que orienta a las generaciones venideras. De lo contrario, sin los grandes ideales trascendentes, ¿dónde encontrar prioridades?, ¿dónde rutas existenciales generalmente compartidas que, como recurrente impulso, nos asisten en nuestro camino vital? Esta renuncia es riesgosa a la vista de sociedades atacadas por el vacío de sentido, cada día más peligrosamente permisivas, en la que todo lo principal resulta relativo y en la que se da por hecho que nada de lo sustancial es verdadero. Donde todo debe permitirse como ofrenda al dios de un compromiso existencial orientado solo al disfrute de los sentidos. El tipo de colectividades a las que Schulze denominó “sociedades de acontecimientos”. En las que la moral cristiana del compromiso, -donde el sentido de la vida era el servicio al semejante como vía de trascendencia espiritual-, fue sustituida por un mercado de vivencias que exigen ser cada día más complacientes. Y en tanto más incondicionalmente estas vivencias se convierten en el sentido existencial, más voraz es la demanda por consumirlas y el temor por su ausencia. Comunidades que ante la esencial interrogante respecto de ¿con qué fin trascendente vivir?, contestan: “Nuestra vida es su propia finalidad”. Que olvidaron que el sentido de la vida no solo consiste en disfrutarla. Presión inconveniente.

Ante esta perspectiva, es inconveniente la presión del grupo de activistas que, -emulando las tendencias enquistadas en las sociedades modernas de consumo-, han venido insistiendo en la necesidad de cambios de radical connotación ultrasecular. La gran mayoría los promueve de buena fe, pero los virajes pretendidos se implantaron en algunas de dichas sociedades del primer mundo occidental con resultados preocupantes. Es claro que hasta hoy la ética judeocristiana ha sido pilar de nuestro sistema constitucional en Occidente. De terminar de imponerse los conceptos filosóficos e ideológicos asociados al laicismo como corriente, implicarían el cambio radical de dicho actual fundamento. ¿Es consciente de ello la sociedad costarricense? En razón de garantizar un régimen de derechos, libertades y garantías frente al poder constituido, la Constitución se asocia a la idea de Estado y la función de ella como norma fundamental que determina los límites y las relaciones entre los poderes públicos. Pero el concepto como tal es limitado, pues la Constitución es también el conjunto de ideales superiores que otorgan a la nación sentido de identidad, historia, valores y porvenir comunes. De ahí que la Constitución deba estar asociada más a la idea de nación que a la de Estado. Nación es un concepto, -en mucho-, superior al de Estado. Fundamentos. Desde su fundación, los fundamentos ético filosóficos que le han dado sustento a nuestras nacionalidades están claramente asociados a los ideales judeocristianos. El origen y desarrollo de la abrumadora cantidad de los más caros principios constitucionales se deben a ellos. Tales fundamentos existen sin que ello implique coartar la libertad de culto a las minorías, ni tampoco que, -por abrazar dichos ideales-, el Estado esté subordinado a entidad alguna que los represente.

Desde el siglo antepasado la mayoría de nuestras Cartas Magnas expresamente prohíben la intervención eclesial en la actividad electoral, con lo que se le clausuró la vía de acceso al poder político. Por otra parte, igualmente desde el Siglo XIX la libertad de culto está expresamente protegida en la mayoría de nuestras Constituciones. Ambas garantías están claramente enraizadas en nuestra cultura constitucional occidental, lo que por sí solo desacredita la intención de apelar a dichas excusas para justificar un cambio en nuestros valores constitucionales. El trasfondo del asunto es otro y es de un carácter esencial. El cambio que se pretende implica un viraje de los fundamentos ético-filosóficos de nuestro sistema de valores constitucionales. Es colocar a las naciones en una encrucijada frente a dos cosmovisiones antagónicas. La de conservar en nuestros sistemas constitucionales los fundamentos ético-filosóficos judeocristianos, de trasfondo espiritual, o la de renunciar definitivamente a éstos. El destino de nuestra era, -materializada, racionalizada y orillada hasta el borde de un peligroso precipicio-, ¿es que desaparezca todo rastro de los valores más sublimes y esenciales de nuestro sistema constitucional?
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