¿Dónde están los niños Bretón?
miércoles 27 de junio de 2012, 20:22h
¿De verdad resulta posible que un solo hombre pueda hacer desaparecer a dos niños de la faz de la tierra? Igual que si se tratara de un diabólico prestidigitador, José Bretón no necesitó cómplices ni más de unas pocas horas para ejecutar con espeluznante éxito el mas indeseable truco de magia que se pueda concebir: borrar literalmente del mapa a sus propios hijos. Presuntamente, claro, porque nueve meses después de que los niños no volvieran a casa, Bretón sigue insistiendo en que alguien se los llevó misteriosamente cuando él se despistó un fugaz instante, durante el cual los perdió de vista. Es cierto que hace unos pocos días, Bretón cambió su versión pero, en lo esencial, el relato de lo que, según él, acaeció aquella tarde otoñal en la que llevó a sus hijos a jugar al parque continúa siendo el mismo. Los perdió, a pesar de su comprobada personalidad controladora. Estaban con él y un segundo después, ya no estaban. Ni con él ni con nadie.
La imagen de Bretón con un policía nada más denunciarse los hechos, que fue grabada por una cámara de seguridad cercana a la entrada del parque, nos impactó tanto que quien más y quien menos tiene ya su propia hipótesis, aunque con el tiempo algunos no hayan tenido más remedio que variar el rumbo de sus personales elucubraciones. En aquel entonces, a nadie se le escapó la opaca frialdad de sus ojos áridos, una expresión difícil de compaginar con el susto de cualquier progenitor que se ve en una situación similar. Eso sí, vaya por delante que cada cual reacciona en su particular modo. En todo caso, su estudiada puesta en escena – en caso de que lo sea de verdad – empezó muy pronto a levantar las sospechas de la policía y del juez instructor. Poco tiempo después se ordenaba su detención, a pesar de que ahora, cuando ya han pasado varios meses sin que Bretón haya admitido responsabilidad alguna, no esté de más preguntarse si no habría resultado más eficaz haberle dejado en la calle mientras se vigilaban todos sus movimientos.
Si el juez instructor, cuya actuación está siendo cada vez más cuestionada, pensaba que, metiéndole entre rejas, el detenido se vendría abajo y terminaría confesando su secreto mejor guardado, ahora tendrá que admitir que Bretón, por el momento, es tan frío por dentro como lo parece por fuera. Y además se jacta de ello. Muchos se preguntan cómo es posible que con todos los nuevos métodos que estudian la personalidad y la psicología de un sujeto, aún no haya podido extraerse la información de lo que ocurrió realmente con los niños. En la actualidad, cuando afortunadamente las técnicas del palo o de la guía telefónica, por las que acababa confesando ser un asesino en serie quien no había matado ni una mosca en toda su vida, nos hartamos de ver series protagonizadas por grupos de análisis de conducta, expertos en lenguaje corporal para descubrir si alguien miente o, incluso, mentalistas hábiles en las más variopintas estratagemas. Por eso, extraña aún más que Bretón continúe sin soltar prenda.
Ni siquiera estos últimos días en los que ha sido trasladado a la ya tristemente conocida finca de Las Quemadillas para que estuviera presente durante los interminables registros de las tierras y la casa propiedad de sus padres, parece que Bretón haya flaqueado en exceso. Los policías expertos en detectar cualquier cambio en la expresión de su rostro, que le acompañan sin perderle de vista un segundo, deben de estar a estas alturas bastante desesperados. Por lo visto, lo único que alteró a Bretón fue que, según sus propias palabras, los investigadores estuvieran destrozando la casa a base de tirar tabiques, desmontar falsos techos y hacer agujeros “sin ton ni son”. Bretón es así, arrogante y colérico, desprecia a todos porque para él no valen nada, tampoco el juez, a quien le hemos visto desafiar con una mueca de disgusto, como echándole en cara no estar a su nivel de inteligencia. Acabarán por casar las piezas, siempre lo hacen, antes o después. Y puede que, aunque al final los minuciosos e insistentes registros en la finca familiar no sirvan para encontrar pistas del paradero de los niños, un día Bretón – si es culpable - termine por hacer agua y hable, antes de que consiga achicarla del todo.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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